Los personajes sin rostro de la artista caleña María Fernanda Cuartas

Los personajes sin rostro de la artista caleña María Fernanda Cuartas

Abril 19, 2018 - 10:15 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Editor de Crónicas y Reportajes
María Fernanda Cuartas

La artista caleña María Fernanda Cuartas.

Foto: Giancarlo Manzano | El País

Sos un obrero– le dijeron a la pintora María Fernanda Cuartas en una prestigiosa galería de arte de Cali. Ella tenía 25 años y en ese momento no supo muy bien qué responder.

– Ok, gracias– apenas pudo decir.
Unos años después, en 2007, su nombre figuró entre los 100 artistas contemporáneos más importantes del mundo, según la Biblioteca de Artistas de las Comunidades Europeas (Bace). En 2010 sucedió lo mismo. A la galería donde la llamaron ‘obrero’ jamás volvió.

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Cuando esperaba el bus del colegio en las mañanas, un hombre se acercaba a María Fernanda con un chocolatín, y le decía:

– Esto es para ti, pero prométeme que no le vas a contar a nadie lo que vamos a hacer.

Enseguida el hombre la tomaba en sus brazos con fuerza y le besaba la boca. Cuando el tipo desaparecía, ella, asqueada, buscaba un charco en la calle, o lo que fuera que tuviera a la mano, para limpiarse las babas. Tenía apenas 7 años y permanecía tan asustada, que no se lo dijo a nadie.
En casa, su madre, María Emilia Cuartas, una mujer sumamente culta, sufría de depresiones, así que a lo mejor María Fernanda no quería llevarle un problema más. La tristeza de su mamá se debía en buena parte a la violencia intrafamiliar de la que era víctima.

Cuando María Emilia quedó embarazada sin estar casada, por ejemplo, su papá le dijo: “Tu bebé no va a estar en este hogar”. Así que se vio obligada a entregar en adopción a María Fernanda en una casa de monjas. Dos años después, por esas vueltas del destino, su hija volvió a su lado.

En sus pinturas, en las que los personajes no tienen rostro, María Fernanda Cuartas –ella lleva el apellido de su mamá– insiste en denunciar la violencia cotidiana y soterrada contra la mujer.
– El silencio sería un retroceso; la involución.

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Era 2012 y María Fernanda caminó hasta la funeraria la Ermita del barrio Centenario de Cali. Quería comprar un ataúd. El dependiente le informó que en el momento no habían disponibles, aunque recordó que acabada de llegar uno con un cadáver en descomposición.

– Lo vamos a liberar. Si quiere lo puede ver.

María Fernanda caminó hasta el fondo de la funeraria y el féretro, donde estaba el cuerpo de un hombre que había muerto en Venezuela, le pareció “espectacular”. Era de aluminio con incrustaciones barrocas.
El dependiente le dijo que si le interesaba el ataúd, se lo podía llevar gratis con una condición: debía desinfectarlo. María Fernanda aceptó con gusto.

Compró químicos, guantes, y contactó un camión para recoger el armatoste. Después llevó el féretro a la casa de un amigo que le siguió la corriente de su locura. María Fernanda le arrancó las cortinas, dejó el aluminio expuesto, sumergió el ataúd en los químicos. Después lo pintó de negro, lo tapizó de rojo, le puso cortinas blancas. Con fibra de vidrio diseñó una especie de cabeza, a la que le puso unos colmillos y dibujó la boca con un labial rojo intenso. Nada más: ni ojos, ni nariz, ni cabello; el no rostro de su obra.

Lo que sí puso fue un velo muy elegante sobre la cabeza de fibra de vidrio, y un motor que hacía que del féretro emergiera en siete minutos una especie de vampiresa que representa un país en el que los muertos no pueden descansar; vampiros. Los siete minutos tenían un sentido: representar los 70 años del conflicto armado en Colombia. La muñeca sale y entra del ataúd como diciendo: después de cada duelo el conflicto continúa hasta que la misma maquinaria - la sociedad - colapse.

En una pared, al tiempo, se proyectaban imágenes del Bogotazo, la revuelta popular que se desató en el país después de que asesinaran al caudillo Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948, hace 70 años. Aquella instalación de arte la llamó Post Mortem y era un burla al Congreso “chupa sangre”, los sistemas políticos que gobiernan para beneficio de unos cuantos generando iniquidades, la violencia.

