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Réquiem Policía

Mayo 06, 2021 - 11:40 p. m. 2021-05-06 Por: Alberto Castro Zawadsky

En el curso de las protestas hemos visto no solo los más absurdos actos de destrucción indiscriminada, que terminaremos pagando todos con nuestros ya empobrecidos recursos. Han ocurrido los más flagrantes actos de violación del derecho internacional humanitario.

Una turba acuchillando a un uniformado solo y desarmado, otra quemando locales con los empleados adentro, otros bárbaros quemando ambulancias y muchos bloqueos impidiendo la circulación de enfermos graves.

Los horribles crímenes, comparables solo con los peores horrores de la guerra, son lavados por los influenciadores, comentaristas y medios que se concentran en la reacción de las fuerzas militares. Tienen un muy buen montaje para documentar las intervenciones del Esmad o el Ejército y los han logrado neutralizar.

Mucha gente critica la pasividad de las fuerzas del orden en esta crisis. Qué buen ejercicio sería que se pongan en sus zapatos. O piensen en un padre, esposo o hijo en esa situación. Le ordenan salir a enfrentar una turba de criminales que usan bombas (papas bomba las llaman para ‘humanizarlas’), fuego, cuchillos, piedras y armas de fuego.

Le dan inclusive dotación especial para que pueda recibir la paliza. Lo colocan en inferioridad numérica. Y hay de que se defienda, así sea con un palo. Allí están prestos para filmarlo, judicializarlo y arruinarle su carrera.

Desde luego que han ocurrido actos de exceso de fuerza, aquí y en muchos otros países pero son aislados y magnificados por los de la oposición y algunos medios de comunicación, mientras que los horrores que cometen los violentos, son minimizados y convenientemente interpretados por sociólogos y politólogos, como evidencia de la ira de un pueblo.

Conocí a una refinada dama que era capaz de montar tribuna contra los militares y la Policía, en el escenario en que la pusieran. Difícil recordar el recuento de atropellos y arbitrariedades que era capaz de recitar con fluidez. Cuando en medio del paro, la turba se aproximaba a su edificio con evidentes intenciones de invadirlo y quemarlo, clamaba con desesperación por la presencia policial y agradeció a Dios y al cielo cuando aparecieron los militares.

Conozco a unos simpáticos muchachos y muchachas, que salen de sus casas donde tienen tres comidas servidas al día y les tienden la cama, a hacer graciosos bailes y cánticos de protesta emocionada y ahora vuelven a sus casas desconcertados y exigentes porque ya no encuentran su comida lista. Con la ciudad sitiada por una semana, no han podido hacer mercado en su familia, y están molestos con la imprevisión.

No se ha inventado organización social en este planeta en la que la Policía no sea esencial para mantener el orden. Diseminar el concepto de que la inconformidad o la protesta se expresan agrediendo y matando policías, es desconocer una de las normas más elementales de convivencia.

Toda sociedad que se ha dedicado a estimular el odio y la agresión a las fuerzas del orden, desemboca siempre en una de dos opciones: el caos total con enfrentamiento de bandos civiles armados que eventualmente terminan en guerra civil, o regímenes totalitarios en los que cualquiera que levante su voz, es fusilado sin contemplación.

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