Los secretos a voces

Los secretos a voces

Mayo 24, 2019 - 11:00 p.m. Por: Carlos E. Climent

Este tema ya ha sido tratado en este espacio, pero se trae a colación nuevamente porque es preciso recordarlo para despertar a muchas familias del sopor de la pasividad paralizante frente a las mentiras del ser querido convertidas en secretos a voces: todos saben que algo muy grave está pasando, pero se quedan callados.

Los orígenes de este trastorno, que puede equipararse a una adicción, son inciertos, pero casi siempre tienen que ver con inseguridad, impulsividad y con la necesidad de mantener unas apariencias que hagan lucir al que miente, como más capaz o exitoso.

El diagnóstico de estos enfermos es difícil pues son unos artistas para el ocultamiento y el disimulo. Los allegados siempre tienen la sensación de estar siendo engañados, pero se hace muy difícil confrontarlos por su gran capacidad para manipular que hace que sus engaños pasen desapercibidos. Así las cosas, esta realidad paralela tan anormal se sostiene por mucho tiempo porque se la acepta plenamente a nivel familiar y afectivo y se la tolera a nivel social.

Frente a una confrontación, en primera instancia, niegan sus mentiras descaradamente y se dejan llevar hasta el borde del abismo, para aceptarlas solamente cuando las evidencias son absolutamente innegables.

Como parece que sufren por el daño y el dolor que sus actos ocasionan a los demás, y son “buenas personas” se ha postulado que no se trata de verdaderos sociópatas.

Con cada mentira el enfermo se enreda más y tiene que inventarse otra más. Puede mentir por años y solo se lo desnuda cuando los problemas llegan a niveles verdaderamente alarmantes. Entonces todo se destapa. En ese momento los parientes, que han ignorado la situación, no se pueden seguir engañando, proceden a analizar retrospectivamente las evidencias y concluyen: “¿Pero si nosotros teníamos sospechas serias desde un principio, por qué no actuamos antes?”. Entre los factores que impiden que los allegados asuman una posición firme frente a la mentira están:

*La enorme capacidad de convicción del enfermo, que le permite explicarlo y justificarlo todo.

*Su atractivo personal de seductor de oficio y de “bonachón” supuestamente víctima de sus propios impulsos.

*El temor a confrontar, pues resulta doloroso aceptar que un allegado a quien mucho se quiere, resulte ser un mentiroso.

*La comodidad de los parientes (“No sé si estará robando, pero no le digo nada porque me lo echo encima”).

*El utilizar uno o varios de los siguientes mecanismos de defensa: la negación (“No está ocurriendo”), la racionalización (“Se equivocó”) o la justificación (“Tenía que empeñar el anillo porque necesitaba la plata”). Esa aceptación de lo inaceptable lleva a que las mentiras crezcan y los problemas se multipliquen. Lo deseable en estos casos es que la familia:

*Realice una confrontación clara y firme.

*Defina, de una vez por todas, unas reglas del juego verificables.

*Ponga unos límites que se cumplan.

*Someta al enfermo a un tratamiento para su adicción. *Se comprometa, cueste lo que cueste, a no permitir más mentiras.

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