La obra se expuso en Bogotá, donde recibió muy buenas críticas, y cuando todo terminó María Fernanda quiso quedarse con el féretro en su casa del barrio Santa Teresita del oeste de Cali. Su familia y algunos amigos le preguntaron si acaso había perdido el quicio. ¡Quién sabe quién era el hombre que estaba adentro! Ante la presión, se deshizo del ataúd, aunque insiste en que le hubiera gustado conservarlo. Finalmente, vive sola. O por lo menos a los gatos que la acompañan no les molestaba el féretro.

– La muerte, la metafísica y el más allá me fascinan.

Cuadro de María Fernanda Cuartas

De la serie ‘La madre, historia es mujer’ María Fernanda también figura en el Libro de Oro y el Libro de Plata del American Museum.

Imagen Especial para El País

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El principio de la obra de María Fernanda Cuartas fue lo básico de todo aprendiz de pintura: paisajes, bodegones.

Ella nació en Bogotá, aunque a los 8 días ya estaba en Cali – María Fernanda se presenta así, caleña– y desde niña se sintió atraída por las artes. Su mentora era su madre, que la apoyaba cuando María Fernanda llegaba a casa con la noticia de que se acababa de inscribir en cuanto taller de música o pintura encontraba. En el colegio, el Jefferson, después el Liceo Santa Mónica, pasó por todos los concursos artísticos.
Hizo teatro, tocó el piano, la flauta, la batería, y en la adolescencia se definió por la pintura como un camino para dejarle un mensaje al mundo; hablar de los problemas contemporáneos. Los feminicidios, entre ellos.
En ‘Bendiciones de Dios que el hombre convierte en maldición’, un montaje artístico, María Fernanda elaboró un maniquí de mujer con el cráneo destapado. Sobre una pared colgó en el acto cuatro vestidos: el del bautizo, el de la primera comunión, el de la fiesta de los 15 años y el del matrimonio.

Con el vestido del bautismo quiso representar que la mujer es violentada desde el primer año de vida. Desde la cuna y con el televisor encendido, la pequeña absorbe las noticias sobre abusos y al fondo, en la sala, sus padres peleando; los juguetes son ollas o muñecas con delantal, además; después, en la primera comunión, la niña se confiesa de unos supuestos pecados de los que nadie a los 12 años tendría por qué culparse, otra forma de sometimiento; los 15 años es aquella edad en la que la mujer comienza a ser vista como un objeto sexual, “se empieza a entrar como en esta contaminación de la sociedad”, y por último el vestido del matrimonio; la mujer como propiedad de.

La serie ‘No más’, compuesta por diez pinturas, insiste sobre eso, los padecimientos de la mujer: retratos sobre el aborto, la extorsión, las niñas en la guerra, la pornografía, la trata de blancas. En ‘La Madre Historia es mujer’ María Fernanda recopiló retratos de mujeres con las que se identifica: con una infancia difícil, una historia familiar que hizo que cambiaran el rumbo, las convirtió en guerreras.

– Siempre me ha inquietado el comportamiento del ser humano y me pareció que la pintura era un camino para explorarlo y decir algo al respecto. Y tal vez por mis experiencias familiares, esos primeros dos años en que fui entregada en adopción, el abuso del tipo que me besaba cuando esperaba el bus del colegio, lo que vivió mi mamá, es que me he interesado por temas como la equidad de género, la diversidad sexual y la violencia en general de la sociedad colombiana.

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A María Fernanda le llamaba la atención que los adultos se referían a las prostitutas como “las mujeres de la vida alegre”. ¿Por qué eran alegres?, se preguntaba con la inocente curiosidad de los niños.

Para averiguarlo, muchos años después, recorrió los prostíbulos de Cali. Le sorprendió que muchas de las mujeres que conoció no habían cumplido la mayoría de edad. Le sorprendió que sus vidas estaban muy distantes de considerarse alegres.

Ellas le contaron sus vidas, y María Fernanda las retrató en sus cuadros. Ese es su método. Como un reportero o un sociólogo que requiere sumergirse en una historia para entenderla, dominarla, en su caso pintarla.

Aquel trabajo con prostitutas lo tituló ‘Cortesanas’. Y fueron las cortesanas las que la contactaron con Raquel, una de las obras por las que María Fernanda Cuartas ha sido premiada en el exterior.
Raquel es el nombre ficticio de una mujer real que vive en Grecia. Había nacido en Barranquilla, en una casa en la que sus padres vendían droga; su papá biológico la violaba.

