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La dinámica de la violencia

Está muy probado en todos los países y todos los tiempos que la fórmula para que las sociedades mejoren y salgan de la pobreza no consiste en la elección de un mesías concentrador de poder que tiene la solución para todo.

21 de octubre de 2021

Hay quienes piensan que nada tenemos que ver con lo que pasó en Afganistán. Si bien es cierto que estamos muy distantes cultural y geográficamente, compartimos algunos elementos de la historia que nos pueden dejar lecciones valiosas.

Ambos han cargado la cruz de la violencia, generando indecible sufrimiento a sus ciudadanos. Cada país, bello a su manera, ha visto como los áulicos de la violencia y la guerra, han arruinado su enorme potencial.

Solo en los últimos 50 años, han sufrido, como nosotros, las consecuencias de liderazgos absurdos que impusieron la violencia como recurso de interacción social.

Primero tomaron el poder los comunistas, quienes consideraron que sólo se lograba el estado perfecto con la aniquilación de los oponentes. Una temible violencia oficial, con respaldo de Rusia, se desató contra los agentes del Islam, representantes de la cultura dominante. La reacción fueron los Mujahedin, que terminaron venciendo al régimen con la expulsión de los soviéticos. Pero la emoción inicial de la ‘independencia’ se esfumó, cuando se implantó el insensato régimen talibán con su horrenda represión a las mujeres.

Después de años de oprobio vuelven a sentir la ‘liberación’ con la cruenta invasión de los americanos. El odio como doctrina, la crueldad sistemática, las enormes diferencias ideológicas sin resolver, llevaron a que esa nueva paz caliente y sin sustento moral se fuese derrumbando.

Un claro y deprimente ejemplo de cómo ideologías radicales, sustentadas en la violencia como estrategia, no llevan sino a crear y cerrar el círculo de la agresión e intolerancia.

Aunque la historia reciente de Colombia no ha sido tan dramática y devastadora, si hemos padecido enorme sufrimiento y muerte, producto de concepciones y tácticas similares.

¿Cómo vacunar a la sociedad para que no siga la dinámica destructora de la violencia? Es indispensable enaltecer el valor supremo de la libertad.
Con libertad se puede lograr un desarrollo económico más equitativo, induciendo a quienes concentran poder, para que lo usen con sabiduría, se puede mejorar la política detectando y condenando a los corruptos que no entienden el bien común, se puede afinar la justicia purgando funcionarios que la secuestran para su beneficio o el de sus ideas. Todo esto en un ambiente de paz, garantizado por unas fuerzas del orden profesionales, que sean capaces de detectar y castigar a quienes se desvían de su noble misión.

Está muy probado en todos los países y todos los tiempos que la fórmula para que las sociedades mejoren y salgan de la pobreza no consiste en la elección de un mesías concentrador de poder que tiene la solución para todo. La fórmula no ha fallado en ninguna parte: cuando un país logra crear un ambiente de seguridad y paz, con un sistema judicial confiable que garantice la igualdad de oportunidades, la libertad económica soluciona todo lo demás: educación, salud, empleo, producción, recreación. Todo sale de la increíble capacidad del ser humano cuando es libre y tiene seguridad física y jurídica para actuar. Si se respetan esos tres principios la discusión política se centra en qué tan fuerte es el papel regulador del estado.

AHORA EN Alberto Castro Zawadsky