Columnistas
El acuerdo petrolero y Colombia como Estado pivote
Venezuela tiene casi una quinta parte de las reservas probadas del planeta y produce poco más del 1 % del crudo mundial.
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6 de sept de 2026, 01:02 a. m.
Actualizado el 6 de sept de 2026, 01:02 a. m.
Hace unas semanas escribí en estas líneas sobre el rol estratégico de Colombia como Estado pivote en la reconstrucción de Venezuela. No esperaba que la realidad se moviera tan rápido. La semana pasada el Gobierno de los Estados Unidos anunció un acuerdo con el gobierno interino venezolano para desarrollar 17 campos petroleros en la Faja del Orinoco y el Lago de Maracaibo, con unos 65.000 millones de barriles de reservas, campos golpeados por años de abandono. Y esta semana GeoPark, ahora controlada por el Grupo Gilinski y con Felipe Bayón, quien dirigió Ecopetrol, al frente, anunció su entrada al bloque Bare: 11.000 barriles diarios hoy, con potencial de 85.000 a 95.000.
Eso es apenas el inicio. Colombia, por su vecindad con Venezuela y su larga experiencia en hidrocarburos, puede ser un jugador determinante. Y no hablo solo de las grandes inversiones. Hablo del ecosistema de profesionales y empresas de servicios colombianas que ya conocen el oficio: ingenieros de producción, operadores de grúas, técnicos de mantenimiento, transportistas. Muchos formados en los Llanos y el Magdalena Medio, a pocas horas de la frontera.
Las renovables son indispensables para dar resiliencia a las matrices energéticas y reducir el impacto ambiental de un consumo que solo crece, alimentado en parte por el apetito voraz de la inteligencia artificial. Pero no es menos cierto que los hidrocarburos siguen siendo la fuente más confiable de energía firme. Venezuela tiene casi una quinta parte de las reservas probadas del planeta y produce poco más del 1 % del crudo mundial. Esa brecha es una oportunidad, y la vecindad le brinda a Colombia una capa adicional de seguridad energética que hoy vale más que nunca.
La crisis del estrecho de Ormuz, por donde transitaba cerca del 20 % del petróleo mundial antes de su cierre en febrero, demostró que asegurar las cadenas de suministro energético es un objetivo estratégico para cualquier gobernante. Y esto cobra aún más relevancia cuando Ecopetrol, bajo su nueva junta, se apresta a la ardua tarea de revertir su declive.
En una intervención reciente, el secretario Marco Rubio recordó que durante años la política exterior estadounidense asumió que todos los países terminarían comportándose como democracias predecibles y buenos actores del mercado global. Bajo ese supuesto, cada país se especializaría según sus ventajas comparativas y los consumidores pagarían menos. En la práctica no fue así, y la apuesta ciega por ese modelo dejó a varias economías sin industrias enteras y sin acceso a componentes críticos, con un costo directo en competitividad y seguridad.
Trasládese ese razonamiento al terreno energético: conflictos activos en regiones productoras, el riesgo de que la guerra de Ucrania se extienda al resto de Europa y la competencia abierta entre grandes potencias por los recursos. En ese cuadro, la proximidad a fuentes de energía como Venezuela, y la apuesta por su desarrollo pleno, son realpolitik: ver el mundo no como quisiéramos que fuera, ni como algo ajeno, sino como es.
¿Está Colombia lista para asumir ese papel, o dejará que otros ocupen el espacio que la geografía le regaló? Clausewitz exhortaba a sus comandantes a ver el campo de batalla tal como es. Yo lo diría como en mi tierra: a nadie le gusta que se le vaya la luz, ni quedarse sin gasolina para llegar a casa de los suyos.

Propietario y gerente general de El País de Cali. Es empresario en el sector de la tecnología de datos abiertos, además de asesor en políticas de gobierno abierto y transparencia de entidades como la Organización de Estados Americanos, OEA, el Banco Interamericano de Desarrollo, BID, y la Organización de Estados Iberoamericanos, OEI.