Raquel no aguantó y a los 16 huyó de allí. Llegó a Bogotá, y en una calle se topó con un proxeneta que le prometió el paraíso aunque en realidad la envió a Italia con papeles ilegales. Allá ejerció la prostitución; allá la violaron tres hombres que la amarraron con alambre de púas.

María Fernanda conoció su historia a través de entrevistas que le hizo a Raquel por Skype, y le solicitó el permiso de contar su vida a través de la pintura. Raquel aceptó con la condición de que no revelara su verdadero nombre ni su ubicación exacta.

La serie se llama ‘Un día en la vida de Raquel’, y está compuesta por cuadros que cuentan eso, su cotidianidad. Raquel jugando billar en el prostíbulo; Raquel semi desnuda junto a su tocador; Raquel con un cliente; Raquel con una sombra atrás que podría interpretarse como un proxeneta; Raquel con los tacones en la mano después de un día difícil; Raquel obligada a convertirse en una esclava sexual.

En los cuadros no hay sangre, no hay violencia, pero esa mujer sin rostro intenta decirnos algo, intenta denunciar algo; la vida de quien debe convertirse en una fuente de placer para complacer a un hombre o en su defecto a un animal a costa de irrespetar su propio cuerpo.

– El no rostro de los personajes de mis pinturas hace parte del estilo propio que fui construyendo. Con el no rostro permito que cuando el espectador entra en diálogo con la obra, sea él quien sancione o juzgue ese acto de comunicación y sea él quien complete la pintura. Mis cuadros están hechos de muchos símbolos, mucha metafísica, entonces lo que yo le permito al espectador es que se involucre con ellos. Soy una artista autodidacta y por eso tal vez me cerraron algunos espacios en Cali, pero el caso es que no estoy ligada a los condicionamientos técnicos ni ópticos de la tradición de la pintura, sino que me salgo de esos estereotipos. No poner rostro es también un camino para que el espectador imagine o se identifique con la pintura; el no rostro funciona como un espejo de la vida del espectador, pues es él el que finalmente pone su cara en mis obras.

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Las crisis existenciales también forman parte de la obra de María Fernanda Cuartas. En algunas de sus pinturas intenta explorar eso que en algún momento nos preguntamos todos: para qué estamos aquí, por qué estamos solos, el vacío, la nada, el tiempo.

En parte de todo eso hablan los cuadros de la serie ‘La inquietud del ángel’; los espejismos del éxito, el desprendimiento para trascender, la libertad que genera el desapego a otro, a lo material.

En la ‘Simplicidad del Ser’, María Fernanda retrata la soledad, el vacío, se pregunta qué demonios sucede cuando morimos.

En ‘Lo Oscuro detrás del Negro’ representa lo que, sospecha, está matando a los seres humanos: la indiferencia. Hacia la pareja, hacia el vecino, hacia los amigos, hacia el planeta en general.

– Entre más evoluciona la ciencia y le tecnología, más involucionamos los seres humanos.

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María Fernanda permanece entre Bogotá y Cali. En Bogotá, donde tiene su taller de fundición, está trabajando la escultura que, piensa, será lo más especial que le va a dejar al Valle del Cauca. Se llama ‘Ella’. Medirá seis metros, será levantada en bronce, y estará ubicada en la rotonda del aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón. Una escultura promovida por la Gobernación del Valle como una manera de homenajear el aporte de la mujer al departamento y al país.

La escultura se inaugurará a finales de este año, quizá el 25 de noviembre cuando se celebra en el mundo el ‘Día de la eliminación de la violencia de género’. ‘Ella’ quiere recordar eso que algunos olvidan: a la mujer no se le toca ni con el pétalo de una rosa. En realidad contra ningún ser humano se justifica la violencia.

Mientras tanto, en su taller de pintura, ubicado en su casa de Cali, María Fernanda prepara la que será su más reciente obra: ‘Un día más…’ Así, con puntos suspensivos, aunque dice que no puede hablar de ello por el momento.

El taller, por cierto, está repleto de cuadros de colores muy puros, rojos vivos, con personajes que no tienen rostro. También está Pincel, uno de los gatos de María Fernanda, que disfruta de agujeros en las paredes diseñados precisamente para que Pincel y los otros felinos de la casa puedan andar a sus anchas. En el suelo hay un mini componente. María Fernanda Cuartas pinta con música clásica.

Las paredes del taller tienen también apuntes hechos en lápiz; cuentas, números telefónicos, correos, direcciones, ideas. Las paredes del taller son la agenda de María Fernanda. Allí escribió una frase con pintura amarilla.

– El arte, la voz de la historia.

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