Columnistas
Antes de que sea tarde
Es tiempo de bajar la velocidad a los modelos de Inteligencia Artificial y llegar a acuerdos éticos para el bienestar humano.
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14 de sept de 2026, 12:22 a. m.
Actualizado el 14 de sept de 2026, 12:22 a. m.
A lo largo de las semanas recientes, el mundo ha sido testigo de una ola de advertencias de que un cambio muy grande está por ocurrir y que las vidas de todos se verán transformadas radicalmente en menos de una década. El protagonista esta vez no es un gobierno, ni una persona, sino una creación sin cara y sin existencia física.
La inteligencia artificial ha avanzado durante casi medio siglo de investigación y avances tecnológicos, pero solo recientemente llegó a ser el centro de las discusiones en cada hogar en el mundo por todas las soluciones que puede ofrecer en la cotidianidad. Casi todas las profesiones se han visto en la necesidad de adaptarse con inmediatez, si es que no han sido reemplazadas por completo, mientras la tecnología consigue alcances antes impensables.
Pero esa balanza está muy cerca de inclinarse por completo del lado contrario al orden humano que ha dominado durante siglos: el del trabajo como fuente del progreso y el sustento de vida. Los propios creadores de empresas detrás de la inteligencia artificial, como Elon Musk, Mark Zuckerberg y Dario Amodei, han señalado que en menos de diez años el mundo entraría en una nueva éticedad en la que muchos trabajos serían reemplazados y en la que el tiempo libre sería mayor. Una “edad de increíble abundancia” en la que probablemente dejaría de existir el dinero, ha explicado Musk.
El problema es que la frontera entre esa promesa y un futuro menos esperanzador es muy corta. La semana pasada, el investigador Jacob Coxon, escribió uno de los trinos más leídos de toda la historia de X (antes Twitter) explicando su renuncia de la empresa Anthropic. Su mensaje dejó una inmensa preocupación global, pues se trata de la advertencia de un líder del desarrollo de esa tecnología. Tal vez el fragmento más inquietante de sus palabras fue cuando advirtió que las IA “pronto serán sistemas sobrehumanos capaces de hackear cualquier cosa, revolucionar cualquier campo de la noche a la mañana, y adquirir poder y recursos reales. (...) Las personas que construyen la IA creen sinceramente que podría matarnos a todos antes de que termine la década”.
En medio del temor que una revelación como estas puede traer, los líderes de las empresas OpenAI, Anthropic y X, acordaron públicamente en la red social de X que es tiempo de bajar la velocidad de estas innovaciones y llegar a acuerdos éticos para el bienestar humano. En medio de esta discusión global, Dario Amodei, CEO de Anthropic –la empresa creadora de Claude–, aceptó en entrevista con el periodista Anderson Cooper que si el desarrollo de la IA cae en manos equivocadas, las posibilidades de que esa tecnología acabe con la humanidad son superiores al 10% en menos de una década.
Otros actores han llamado la atención sobre el tema: la Unión Europea aprobó su acción sobre la IA hace dos años y en las semanas recientes, el comité de premios Nóbel de Paz dedicó su pánel de este año a la propuesta de ideas para enfrentar este enorme riesgo. El problema, de fondo, es que los dos actores clave en esta carrera, Estados Unidos y China, se enfrentan en una álgida guerra comercial y tecnológica, y poner un freno a los desarrollos de la ciencia del futuro permitiría que el rival gane una importante ventaja.
Hace un par de años señalábamos con temor que la inteligencia artificial ponía en riesgo nuestros trabajos. Ahora hablamos de algo mucho más grave: de cómo amenaza el futuro de la humanidad. Y es en este momento, cuando todavía tenemos el control sobre las máquinas, cuando más debemos presionar a las empresas de tecnología y a los gobiernos para evitar que el futuro de la salud, la inteligencia militar y la ciencia nuclear quede en manos de los robots, antes de que sea muy tarde. Tal vez ya lo sea…
FERNANDO POSADA

Politólogo de la Universidad de los Andes con maestría en Política Latinoamericana de University College London. Es analista político para varias publicaciones nacionales e internacionales, y consultor en temas de política pública, paz y sostenibilidad.
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