Lea la historia de Alison, la niña que murió por una bala perdida en Medellín

La niña de 11 años murió el miércoles en Medellín luego de recibir una bala perdida el 31 de diciembre.

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3 de ene de 2013, 12:00 a. m.

Actualizado el 22 de abr de 2023, 09:52 p. m.

La niña de 11 años murió el miércoles en Medellín luego de recibir una bala perdida el 31 de diciembre.

Llegaron a Medellín el 23 de diciembre. Querían ver los alumbrados. Lo hacían cada año: la madre de Alison había crecido en esa ciudad y la nostalgia le llegaba siempre el fin de año. Entonces, salieron desde el barrio Perdomo, en Ciudad Bolívar, su hermano, su padre y su madre. Alison tenía 11 años. Ya sabía que el Niño Dios eran sus papás. De modo que la ropa nueva la compraron en Bogotá y en Medellín. Su aguinaldo fue un celular de Hello Kitty.En la casa de sus familiares, en el barrio Manrique, su tía Yuli se sorprendió al verla. Había crecido. La última vez que la vio estaba un poco más gorda y pequeña y su rostro era algo más infantil. Ahora era una señorita, el cabello largo y negro, estaba algo más delgada. Una princesa, decía su padre. Alguno de esos días, entre el 23 y el 31 de diciembre, Yuli preguntó: ¿qué quieres ser cuando grande? Una pediatra, respondió Alison. El año anterior Alison había dicho que quería ser una ebanista, como su padre. Ahora quería ser una pediatra. El próximo año, tal vez, habría querido ser una odontóloga, o profesora, o abogada, o periodista. Pero ya no habría un próximo año. La noche del 31 de diciembre, hacia la 1:00 a.m., alguien disparó al aire para celebrar la llegada del 2013. La bala cayó sobre el rostro de Alison: estaba en un tercer piso, al lado de su padre. Él la vio caer, vio la sangre en su rostro, vio a su princesa desvanecerse. La condujo de inmediato a un hospital.Durante el primero de enero Alison estuvo conectada a respiradores artificiales. Al día siguiente su corazón se detuvo. Murió. La inocencia en la guerraNo importaba si era al barrio Manrique de Medellín. Después de todo, eran vacaciones. Vería a sus tíos, sus primos, montaría en metro, saldría a ver las luces, el pueblito paisa. No importaba que fuera al barrio Manrique. No importaba porque en ese barrio estaba su familia, la familia de su madre, porque ya había estado allí muchas veces. Y no importaba, sobre todo, porque Alison era apenas una niña que entraría a sexto grado e ignoraba que el barrio al que llegaría era uno de los más violentos de Medellín. Un barrio gobernado por combos que controlan no solo el microtráfico, sino el mercado de alimentos. No importaba. Alison, seguramente, nunca había escuchado la palabra microtráfico. Tal vez nunca se enteraría de que en ese barrio, en alguna de las tiendas en la que acaso compró las arepas para su desayuno, todo lo que se vendía era controlado por esos delincuentes que obligan a los tenderos a ofrecer lo que ellos quieren. Nunca sabría que se trataba de uno de los barrios con mayor comercio ilegal de armas de fuego. A ella solo le importaba que en ese lugar estaría su familia, que iba a conocer otros niños y que luego volvería a Bogotá a hablar de sus vacaciones. Alison era la princesa de su padre y de su madre. No sabía nada de esa guerra. No tenía por qué saberlo. Un ángelHoy es el funeral de Alison. Sus padres todavía no lo entienden: “Una bala me quitó a mi angelito”, dice su papá. Las autoridades se han manifestado. La Policía ofreció $20 millones de recompensa a quien ofrezca información sobre la persona que disparó.La senadora Gilma Jiménez dijo: “esto no puede seguir tratándose como una falta menor. A los hampones hay que castigarlos, no existe ningún argumento para justificar que la gente se arme para defenderse”. El alcalde de Medellín, Aníbal Gaviría, afirmó que lamentaba que este fin de año se haya visto empañado por la irresponsabilidad de algunos que todavía celebran con violencia. Los familiares de Alison, por su parte, hablan poco. No tienen mucho para decir. Ellos no entienden, no lo pueden creer. Recuerdan esa noche en que celebraban y luego Alison moría. En Manrique se escuchan disparos todas las noches. Esa noche, mientras otra niña de quince años recibía una bala perdida sobre su espalda, la pequeña Alison confundió el estruendo de las balas con pólvora.

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