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Denunciar el racismo, ¿un asunto de ‘exagerados’?

El racismo parte de una idea: quien lo ejerce se cree superior a la víctima.

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Santiago Cruz Hoyos.
Santiago Cruz Hoyos. | Foto: El País.

15 de feb de 2026, 12:21 a. m.

Actualizado el 15 de feb de 2026, 12:21 a. m.

Es muy frecuente que, cuando un líder afro o alguna organización que defiende los derechos de la población negra señala el racismo en las expresiones cotidianas que usamos los colombianos, se les tilde de ‘exagerados’.

Los medios de comunicación sí que caemos una y otra vez: “Noche negra para la Selección”, titulamos cuando el equipo pierde; “día negro” en la bolsa de no sé dónde; “capturan a joven afro por robo”. Lo negro se asocia con lo negativo y, cuando las organizaciones civiles protestan, la respuesta suele ser la misma: “tan exagerados”.

Muchas veces usamos esas expresiones por costumbre, porque las hemos escuchado toda la vida (“trabajo como negro”), por ejemplo, y otras por simple ignorancia.

Yo he utilizado la palabra ‘denigrar’ sin detenerme en su origen: rebajar a negro, manchar de negro. Como si lo negro fuera malo.

Hace unos días, mientras hacía el trabajo de campo de una crónica sobre la primera guardia afro urbana de Colombia, surgida en Cali, me encontré con una investigación que revela cómo el racismo representa una condena para la población afro sin que se dimensione. Denunciarlo, señalarlo —entendí mientras leía el documento— está muy lejos de ser un asunto de ‘exagerados’. Quien piense así debería tener presentes las siguientes estadísticas.

Según el Informe Especial Violencia contra la población afrodescendiente en Cali 2025, elaborado por el Observatorio de Seguridad y Justicia y el Centro Baobab, en esta ciudad —la de mayor concentración de población negra en Colombia— la probabilidad de que una persona afrodescendiente sea asesinada duplica la de alguien de otra etnia.

El estudio detalla que la tasa de homicidios de la población afrodescendiente es de 85,6 por cada 100.000 habitantes, mientras que en otras poblaciones es de 35,2 por cada 100.000. Y, aunque según datos oficiales la población afrodescendiente representa el 14 % de los habitantes de Cali, concentra el 29 % de los homicidios.

Otro dato, que corresponde a 2024: el 80 % de las muertes de hombres afro en Cali entre 15 y 19 años fueron asesinatos.

El documento advierte que la violencia contra la población negra no puede entenderse únicamente como un fenómeno criminal, sino que “es el resultado de condiciones históricas y sociales que han configurado territorios racializados donde se concentra la muerte violenta”. El racismo no solo mata; también empobrece.

La violencia homicida sobre los cuerpos afrodescendientes no es un fenómeno casual ni circunstancial; es el resultado de un modelo de ciudad y de sociedad que ha producido sistemáticamente formas de exclusión”, señala el informe.

El racismo parte de una idea: quien lo ejerce se cree superior a la víctima. Pero no es solo un sentimiento de superioridad. A la larga, se trata de consolidar un sistema donde esa supuesta superioridad se traduce en privilegios para unos y exclusión para otros.

La historia es larga, pero muestra que Cali fue concebida como una ciudad donde al principio cabían todos, pero a partir de los años 70 comenzó a fragmentarse con la migración y el desplazamiento forzado. Negros —y también campesinos e indígenas— fueron relegados a las zonas de ladera y a la periferia, justo donde hoy se concentran los homicidios.

“El racismo ha sido determinante en la manera en que la ciudad distribuye el territorio y el acceso a los derechos”, dice la investigación del Observatorio de Seguridad y el centro Baobab, que además menciona lo que se conoce como racismo institucional: la desprotección de comunidades vulnerables frente a la violencia y prácticas que reproducen la exclusión.

Llano Verde, por ejemplo, con más de 4000 viviendas, nació como un proyecto para reparar a víctimas del conflicto. Sin embargo, aún enfrenta vacíos administrativos en su reconocimiento pleno como barrio de Cali. Eso, en términos de recursos, inversiones y obras, tiene una enorme repercusión.

En últimas, ya es hora de desterrar el racismo de Cali, una ciudad que, de hecho, es negra. Empezando por el lenguaje que lo reproduce y lo consolida.

Jamás puede verse entonces como una exageración señalarlo, debatirlo, sino como un paso clave —incluso— para salvar vidas.

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