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Salsa a la Calle: cuando la ciudad le dio la espalda a la salsa y la calle respondió

Durante siete años, este colectivo ha llevado la música en vivo a los barrios de Cali sin permisos, sin tarimas y sin apoyo estatal.

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Salsa a la Calle convierte la música en resistencia cultural.
Sin intermediarios, las orquestas se encuentran directamente con su público. | Foto: Especial para El País / Salsa a la calle

9 de ene de 2026, 08:09 p. m.

Actualizado el 10 de ene de 2026, 02:56 a. m.

Es de noche en un barrio de Cali. Una esquina cualquiera, cables cruzados, un bafle apoyado contra un andén y el golpe seco de una conga que corta el ruido de la ciudad. No hay tarima ni vallas ni logos institucionales. Hay músicos afinando, vecinos sacando sillas y niños mirando de cerca los instrumentos.

Así empieza Salsa a la Calle: no como evento, sino como respuesta. Durante más de siete años, este colectivo ha sostenido la salsa en el espacio público, convirtiendo la calle en política cultural, refugio y trinchera.

La salsa caleña no nació en escenarios institucionales ni bajo lógicas de espectáculo. Pero con el paso de los años fue desplazada de los espacios formales, convertida en telón de fondo turístico y administrada desde oficinas donde la música en vivo dejó de ser prioridad.

n sectores populares, la salsa en vivo rompe el silencio y crea comunidad.
Cada edición nace desde la autogestión y la voluntad colectiva del gremio salsero. | Foto: Especial para El País / Salsa a la calle

Su origen está en la calle, en el barrio, en la esquina compartida. Salsa a la Calle retoma ese pulso inicial y lo convierte en una acción sostenida. No como nostalgia, sino como respuesta a una exclusión sistemática del gremio salsero de los espacios formales de circulación cultural.

Salsa a la Calle es una ventana, una puerta hacia el mundo a nivel cultural de la ciudad de Cali”, afirma Harold Estrada, fundador y representante legal del colectivo.

El proyecto nació con una misión concreta: circular las orquestas de la ciudad y visibilizar procesos culturales que no encontraban cabida en la programación oficial.

Durante siete años, esa misión se ha materializado en más de 37 ediciones realizadas en barrios donde, en muchos casos, nunca había llegado una orquesta en vivo. El método fue siempre el mismo: llegar, instalar el sonido, tocar y compartir. Sin permisos. Sin tarima. Sin intermediarios.

Salsa a la Calle transforma la noche del barrio en una celebración colectiva.
Sin vallas ni logos, la música ocupa el espacio público como acto cultural. | Foto: Especial para El País / Salsa a la calle

Para Richie Ureña, vocero del colectivo, el regreso a la calle fue inevitable. “Las problemáticas de promoción del sector de la salsa tenían que mostrarse. La salsa tenía que volver a nacer dentro del pueblo, dentro de la calle, como es su esencia”.

Ese retorno no fue simbólico: fue una postura frente a la ausencia de una política cultural real para la salsa en Cali. Salsa a la Calle se consolidó como un movimiento que interpela directamente a los modelos de consumo cultural y a la forma en que se gestiona el patrimonio.

Somos mudos ante la administración pública”, insiste Richie, subrayando la contradicción entre el discurso patrimonial y la falta de espacios reales para las orquestas.

La salsa recupera su esencia popular lejos del espectáculo institucional.
La esquina se vuelve aula, escenario y refugio cultural. | Foto: Especial para El País / Salsa a la calle

El colectivo agrupa hoy a 35 orquestas profesionales y cinco proyectos de formación musical para niños y niñas. La logística —equipos, instrumentos, transporte— se ha sostenido desde la autogestión y la voluntad colectiva.

Todo lo hemos hecho por pulso y fuerza de nosotros”, recalca Harold.

Sin contar con respaldo sostenido, ni contratos, ni estímulos claros, Salsa a la Calle fue reconocida como vigía del patrimonio inmaterial de la salsa caleña dentro del Plan Especial de Salvaguarda.

Más de siete años de música han llevado orquestas a barrios históricamente excluidos.
La calle, escenario natural de la salsa caleña, vuelve a latir con fuerza. | Foto: Especial para El País / Salsa a la calle

Desde allí, el colectivo comenzó a ocupar un lugar más visible dentro del ecosistema cultural, participando en eventos como la Feria de Cali y liderando procesos de internacionalización.

Salsa a la Calle no compite con grandes eventos. Los cuestiona. “La ciudad no tiene espacios de circulación para las orquestas”, señala Harold. Los intentos por acceder a lugares emblemáticos han sido negados, empujando al colectivo a reafirmar la calle como escenario natural.

