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El hincha perdedor

¿A qué les sabrá la victoria o, por lo menos, el camino a ella? Ganar, no tengo dudas, se convierte en un paisaje y la derrota en lo peor que podría pasar.

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Daniel Molina
Daniel Molina | Foto: El País

23 de abr de 2026, 01:08 a. m.

Actualizado el 23 de abr de 2026, 01:08 a. m.

El escritor argentino Eduardo Sacheri, en uno de sus cuentos más célebres, llamado ‘El cuadro de Raulito’, lanzó una potente frase para explicar el amor que uno puede llegar a sentir por un equipo de fútbol. En esas líneas, Sacheri da a entender que uno se hace más hincha de un club a medida que más sufre por este. “Una vez que uno llora por un cuadro, la cosa está terminada. De la alegría se puede volver, tal vez. Pero no de las lágrimas”.

Mi razón para traer a colación esa idea tiene que ver con lo poco que se habla del hincha perdedor. Sí. Estamos acostumbrados siempre a hablar de los fanáticos que siempre ganan, y cuando se disputa una final, habitualmente, las cámaras y los reporteros siempre se van con la barra que celebra, con los tipos que se pueden tomar veinte cervezas de la felicidad, porque hoy más que nunca el éxito es lo que más vende en todo lado.

Pero existe otro perfil de hincha, uno más oscuro, quizá, pero no menos importante. Me refiero al fanático de lo improbable, el que se la pasa cada año pensando que esta sí va a ser la temporada de su club, pero que al final termina como el protagonista de la obra de Sacheri mencionada párrafos atrás: llorando.

No me avergüenza decir que hago parte de este grupo de hinchas. Por ejemplo, en Colombia soy un afiebrado por el Deportivo Cali, un equipo histórico, pero que tiene en su historia 14 subcampeonatos de Liga, uno de Copa Colombia y otros dos de Copa Libertadores. Si el Cali, por ejemplo, hubiera ganado al menos la mitad de los títulos que increíblemente ha perdido, sería sin duda el segundo equipo más ganador de todo el país junto a Atlético Nacional, pero no. Y a veces pienso que soy hincha de ese martirio constante precisamente por eso.

Porque nos han enseñado desde pequeños que ganar es lo más importante que hay en la vida. Los ganadores son bonitos y los perdedores feos, porque siempre les falta algo. Pero yo siento que ahí, en la derrota, está la verdadera sustancia del fútbol y de la vida. En internarlo e ir al frente, así no se consiga lo que buscas.

A veces pienso, por ejemplo, qué pasará por la cabeza de un hincha del Real Madrid, un club que, si mucho, pasa una sola temporada sin levantar algún trofeo. ¿A qué les sabrá la victoria o, por lo menos, el camino a ella? Ganar, no tengo dudas, se convierte en un paisaje y la derrota en lo peor que podría pasar.

Esta, lógicamente, no es una crítica hacia el fanático ganador, al que va montado en el coche de mejor motor. Es solo una necesidad de reivindicar ese otro rostro del fanatismo, el del ser humano que no abandona, que sigue allí, caminando, resbalando, ilusionándose, llorando, porque cuando a este le toca ganar (sí, de verdad a veces nos toca), la vida amanece diferente, el aire se vuelve más liviano y queda la sensación de que los caminos rocosos, por más duros que hayan sido, sí que han valido la pena.

Periodista apasionado por los deportes, los goles, la literatura y la redacción digital. Vinculado a mi casa, El País, desde el 2013.

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