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El encanto de las torres

No hay torres tradicionales feas, o por lo menos son atractivas, e inevitablemente se imponen en el paisaje urbano debido a su mayor altura.

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Benjamin Barney Caldas

12 de sept de 2024, 03:12 a. m.

Actualizado el 12 de sept de 2024, 03:12 a. m.

Desde los antiguos zigurats mesopotámicos, como el Templo Blanco en Uruk, las torres se levantaron para buscar a los dioses en la profundidad del cielo, lo que continuaron las torres tradicionales en Europa y el Magreb, ya fueran alminares (minarete es en francés) de las mezquitas musulmanas o campanarios de iglesias cristianas, a los que hay que agregar los torreones, atalayas o miradores para vigilar la tierra desde el cielo o dar órdenes desde lo alto. Son construcciones esbeltas, mucho más altas que anchas, cuyo largo es similar a su ancho, y que ocupan muy poca superficie en el suelo.

No hay torres tradicionales feas, o por lo menos son atractivas, e inevitablemente se imponen en el paisaje urbano debido a su mayor altura. Muchas son bonitas, no pocas son bellas y las hay muy hermosas; pero especialmente son atractivas y emocionantes las de planta rectangular o, aún mejor, cuadrada, como los alminares del islam occidental, que son las torres desde cuyo alto el almuédano convoca a los creyentes cinco veces al día a la oración, que antecedieron o inspiraron o fueron contemporáneos de los campanarios de las iglesias, sustituyendo en estos a los almuédanos por campanas para llamar a la misa.

Basta con recordar entre muchas torres el imponente campanile de la plaza de San Marcos en Venecia; el campanile de Giotto en Florencia; la Torre de Mangia en Siena; el alminar de la mezquita de Ibn Tulun en El Cairo; el alminar de la mezquita Kutubía en Marrakech; las cuatro torres mudéjares de Teruel; La Giralda de Sevilla; el alminar de San Juan de los Reyes y el de San José, en Granada; la Torre Campanario en la mezquita de Córdoba; la Torre de la Catedral de Nuestra Señora de la Asunción en Panamá; y en Cali la Torre Mudéjar y la torre campanario de la iglesia de la Merced.

No es casualidad que todas esas torres, y muchas más, sean de planta cuadrada, y de ahí bellas, pues todas se deben al cubo que les da origen, el que es un espacio y un volumen mucho más rico en superficies, aristas y ejes de composición que un cilindro, y que además facilita realizar vanos en el, los que son base de la arquitectura; ya sean varios cubos uno sobre otro, o uno que se alarga hacia arriba. Además, un cubo sobre el suelo conforma el fundamento de una vivienda, exenta o entre medianeras, lo que también podría contribuir a que se lo perciba como algo agradable, protector y bello.

Por otro lado, las torres no afectan mal el paisaje, e incluso lo pueden resaltar, y desde luego en los paisajes urbanos las torres tradicionales pasan a ser lo determinante en los centros históricos, mientras que los edificios laminares, altos pero largos, y peor uno al lado del otro, sí lo hacen. Y nuevas torres “tradicionales” se pueden usar para tanques de agua, o proteger claraboyas en las azoteas, o ser el remate de patios de ventilación; o las dos cosas como una pequeña y discreta en una casa en San Antonio en Cali, la que solo se puede apreciar ya entrando en ella desde su primer pequeño patio.

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle. Ha sido docente en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, y en el Taller Internacional de Cartagena, de los Andes, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998.

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