Columnistas
Cepeda debe recapacitar
¿Cómo se pretende ser jefe de la oposición si no reconoce la existencia de quien será objeto de esa oposición?
Siga a EL PAÍS en Google Discover y no se pierda las últimas noticias


13 de jul de 2026, 12:59 a. m.
Actualizado el 13 de jul de 2026, 12:59 a. m.
Antes de comenzar el proceso electoral ya Gustavo Petro insinuaba que habría fraude. No tenía base real ni pruebas, no le importaba si se ponía en vilo la estabilidad de la democracia ni que se afectara la reconocida respetabilidad del aparato electoral. A partir de entonces deslizó la amenaza velada de la movilización y el estallido desenfrenado, si se llegara a frustrar la continuidad del proyecto de la extrema izquierda.
El reclamo anticipado y sin fundamento partía de una suposición infundada: que los formularios número catorce de la Registraduría podrían ser manipulados. Agregaba la exigencia de compartir con el gobierno y partidos los códigos encriptados que aseguran la confiabilidad del sistema electoral. Unas sugerencias insidiosas que de haberse acogido habrían eliminado la transparencia y los controles que gobiernan tanto el registro de electores como el conteo de la votación.
Tras la derrota de su candidato en primera vuelta el Presidente pronunció en Córdoba un discurso al borde del delirio. Se refirió a sus planes de comandar la oposición si su propuesta electoral fracasara y afirmó que la suerte electoral decidida en una sola jornada no podría borrar las conquistas adquiridas. La expresión que constituyó abierta intervención política, buscaba a transmitir la idea de que solamente con el continuismo sobrevivirían los derechos laborales adquiridos
Pasada la segunda vuelta y elegido Abelardo, Petro cogió camino hacia Italia. Informó sobre un trascendental encuentro con el papa León XIV y se desplazó en el avión presidencial acompañado de una comitiva numerosa que incluía algunas de sus hijas y su actual pareja sentimental. No está claro si el Vaticano fue advertido o fue sorprendido sobre el vínculo del mandatario con la dama, pero la falta de programación clara, la actitud despectiva de las autoridades italianas frente al visitante y el cortísimo tiempo que le dedicó el Pontífice, algo más de un cuarto de hora, dejaron la impresión de que se trató de un viaje personal, acaso turístico, cuya agenda se impuso a los anfitriones.
Petro debió percibir con la frialdad recibida, el costo enorme de hacer parte de la lista Clinton. Por eso apenas retornó le hizo señas a Trump para pedirle clemencia. El norteamericano lo escuchó cordial pero no se comprometió. Hablemos cuando haya terminado tu gobierno, le dijo. La frase se puede interpretar como seguirás en prueba hasta que estemos seguros de que te portarás bien y respetarás la democracia.
A lo largo de este proceso apareció un Iván Cepeda oscilante. Se demoró en reconocer el resultado electoral a favor de Abelardo y al principio dio a entender que asumiría el carácter de senador y jefe de la oposición. Pasado un tiempo y tras parlamentar con Petro apareció despreciando el veredicto de las urnas y llamando a la desobediencia civil.
Ahora el derrotado anda con un planteamiento sorprendente: dice reconocer y defender el ordenamiento legal, el mismo que proclamó a Abelardo como legítimo mandatario, pero agrega que no reconoce su elección, y reitera el llamando a la desobediencia civil si no se cumplen ciertas condiciones. La pregunta que surge es lógica antes que jurídica: ¿Cómo se pretende ser jefe de la oposición si no reconoce la existencia de quien será objeto de esa oposición?
La cuestión se vuelve insoluble al considerar las condiciones de Cepeda para reconocer a Abelardo y desmontar la resistencia civil. En primer lugar pide que el presidente legítimo renuncie a su doble nacionalidad con Estados Unidos, olvidando que se trata de un derecho fundamental personalísimo y no existe consideración alguna de hecho o derecho que pueda justificar esa pretensión. En segundo término exige que Abelardo confiese su rol pasado como agente de una agencia extranjera de lucha contra el crimen. La exigencia es absurda porque el No, la respuesta natural de quien es inocente, sería en todo caso despreciada y utilizada para montar un nuevo enjuiciamiento. Por último se reclama que Petro no sea extraditado y se aclare si está siendo perseguido por las autoridades estadounidenses. Esta es una petición fuera de consideración, porque atenderla es cuestión que compete a las dinámicas internas de un país extranjero.
Las solicitudes inatendibles planteadas por Cepeda pueden hacer pensar que su propósito irrenunciable es el de mantener la desobediencia civil. Una estrategia que en la versión colombiana fácilmente puede perder su cariz civilista, abriendo espacio a toda clase de actores delictivos y a la más desenfrenada violencia. Tal y como sucedió con el denominado ‘estallido social’.
Por eso se le debe decir a Iván que debe recapacitar. Llegó la hora de librarse del cepo impuesto por su mentor electoral y facilitar soluciones para los grandes desafíos que afrontamos como sociedad, comenzando por el más apremiante que es el de la reconciliación nacional.
6024455000






