¿Por qué jubilaron al 10 en el fútbol? (Opinión)

Octubre 16, 2021 - 11:55 p. m. 2021-10-16 Por:
César Polanía - Editor de Afición / El País
camiseta 10

Imagen de una camiseta 10 de Argentina.

Tomado de Internet

El fútbol era más claro, limpio y bello con el señor del frac y sombrero. Pero lo extinguieron.

“La pelota siempre al 10, que ocurrirá otro milagro”, dice la letra de la canción ‘¿Qué es Dios?’, de la banda rockera argentina ‘Las Pastillas del Abuelo’, dedicada a Maradona.

Cuánta verdad en aquella frase. Pelé, Zico, Maradona, Platini, Laudrup, Baggio, Hagi, Valderrama, Zidane, Ronaldinho y Messi supieron patentarla. El número 10 en el fútbol era —ya no— una especie de deidad irrefutable. Quien llevaba esa dorsal tenía que saberla respetar con limpia recepción de la pelota, celosa protección de ella, organización del juego, apertura de espacios, imaginación dos segundos por delante del rival, visión periférica y ojo clínico para filtrar el pase de la última jugada. Era el cerebro irremplazable del equipo.

El fútbol, súbdito del capricho del hombre, se ha encargado de extinguir al señor del frac y sombrero. Al único jugador en la cancha con la misma licencia de un mago para robarse el show ante los reflectores y el asombro del público.

Colombia también los tuvo. También supo de ellos. Y los exhibió en América, a algunos, y en el mundo entero, a otros. Jairo Arboleda, se llama uno de ellos. Le dicen el ‘Maestro’. Diego Édinson Umaña es otro. Se distinguía por un gigantesco afro, pero no tanto como lucía por la fantasía de sus piernas. Luego vino el ‘Mono’, el ‘Pibe’, Carlos Valderrama. Sigue siendo un ícono. Cuando en Europa, Asia o África dices “Colombia”, el otro responde “Valderrama”. Alex Escobar fue su paralelo. Tuvo el infortunio de jugar en la misma época. Pero era el otro ‘Pibe’, el del barrio Obrero. ¿Y qué decir de Bernardo Redín?, “un 8 disfrazado de 10”, como lo define el exjugador y entrenador ‘Checho’ Angulo. No podríamos olvidar a Giovanni Hernández, el ‘Príncipe’, no con la sangre azul de Francescoli, pero sí de la nobleza.

Desde que Valderrama dejó la 10 de Colombia, ese número ha pasado de una espalda a otra. Quien lo tiene actualmente, aunque no juegue y se haya dejado atrapar por otros placeres, es James. Pero James, en esencia, no es 10. Mediapunta le dicen algunos a este tipo de jugador. Igual, un crack. Un crack cuando quiere.

Cuando no está James, el encargado de las ideas es Juan Fernando Quintero. Y cuando no está a punto Juan Fernando, las ideas no existen.
Es esa una de las grandes dolencias de la Colombia de Reinaldo Rueda. En la Selección no hay un cerebro. No hay un mago vestido de frac y sombrero. Hay habilidad con Luis Díaz y con Cuadrado, pero no un genio. No ese que recoja la pelota y maneje los hilos. No ese que asuma el liderazgo y arrastre al equipo. No ese que se eche al hombro a sus compañeros y los haga hablar con el mismo lenguaje. No ese que sea capaz de ver el único espacio por donde solo cabe la pelota para que se vuelva gol en los pies del delantero. Y entonces, los balones cruzados y los pelotazos desde todos lados afloran como única fórmula. Como sucedió contra Uruguay. Contra Brasil. Contra Ecuador.

No sé de fútbol como quisiera. Jamás estaré a la altura de un técnico. Escribo como hincha. Como periodista. Y me pregunto, cada partido, no solo de Colombia, sino de cualquier otra selección o club de América y Europa, ¿qué pasó con el 10?, ¿a quién aburrió?, ¿por qué lo jubilaron? El fútbol era más claro, limpio y bello con el señor del frac y sombrero. Seguro.

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