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El otro Belisario

Julio 01, 2021 - 11:55 p. m. 2021-07-01 Por: Diego Martínez Lloreda

Cuando este entonces joven reportero llegó a Cali en 1986, estaba convencido de que el único Belisario que existía sobre la faz de la tierra se apellidaba Betancur. Y en ese momento ejercía la Presidencia de la República.

Pocos meses después me di cuenta de mi error. En esta ciudad habitaba otro personaje que cargaba sobre sus hombros el peso de llevar ese nombre tan espantoso.

Se trataba de Belisario Marín, que por su hablado y su intensidad parecía más paisa que vallecaucano, porque era oriundo de ese norte del departamento donde las razas antioqueñas y vallecaucanas se funden.

Belisario llegó a Cali con una mano adelante y otra atrás y a punta de creatividad y perseverancia se convirtió en uno de los empresarios turísticos más importantes de la comarca.

Comenzó vendiendo tiquetes de avión en los buses, pero pronto se dio cuenta de que a punta de la venta de pasajes, su empresa, la Promotora de Turismo Santiago de Cali, no iba a salir adelante.

Y entonces se dedicó a vender excursiones a todos los rincones del mundo. El principal atractivo de esos viajes, además del Louvre, la Torre Eiffel, la Puerta de Alcalá, la Fontana de Trevi, etc., era él mismo, porque Belisario era dueño de un sentido del humor único.

Su clientela era sobre todo popular, porque mucho señorón de la ciudad, a quienes le parecía un hombre ‘folclórico’, lo miraba por encima del hombro, y prefería adquirir sus tiquetes en agencia más linajudas.

A esas personas de clase media, Belisario les financiaba el viaje a muchos meses. Con la peculiaridad que en lugar de fiarles los ponía a ahorrar varios meses antes del viaje. Y la gente lo hacía porque sabía que Belisario no les fallaba.

Con ese sistema llevó a centenares de caleños de modestos recursos a diversos destinos y a muchos eventos, en especial mundiales de fútbol.

En sus épocas de esplendor le quedaba tiempo para hacer obras sociales. Hasta le donó una ambulancia a los Bomberos de Cali, que por supuesto tenía una placa más grande que el vehículo, donde se informaba sobre la donación.

Yo tuve la oportunidad de viajar con Belisario varias veces, siempre de ‘cachete’ como decía Pardo Llada. Una vez me llevó a Cuba y otra a Buenos Aires, a ver un partido del Deportivo Cali. Eran viajes llenos de historias y anécdotas que Belisario relataba, con una gracia única, de sus anteriores excursiones.

Una, tan cruel como divertida, era la historia de que llevó a un grupo de adultos mayores a la India y un señor cuando estuvo frente al Taj Mahal dijo “ahora sí puedo morir tranquilo” y cayó fulminado por un infarto.

Esa noche, relataba Belisario, todo el grupo, muy acongojado, desfiló ante el cadáver del señor, que ubicaron en su habitación, en un respetuoso silencio. Hasta que uno de los excursionistas se acercó a Belisario y le dijo al oído: “Don Belisario, ¿me puede regalar los vales de comida del difunto para el resto del viaje?, al fin y al cabo él ya no los necesita”.

Ese era Belisario Marín, fallecido en días pasados. Cuánta falta le hacen a Cali tipos de su energía, su capacidad de trabajo, su visión, su amor al terruño y sobre todo de su bacanería.

Dios quiera que en este último viaje que emprendió le vaya tan bien como en todos los que realizó en esta vida pasajera.

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