A ambos les faltaba un brazo

Agosto 25, 2022 - 11:50 p. m. 2022-08-25 Por: Armando Barona Mesa

Me da jartera hablar hoy de política. Como en el poema de De Greiff, “la llevo perdida sin remedio”... Eso creo hasta ahora. Razón que me conduce a cambiar el tema político; y se me viene a la mente un personaje grande, Don Ramón del Valle Inclán, de aquella España ensartada en el Siglo XIX en la que se llamó la guerra de los “carlistas y los liberales”, larga -duró casi un siglo-, cruenta muchas veces, intransigente y sectaria.

Casi todos los intelectuales de finales de siglo, pertenecientes a la que se llamó a sí misma “generación del 98”, eran liberales. Los otros representaban a don Carlos María Isidro, hermano de Fernando VII, quien al morir, y aplicando la denominada Ley Sálica, que consistía en que las mujeres no podían acceder al trono, se opusieron con ardentía a los ultraderechistas carlistas. Y así se jugó una gran parte de la vida española, pasando al Siglo XX y a la época de la Falange de Franco.

El asunto es que Fernando VII no se dejó echar el cuento de su hermano Carlos María Isidro, el heredero legítimo, y escogió a su hija Isabel II como la reina, rompiendo la Ley Sálica. Isabel nació el 10 de diciembre de 1830, hija de la cuarta esposa de aquel rey a quien antes habían llamado El Deseado, María Cristina de Borbón. A esta soberana Isabel II la posteridad la llamó la “reina de los tristes destinos”. Nada fue bueno entonces. Tuvo tres matrimonios y muchos hijos, ninguno de los cuales lo fue de su entonces consorte.

Fue época turbulenta y digamos que vergonzosa y extensa. Comenzó el 23 de septiembre de 1833, cuando murió ese rey de cara angular y prognatismo sobresaliente del maxilar inferior, como todos los borbones. Fueron muchos los fusilamientos atrabiliarios. Lorca escribió un drama conmovedor y bello sobre una heroína española, hermosa, con valor y coraje que superaban su belleza, Marianita Pineda (1831). “¡Oh, qué día tan triste en Granada, que a las piedras hacía llorar!”.

Don Ramón del Valle Inclán era un hombre múltiple, escritor agudo, prolífico y poeta, con indumentaria y facha marcadas con excentricidad y únicas. En Madrid era la época de los cafés y el buen vino y tertuliaban los intelectuales en medio de jolgorio y la alegría.

Una noche, en el Café de la Montaña, en el marco de la Puerta del Sol, en una pelea uno le descargó a don Ramón su bastón en un brazo, con tan mala suerte, que perdió el brazo. Quedó manco y pobre como era. Pero siguió moviéndose, viajando a París y escribiendo libros que a veces nadie leía.

Sonata de primavera, Tirano Banderas, Sonata de Otoño, Divinas Palabras, Luces de Bohemia, Marqués de Bradomín, Águila de Blasón, Farsa Infantil, La Marquesa Rosalinda, eran parte de su obra.

Valle Inclán era un toro revolucionario. Estuvo en la primera república española, donde le otorgaron algunos reconocimientos y uno que otro destino en el gobierno.

En septiembre de 1821 el presidente de México Álvaro Obregón, después de la cruenta y larga revolución, invitó a Valle a su país, en el que había estado en comienzos del siglo. Y escribió allá más y más, aunque llegó a llamar su obra como un esperpento. Obregón lo quería entrañablemente.

Un buen día, con los gestos alegres de todos los mexicanos, invitó el presidente a don Ramón a una corrida de toros. El presidente había perdido, dicen que dos veces en la guerra, el brazo izquierdo -de un cañonazo-. Y celebró una corrida de toros en honor del escritor en la plaza de la ciudad.

Y ocurrió que, bajo la música alegre de la banda de la plaza, con unos toros de la mejor casta y en medio de un frenético momento de la faena del gran torero, la emoción de don Ramón subió a tal punto, que no tuvo inconveniente en decirle al adusto general Obregón: “Señor Presidente, siento tanta alegría que me estalla por dentro, que le pido a usted que me preste su brazo bueno para poder aplaudir con el mío”.

Lee todo el contenido de El País sin límites. Suscríbete aquí
VER COMENTARIOS