Columnista
Educación estética
La belleza ineludiblemente siempre está relacionada con la armonía, el equilibrio y la proporción...
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26 de mar de 2026, 02:07 a. m.
Actualizado el 26 de mar de 2026, 02:07 a. m.
Se trata de un proceso formativo integral, pensado para los habitantes de una ciudad, y que va más allá del arte, buscando desarrollar su sensibilidad, percepción, creatividad y pensamiento crítico, y que en consecuencia les permita apreciar la belleza y el significado de su ciudad, los que además suelen ser varios y distintos, considerando la estética y significado de sus edificaciones y espacios urbanos, como el de los panoramas naturales que la rodean conformando sus característicos paisajes. Además, este proceso formativo, sin duda, contribuye a fomentar en la ciudad una mejor conexión entre sus habitantes y el artefacto, como también con sus actividades, contribuyendo a su transformación personal y social, como a la de la ciudad misma.
Desarrollar en todos los habitantes de la ciudad su capacidad estética según sea lo necesario para cada uno de ellos, de acuerdo con su sensibilidad personal, conocimientos e intereses, para que entonces puedan apreciar la belleza de su ciudad y la de sus alrededores, aun cuando sea siempre una mirada con un rasgo personal, en mayor o menor grado. Sensibilidad a la belleza que es básica para poder formar urbanitas más cultos, completos, empáticos y capaces de transformar su realidad hacia mejores modos de vida en su ciudad, al ser entendida dicha receptividad como la capacidad de percibir en su belleza estímulos a través de todos los sentidos, en este caso la vista, pero también por el oído, el tacto y el gusto, creándose cierta emotividad en cada persona.
Para lograr todo lo anterior, es preciso estimular la sensibilidad estética de los ciudadanos, y mucho ayudaría invitarlos a que puedan experimentar sensaciones físicas o emocionales en ciertos espacios urbanos públicos, escogidos con ese propósito (plazas, parques, paseos, calles) facilitándoles que en ellos puedan ser conscientes de que percibir diferentes sensaciones por todos los cinco sentidos, lleva a sentir conmociones diversas, que en el caso de las básicamente visuales implican emociones estéticas. Reacciones pausadas, pero a veces intensas, mas no siempre pasajeras, que implican cambios en el pensamiento de la ciudad por sus habitantes y cómo responder provechosamente al entorno de cada lugar en ella según sea su estética.
La belleza, si bien puede ser variable culturalmente, de una u otra manera, no es subjetiva, ya que sus diversos valores estéticos están inculcados desde la infancia por la familia, el entorno social y la educación, y de ahí lo pertinente de que en esta se incluya la educación estética. Además, la belleza ineludiblemente siempre está relacionada con la armonía, el equilibrio y la proporción, desde la perfección formal hasta el encanto que en ciertos casos puede tener la imperfección; belleza que en la ciudad se manifiesta a través de sus muy diversas expresiones urbanas, arquitectónicas y paisajísticas, como también artísticas, como esculturas y murales, las que usualmente manifiestan diversas ideas y llevan a placeres varios y de distintas intensidades.
Además, entender que la belleza urbana implica mirar los monumentos más allá de las personas o acontecimientos a los que se refieren, ya que con mucha frecuencia han adquirido igualmente un valor formal, permitiendo experimentar en ellos lo que significa su estética, y que es aplicable a las muy diversas edificaciones de una ciudad. Experiencia que, en consecuencia, permite entender la belleza de la ciudad como la interacción entre su arquitectura (conjuntos, edificios, casas), espacios públicos (plazas, parques, calles), vegetación (antejardines, parques, zonas verdes) e infraestructura (vías, puentes, malecones) junto con las experiencias sensoriales y emocionales de las personas presentes en cada uno de esos distintos entornos.

Arquitecto de la Universidad de los Andes con maestría en historia de la Universidad del Valle. Ha sido docente en Cali en Univalle, la San Buenaventura y la Javeriana, y en el Taller Internacional de Cartagena, de los Andes, y continua siéndolo en la Escuela de arquitectura y diseño, Isthmus, en Panamá. Miembro de la Sociedad Colombiana de Arquitectos, la Sociedad de Mejoras Públicas de Cali y la Fundación Salmona. Escribe en El País desde 1998.
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