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Exclusivo | El genocidio del pueblo Uigur: el mundo calla mientras el Gobierno chino extermina a una minoría musulmana
Alrededor de un millón de personas de la región autónoma de Xinjiang permanecerían en campos de concentración, donde familiares y ONG de derechos humanos denuncian esterilizaciones, desapariciones y una campaña de ‘reeducación’ intentando eliminar su religión, su idioma, su cultura y su identidad.
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5 de jul de 2026, 10:59 a. m.
Actualizado el 5 de jul de 2026, 10:59 a. m.
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Nijat lleva nueve años detenido sin cometer delito, pero el Gobierno chino ‘sospecha’ que en cualquier momento lo hará; Gulbahar fue sindicado de ‘deslealtad’ y lleva años desaparecido; Burshyn fue condenada por ‘viajar’ a uno de los 26 países considerados por Pekín como sensibles, y el expediente de Selimgul señala que fue confinada por violar leyes de control natal (se embarazó).
Zekeriya fue sentenciado a siete años por ‘rezar’; Qalipan fue confinado por usar WhatsApp; de Abliz dice su ficha judicial que su falta fue ‘enseñar la religión islámica’ en su comunidad y Eli fue privado de la libertad por el hecho de ‘tener parientes en el extranjero’.
Todos ellos tienen en común que son parte de la comunidad Uigur, una minoría étnica de religión musulmana que habita en la región autónoma de Xinjiang, en el noroeste de China, convertida hoy en el campo de concentración y esclavitud laboral más grande del mundo, según familiares y organismos internacionales de defensa de los derechos humanos.

A inicios del Siglo XX el pueblo Uigur había declarado su independencia de China, pero desde 1949 el Gobierno comunista retomó el control absoluto de esta región, rica en recursos naturales, donde se produce el 20 % de todo el algodón del mundo y punto estratégico de la llamada ruta de la seda.
Las prometedoras tierras de los Uigur se convirtieron en prioridad para el régimen chino luego de descubrirse enormes reservas de litio y níquel, yacimientos de carbón, petróleo y gas natural (un tercio de todas las reservas del país), y metales como cobre y oro. Con el ojo de Pekín puesto sobre ellas, se lanzó en 1999 la campaña ‘Hacia el este’, con el supuesto objetivo de integrar e industrializar las provincias del extremo occidental chino.
Desde 2017, año en que arreció la persecución, organizaciones internacionales, la Unión Europea y la ONU han documentado la detención de cientos de miles de uigures (algunas estimaciones hablan de más de un millón) en lo que el Gobierno chino denomina ‘Centros de Educación y Formación Profesional’.
No obstante, China afirma que son centros necesarios para combatir el extremismo religioso y fomentar la integración económica. Pero la postura internacional señala, basada en numerosos testimonios de sobrevivientes y documentos filtrados sobre desapariciones y torturas, que son centros de adoctrinamiento político y de trabajos forzados.

A mediados de mayo pasado, por invitación del Instituto Republicano Internacional (IRI), miembros de la diáspora Uigur llegaron a Guatemala, en Centroamérica, para denunciar el genocidio contra su pueblo y las formas en que el Gobierno chino viene exterminando esta minoría y realizando la llamada ‘transformación del pensamiento’.
Durante una entrevista con El País, Esma Memtimin, una joven Uigur nacida en el exilio, relató: “Formo parte de la primera generación de Uigurs a quienes están separando sistemáticamente de sus raíces. Nací en Europa e incluso aquí, a miles de kilómetros de Turquistán Oriental, la sombra del régimen chino nos persigue”.
“Esta es la realidad de ser Uigur en 2026. No puedo decir los nombres de mis familiares que están en los campos de concentración. No puedo mostrarte sus rostros porque podría ponerlos en mayor peligro, pero este silencio habla más alto que cualquier nombre. Durante más de diez años mi familia se ha enfrentado a un muro de silencio. No sé si mis familiares están vivos. No sé si han comido hoy. No sé si volveré a oír sus voces alguna vez o, en el caso de alguno, si llegaré a oírles por primera vez. Esto no es solo una cuestión política, es una herida profunda y dolorosa. Nos están robando nuestra historia”, asegura Esma.
Crimen de lesa humanidad
Desde el 2017 organizaciones internacionales venían documentando la destrucción por parte del Gobierno chino de mezquitas, cementerios y sitios de importancia cultural Uigur. Igualmente denuncias sobre políticas de control de natalidad coercitivas y programas de traslado laboral masivo que buscarían diluir la identidad étnica y religiosa de esta región.
“Las formas como el Gobierno de China viene aniquilándonos son las más inhumanas, pero es aún más triste ver que el mundo guarda silencio ante el genocidio. Hemos documentado casos de mujeres que están siendo esterilizadas y muchas otras a las que les han quitado sus hijos para evitar que aprendan la lengua, que sigan la religión musulmana y que reconozcan como su única autoridad el Partido Comunista”, explica bajo reserva de identidad una de las integrantes del pueblo Uigur exiliada en Turquía.
“Cientos de líderes religiosos fueron retenidos y asesinados, las familias nunca han tenido razón de miles de estudiantes que fueron desaparecidos, los padres tienen prohibido utilizar nombres turcos o musulmanes para sus hijos y a muchas personas las han despojado de sus pertenencias”, agrega la activista Uigur.
En 2022, un informe de la Oficina de la Alta Comisionada para los Derechos Humanos señaló que las restricciones del Gobierno chino a la comunidad Uigur podrían constituir crímenes contra la humanidad.

