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La única certeza de la vida es el cambio
Juan Pablo Medina y Daniela Álvarez, dos testimonios inspiradores para preguntarse: ¿Quién soy cuando mi cuerpo deja de ser el mismo?
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21 de jul de 2026, 03:11 p. m.
Actualizado el 21 de jul de 2026, 03:11 p. m.
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Por: Krish Benvenuti, comunicador, guía de bienestar total y de longevidad consciente (Especial para El Pais)
Lo curioso es que todos lo sabemos y, aun así, vivimos como si nunca fuera a sucedernos. Construimos nuestra identidad alrededor del cuerpo: de su juventud, de su fuerza, de su belleza, de aquello que creemos permanente. Hasta que un día la vida nos recuerda que el cuerpo cambia. A veces lentamente, con el paso de los años. Otras veces de manera abrupta, tras una enfermedad, un accidente o una cirugía.
La pregunta entonces deja de ser qué ocurrió con nuestro cuerpo para convertirse en una mucho más profunda: ¿quién soy cuando mi cuerpo deja de ser el mismo?
Hace pocos días tuve la oportunidad de compartir una jornada de grabación con el actor mexicano Juan Pablo Medina, quien protagoniza ‘DOC’, serie de Netflix, donde interpreta a un afamado médico. Mientras esperábamos entre escena y escena, no podía dejar de pensar en todo lo que su presencia representa.
Hace algunos años perdió una pierna como consecuencia de una trombosis. Muchos imaginaron que aquella noticia marcaría un antes y un después definitivo en su carrera. Sin embargo, verlo trabajar es comprender que hay personas cuya identidad nunca dependió de la integridad de su cuerpo. Sigue interpretando personajes, sigue emocionando desde la actuación y continúa desarrollando su oficio con la misma pasión.

No se trata de convertirlo en un héroe ni de romantizar el sufrimiento. Nadie elegiría atravesar una experiencia semejante. Lo admirable no es haber perdido una pierna, sino haber decidido que esa pérdida no definiera quién es.
En Colombia hemos sido testigos de un proceso igualmente inspirador con Daniela Álvarez. Después de la amputación de una de sus piernas, la exreina y presentadora transformó una experiencia profundamente dolorosa en una plataforma para hablar de resiliencia, inclusión y esperanza. Nunca negó el duelo ni las dificultades del proceso de adaptación. Por el contrario, las hizo visibles. Pero también dejó claro que una amputación no podía amputar sus sueños, su alegría ni su propósito de vida.

Las historias de Juan Pablo y Daniela son diferentes, pero convergen en una misma enseñanza: el cuerpo puede cambiar radicalmente sin que nuestra esencia cambie con él. Ambos decidieron no permitir que una circunstancia física definiera su identidad. Y esa quizá sea una de las mayores lecciones de bienestar que podemos recibir.
Vivimos en una sociedad que rinde culto al cuerpo. Nunca antes habíamos hablado tanto de ejercicio, alimentación saludable, procedimientos estéticos o longevidad. Paradójicamente, tampoco habíamos sentido tanta angustia frente al envejecimiento, la enfermedad o cualquier transformación física. Hemos confundido el cuidado del cuerpo con la dependencia de él.
A lo largo de mi camino como comunicador y guía de bienestar y longevidad consciente, he comprobado que las enseñanzas del yoga, la meditación y el Ayurveda convergen en una misma verdad: el cuerpo merece ser cuidado con respeto y gratitud, pero nunca debería convertirse en la medida de nuestra identidad.
En la tradición del yoga existe el concepto de los koshas, las diferentes capas que conforman al ser humano. El cuerpo físico es apenas la más externa. También están la energía, la mente, las emociones y una dimensión más profunda de conciencia. Cuando reducimos toda nuestra identidad al cuerpo, inevitablemente terminamos sufriendo cada vez que ese cuerpo cambia.
Y cambiará.
Todos, sin excepción.
Quizá no perdamos una extremidad, pero llegará el día en que aparezcan las primeras limitaciones, las arrugas, la pérdida de fuerza o alguna enfermedad. La verdadera diferencia no estará en el tipo de cambio que experimentemos, sino en los recursos interiores que hayamos cultivado antes de que llegue.
Por eso me gusta hablar de bienestar total y no únicamente de salud física. Una persona puede tener un cuerpo aparentemente perfecto y vivir esclavizada por la ansiedad, el miedo o la necesidad constante de aprobación. Y otra puede convivir con una discapacidad física sin haber perdido la capacidad de amar, crear, servir, trabajar, crear vínculos y disfrutar de la vida.
La discapacidad muchas veces no reside únicamente en el cuerpo. También puede estar en una sociedad que sigue mirando primero la diferencia antes que la persona. En un entorno que reduce a alguien a un diagnóstico, una prótesis o una silla de ruedas, olvidando todo lo demás que continúa siendo. La verdadera inclusión comienza cuando dejamos de ver la discapacidad como una identidad y empezamos a verla como una condición, una entre las muchas que conforman la vida de un ser humano.
El bienestar no consiste en conservar para siempre el mismo cuerpo. Esa batalla está perdida desde el primer día de vida.
Consiste en desarrollar una identidad tan sólida que ningún cambio físico pueda arrebatarnos lo esencial.
Porque el cuerpo cambia.
La vida cambia.
Nosotros cambiamos.
Y quizá la verdadera longevidad consciente no sea vivir más años, sino aprender a seguir siendo nosotros mismos mientras todo lo demás inevitablemente se transforma. Solo entonces comprenderemos que el bienestar no depende de un cuerpo perfecto, sino de la capacidad de abrazar el cambio sin perder nuestra esencia.
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