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El miedo como manifestación depresiva

Agosto 08, 2020 - 11:00 p. m. Por: Carlos E. Climent

Según el Diccionario de la Real Academia Española, el miedo se define como un “recelo o aprensión que alguien tiene de que le suceda algo contrario a lo que desea”.

El miedo como tal no es causa de consulta frecuente a psiquiatras o psicólogos. La gente consulta, entre otros temas, por problemas o conflictos puntuales, estrés, desánimo, obsesiones, insomnio, etcétera.

El miedo es una emoción muy íntima de la cual el paciente solo viene a hablar cuando ya ha tenido la oportunidad de relatar “su historia” y una vez que ha logrado entrar en confianza con el terapista.

Muchas veces el paciente ni siquiera se ha dado cuenta de que su más grande tirano, lo que más lo abruma, es un miedo inconfesable que no ha podido definir ni enfrentar. Es la anticipación ansiosa de algo desagradable (peligro, muerte, enfermedad, ruptura, abandono, quiebra, etcétera) que se confunde con otras manifestaciones emocionales.

Quien sufre de miedo crónico como obstáculo fundamental para lograr una vida plena no se da cuenta de las diversas máscaras que lo ocultan:

El temor al cambio a veces se manifiesta por aburrimiento con la vida que se lleva y a la cual la persona se ha ido acomodando.

Como estrategia para ahuyentar los fantasmas de la incertidumbre que lo asusta, el simplista recurre a soluciones banales para resolver los problemas más complejos, gracias a medidas fáciles, rápidas, superficiales, fundamentalmente ilusorias o engañosas.

La persona obsesionada con la comodidad detesta las confrontaciones. Incluye, entre otros, al escurridizo que nunca se deja confrontar, no da la cara, no cumple compromisos y hace lo que sea necesario para evitar salir de su zona de confort así esa actitud al final le represente problemas mayores.

El aguantador que tolera, con tal de permanecer en estado de perpetua resignación, cónyuges insoportables, socios indeseables, trabajos aburridos y toda suerte de irrespetos y abusos.

El conciliador o “diplomático de carrera” que prefiere pasar tragos amargos con tal de quedar bien con todo el mundo.

La persona que se rehúsa a crecer detesta la realidad y se la pasa alimentando las fantasías (idealizaciones) de la felicidad completa. Que no son otra cosa que un sueño cuya representación clásica es: “Si tan solo pudiera regresar a mi adolescencia, cuando yo lo sabía todo y tenía la solución a todos mis problemas”. Esta fantasía se origina en “pensar con el deseo” (wishful thinking) y funciona, no sobre la realidad, sino sobre la base de lo que la persona desearía que fuera su vida. En ese grupo caen, entre otros, los paraísos artificiales de las adicciones.

Un estado permanente de zozobra que no se ha explorado lleva a la tensión, la irritabilidad, la intolerancia, a la frustración, la duda y la inseguridad en todos los campos del desempeño vital, circunstancias que ante cualquier tropiezo pueden escalar a un estado de agitación.

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