Pese a que los Uigur han ido por el mundo denunciando las prácticas más inhumanas para la eliminación de esta minoría, ha sido más fuerte el silencio de países que han antepuesto sus intereses políticos y económicos al genocidio pasivo que continuaría ocurriendo en Xinjiang.
Solo Estados Unidos y algunos países de la Unión Europea han impuesto sanciones comerciales y diplomáticas, llegando algunos parlamentos a calificar la situación como un ‘genocidio’ o ‘crímenes de lesa humanidad’.
El 31 de octubre del 2022 cerca de 50 países realizaron en una declaración conjunta, en el marco de las Naciones Unidas, un documento en el que instaban a China a respetar los derechos humanos en Xinjiang y manifestaron su preocupación por la negativa del gigante asiático a discutir sobre el tema en el seno de la organización.
Durante la reunión, los diplomáticos chinos se limitaron a calificar la declaración como un gesto ‘anti-China’ y pidieron a los demás países con asiento en la ONU boicotear el pedido.
El gobierno del presidente Xi Jinping ha negado todas las acusaciones, ha defendido las “medidas de control” considerándolas como una respuesta al peligro que representan los grupos extremistas islámicos y ha amenazado con cambiar de forma drástica su participación dentro de la Organización de Naciones Unidas.
Pero en febrero de 2023 se hicieron públicas en varios medios europeos algunas fotografías sustraídas de los archivos de la oficina de seguridad de Xinjiang y se conocieron cientos de miles de fichas judiciales que confirmaban las denuncias que hasta entonces solo eran voz a voz sobre la retención masiva, el confinamiento, la esclavitud laboral y las desapariciones de miembros del pueblo Uigur.
“China no solo nos está robando nuestra tierra, está intentando asegurarse de que mi generación, la juventud en el exilio, olvide lo que significa ser Uigur. Quieren que seamos un pueblo sin pasado, para que no tengamos futuro. Mi historia no es única, es la historia de todos los jóvenes Uigures. Somos la prueba viviente de un genocidio que el mundo está observando, pero que aún no detiene”, aseguró Esma Memtimin.

“Somos el puente entre un pasado robado y un futuro por el que debemos luchar para recuperarlo. Cada vez que hablamos, nuestra lengua resistimos. Cada vez que nos presentamos ante ustedes y nos negamos a callar, resistimos. Ser Uigur significa existir a pesar de quienes quieren que desaparezcamos”, indicó la denunciante.
El modelo de asimilación
Lo que ocurre en Xinjiang es para algunos expertos un sistema masivo e institucionalizado de control social, detención y asimilación cultural de millones de ciudadanos.
Asimilar una población es el proceso mediante el cual un grupo de personas, generalmente inmigrantes o minorías, adopta gradualmente la cultura, los valores, la lengua y las costumbres de la sociedad dominante o mayoritaria, hasta volverse indistinguibles de ella.

Para el caso chino, indican los expertos, es un modelo de ‘reeducación’, que en términos prácticos no es otra cosa que intentar que abandonen el islamismo y se cambien al budismo, que vivan como lo ordena el Partido Comunista, que olviden su lengua y solo se expresen en idioma mandarín.
Sin embargo, el hermetismo gubernamental y las restricciones para el acceso de la prensa internacional o independiente a la región de Xinjiang ha convertido esta región en un enigma y un foso oscuro en el que solo Pekín sabe lo que ocurre dentro.
En su objetivo de mantener bajo el tapete la realidad del pueblo Uigur, el régimen del presidente Xi Jinping ha desplegado toda la capacidad tecnológica para que el mundo ignore los hechos que se han denunciado en Xinjiang, donde se han levantado muros para aislar a la población.
Un paquete de medidas que incluiría avanzados sistemas de reconocimiento facial, toma de muestras de ADN de los Uigur, el escaneo de iris, el bloqueo de internet y el monitoreo estricto de las comunicaciones digitales dentro del territorio para controlar los movimientos y las actividades de la población

Periodista y editor de la Unidad Investigativa. Egresado de la Universidad Santiago de Cali y con especialización en Cultura de Paz y DIH de la Universidad Javeriana. Escritor y coproductor de documentales.
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