cultura
Sanar no es olvidar: “lecciones de un libro que me enseñó a abrazar la tristeza”
Krish Benvenuti reseña el libro de Liliana Jaramillo Fonnegra, destacando esta guía ilustrada por ‘La Che’ como un recurso amable para transitar pérdidas, incluyendo aquellas minimizadas socialmente como la muerte de mascotas.
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30 de may de 2026, 06:14 p. m.
Actualizado el 30 de may de 2026, 06:14 p. m.
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Por: Krish Benvenuti, comunicador y coach de bienestar, guía de longevidad consciente (Especial para El Pais)
Mi primera vez en la Feria Internacional del Libro de Bogotá tuvo algo de iniciación y algo de refugio. Caminé entre pabellones, libros, voces y silencios mientras todavía atravesaba el duelo por la partida de mi amada gata Chandra. Hay ausencias que no abandonan del todo el mundo físico: simplemente cambian de lenguaje. Y este año sentí que Chandra seguía enviándome señales, pequeñas sincronías capaces de aparecer justo cuando el corazón más las necesita.
Una de ellas fue el encuentro casi “casual” con la autora Liliana Jaramillo Fonnegra y su libro Hago mi duelo, (ed. Grijalbo), ilustrado por Cecilia Ramos ‘La Ché’. Entre tantos títulos y estímulos, aquel libro azul parecía esperar silenciosamente. El título me detuvo. No decía “supero”, ni “olvido”, ni “cierro”. Decía “hago”. Como si el duelo fuera también un acto vivo, humano, cotidiano.
El libro se presenta como “una guía ilustrada para entender sobre las pérdidas y sentir alivio”, pero en realidad es mucho más: una conversación amable con el dolor. Sus frases cortas, sus imágenes delicadas y su tono cercano logran algo poco frecuente: acompañar sin invadir.
Durante la presentación y la conversación con la autora comprendí que el duelo sigue siendo uno de los temas más difíciles de nombrar en nuestra sociedad, incluso cuando todos, inevitablemente, lo atravesamos.
“Nos enseñaron a ganar, pero no a perder”
Le pregunté a Liliana Jaramillo Fonnegra por qué todavía nos cuesta tanto hablar del duelo.
“Existe todavía entre nosotros una sensación de que si se habla de la muerte o del duelo, uno la está atrayendo con malas energías. Pero además nos cuesta porque desde pequeños nos han enseñado a triunfar, a ser ganadores, pero no sabemos perder ni tolerar el malestar que producen las emociones propias de un duelo”.
Sus palabras resonaron profundamente en mí. Vivimos en una cultura obsesionada con la productividad emocional, donde la tristeza parece un error que debe corregirse rápidamente.

Las pérdidas invisibles
Uno de los momentos más conmovedores de la conversación fue cuando hablamos de las pérdidas que la sociedad suele minimizar.
“Cuando nos separamos de una pareja, perdemos un amigo, nos pensionamos o cambiamos de casa, también hay duelo. Pero existen pérdidas invisibles que suelen minimizarse aún más: la pérdida de un bebé en gestación, la muerte de una mascota o la pérdida de un amor que era secreto o no reconocido”.
Al escucharla pensé inmediatamente en Chandra. Quienes han amado profundamente a un animal saben que no se trata “solo de una mascota”. Hay vínculos que transforman rutinas, emociones y silencios. Y cuando ese ser parte, el vacío también tiene cuerpo.
Quizás por eso el encuentro con este libro se sintió como un mensaje. Como si el universo, o tal vez Chandra, me recordara que ningún amor auténtico debería ser minimizado.
Cómo acompañar a alguien en duelo
“Más que pensar qué está bien o mal, pensemos qué sirve y qué no sirve. Definitivamente no ayuda minimizar lo que la persona siente. Frases como ‘tienes que ser fuerte’, ‘no pienses más en eso’ o ‘no mires fotos porque te hace peor’ suelen desconectar más que acompañar”.
En cambio, la autora propone preguntas mucho más humanas:
“¿Qué te sirve?, ¿cómo te puedo acompañar?, ¿en qué te ayudo?”
A veces creemos que acompañar significa encontrar las palabras perfectas, cuando muchas veces basta simplemente con sostener la presencia.
La culpa de volver a estar bien
Otra reflexión poderosa surgió cuando le pregunté por qué muchas personas sienten culpa cuando comienzan a sentirse mejor después de una pérdida.
“Es una culpa aprendida culturalmente. Sentimos que si estamos bien o volvemos a tener ilusión, la persona que ya no está podría interpretarlo como falta de amor”.
Quizás ahí aparece una de las grandes enseñanzas del duelo: entender que sanar no significa olvidar.
Redes sociales y nuevas formas de despedirnos
Las redes sociales también han cambiado profundamente nuestra relación con la pérdida.
“Antes la manera de acompañar era asistir al funeral o a la ceremonia. Hoy muchas personas expresan sus condolencias mediante mensajes, fotos o videos en redes. Incluso se volvió común escribirle a quien murió a través de su muro de Facebook, Instagram o WhatsApp para decirle cuánto se le extraña”.
En una época hiperconectada, el duelo también encontró nuevos rituales digitales.
Un libro que abraza
Le pregunté finalmente por qué eligió un lenguaje visual e ilustrado para abordar un tema tan delicado.
“Cuando uno está en duelo sirve entender qué está pasando, pero con tanto dolor es difícil concentrarse. Por eso decidí crear un libro con frases cortas, profundas y amables, acompañado de imágenes amorosas”.
Y quizá allí reside la belleza de Hago mi duelo: no pretende imponer fórmulas ni apresurar procesos. Más bien ofrece compañía.
Antes de despedirnos, le pedí a la autora una sola idea para quienes hoy atraviesan una pérdida. Su respuesta quedó resonando en mí incluso después de salir de la feria:
“Acéptate y quiérete triste, vacío, desmotivado, bravo, irritable, asustado o incluso aliviado por un tiempo. Tente mucha paciencia. Habrá ratos mejores cada día y días mejores cada semana”.
Salí de la FILBo con libros en las manos, pero también con algo más difícil de explicar: la sensación de haber recibido una caricia invisible en medio del duelo. A veces los encuentros aparentemente casuales llegan para recordarnos que incluso en la pérdida seguimos acompañados.
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