Vecinos sacan sillas y convierten la calle en escenario y punto de encuentro.
úsicos afinan instrumentos mientras el barrio se prepara para escuchar salsa en vivo. | Foto: Especial para El País / Salsa a la calle

Esa decisión ha permitido llevar música en vivo a sectores como Charco Azul o el asentamiento del Valladito. Allí, niños y jóvenes tuvieron contacto por primera vez con instrumentos musicales. “Había niños con miedo de tocar una conga o un piano”, recuerda Richie. La calle se convirtió en aula, escenario y espacio de encuentro.

Tocar en las calles es sobrevivir

Sigue siendo un acto de resistencia”, dice Richie. Resistencia frente a la exclusión, frente a la estandarización del espectáculo, frente a un sistema donde, según el colectivo, la visibilidad depende del pago y no del talento.

Salsa a la Calle se consolidó así como una plataforma de lanzamiento musical. En los barrios, el público escucha canciones nuevas, identifica orquestas emergentes y valida procesos que no suenan en la radio comercial. “La gente pregunta quiénes somos y de dónde venimos”, cuenta Harold.

Un bafle sobre el andén y una conga marcan el inicio de Salsa a la Calle.
En una esquina de Cali, la salsa vuelve a sonar sin tarima ni permisos, como en sus orígenes. | Foto: Especial para El País / Salsa a la calle

El colectivo también plantea una crítica directa a la transformación de la salsa en producto turístico vacío.

Se está mostrando el desorden, no la cultura salsera”, advierte Harold. Para él, el patrimonio se ha deformado al excluir a las orquestas y priorizar la imagen por encima de la música.

“La orquesta es la matriz. Sin orquesta no hay bailarines”, insiste. Salsa a la Calle busca restituir ese orden: música en vivo, comunidad y memoria.

Ambos coinciden en que una Cali sin Salsa a la Calle sería un retroceso. “Es el espacio de circulación más grande que tienen hoy las orquestas”, señala Harold. Para Richie, es el referente donde los músicos saben que pueden mostrarse.

Más que un evento, Salsa a la Calle se volvió una necesidad cultural para la ciudad.

Salsa a la Calle y Songorocosongo: una alianza en construcción

Durante la conversación, el colectivo confirmó que se está gestando una articulación entre Salsa a la Calle y Songorocosongo un colectivo de Salsa en Rondanillo, Norte del Valle, construida desde abajo y sostenida por los procesos de formación musical infantil y juvenil.

Hoy, esa alianza ya tiene una primera expresión concreta: son las orquestas jóvenes las que están llevando este cruce de caminos a otros territorios del Valle del Cauca, mientras la vinculación de las orquestas profesionales se proyecta para una fase posterior.

A partir de las 8:00 de la noche, el Songorocosongo Salsa Fest convertirá el Parque Principal Elías Guerrero en un punto de encuentro para la música, la memoria y el presente salsero del municipio.
El Parque Principal Elías Guerrero será el escenario del Songorocosongo Salsa Fest este sábado 17 de enero, un evento que reunirá a la comunidad alrededor de la salsa y la celebración cultural del norte del Valle del Cauca. | Foto: Especial para El País

Uno de los primeros hitos de ese proceso será el Songorocosongo Salsa Fest, que se realizará el próximo sábado 17 de enero, desde las 8:00 de la noche, en el Parque Principal Elías Guerrero de Roldanillo. Allí, K-Boom Orquesta representará esta alianza emergente, llevando a escena una salsa entendida no como recuerdo, sino como presente vivo y relevo generacional.

Concebido como el primer encuentro juvenil y de orquestas emergentes de salsa en el norte del Valle, el festival pone en el centro a niños y jóvenes que hoy sostienen el género desde los barrios, las escuelas informales y los procesos comunitarios.

Es la primera vez que dirigimos la salsa a la cultura joven de nuestra comunidad”, explicó Edgar Cruz, integrante del colectivo Songorocosongo.

El evento será gratuito, abierto y comunitario, pensado como un espacio familiar donde el público no solo asiste, sino que participa. “Traigan sus güiros, maracas y campanas”, invitó Cruz, reforzando una idea de salsa vivida en colectivo, coherente con la filosofía que ha sostenido Salsa a la Calle desde sus inicios.

Colectivo de salsa de Roldanillo Valle
Colectivo de salsa de Roldanillo Valle | Foto: Juan Diego Valencia @jdvephoto / Especial para El País

Desde los colectivos advierten que esta articulación puede crecer. “Eso se puede convertir en un festival, un referente de impacto económico y turístico del norte del Valle”, señalaron.

Más que una suma de eventos, la apuesta apunta a consolidar una red cultural regional donde la formación, la calle y la música en vivo sean el eje, y donde la salsa vuelva a expandirse desde abajo, con nuevos rostros y territorio compartido.

Periodista y comunicador social. Jefe de la redacción web de El País, especialista en marketing digital y gerencia del talento humano. Apasionado de las transformaciones y los desafíos.

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