Juan Villoro, ganador del Premio Gabo, habla sobre poesía, periodismo y novela

Octubre 09, 2022 - 07:55 a. m. 2022-10-09 Por:
Redacción El País
Juan Villoro

Entre sus premios figuran el Herralde, por ‘El testigo’, 2004, y el Premio de Periodismo Rey de España por ‘La alfombra roja. El imperio del narcoterrorismo’, 2009.

Colprensa

Acto de imprudencia

Juan Antonio Villoro Ruiz, es una de las voces más importantes de la crónica y la literatura actual, un intérprete y narrador de las realidades sociales, culturales y políticas de México, América Latina y el mundo. Pero, sobre todo, es un pensador, al que el periodismo y la literatura le llegaron, “por un acto de imprudencia”.

Tenía 15 años cuando la novela del escritor mexicano José Agustín, que trata de un muchacho de 15 años en México DF, lo hizo verse al espejo.
“Descubrí que una vida tan absurda y tan gris como la mía, podía ser fascinante si se contaba de manera divertida. De modo que, José Agustín no solamente me dio una vocación, la de la literatura, sino que me reveló que mi biografía podía tener un sentido si yo sabía narrarla, es decir, me dio un cometido vital y, a partir de entonces comencé a escribir, por eso digo que se trata de una suprema imprudencia”, cuenta en entrevista con El País, Villoro, quien por aquella época no sabía entonces, que hoy sería un autor reconocido y que recibiría uno de los premios de literatura más importantes de Iberoamérica, el Premio Gabo, como “un periodista y escritor completo, espléndido y versátil”, que representaría en esencia el sentir del Nobel.

Este reconocimiento a Villoro es, según el Consejo Rector del Premio Gabo, una exaltación a un narrador “que cautiva a través de la palabra viva, que respeta, conoce y usa como pocos”, y a un “gran hablador del idioma que enseña a afinar el lenguaje para contar con hermosura y eficacia”, la realidad.

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¿La poesía es un elemento necesario para hacer buen periodismo?

La poesía es la forma más alta de la literatura y creo que, cualquiera que escriba, debe frecuentarla, no necesariamente para escribirla porque para ello se requiere de un talento especial, sino para beneficiarse de su influjo. En sus clases de literatura, Vladímir Nabokov, le decía a los muchachos que si querían escribir buena prosa, leyeran poesía para estar atentos al ritmo y a la capacidad de enunciación que tiene la poesía. Esta, puede aludir a muchas cosas sin decirlas del todo, es una experta en las alusiones. Creo que, a fin de cuentas, todas las artes son poesía porque todas ellas conducen a un efecto poético, es deci, lo que te queda de una gran novela, una gran película, una gran pintura, es un impacto estético que es equivalente al hecho poético, a este sobresalto anímico que tienes ante una forma inesperada de la belleza, un fogonazo directo a la sensibilidad.

En su última novela, ‘La tierra de la gran promesa’, el personaje Diego es un documentalista y está en un medio muy propio, el periodismo. ¿Cuándo decide que va a llevar una historia a la ficción o que se puede desarrollar desde una narración periodística?

La crónica y la ficción se alimentan mutuamente, pero creo que la distinción entre los géneros depende de, en qué medida la realidad te satisface para darte todas las respuestas que una historia necesita. Hay situaciones testimoniales tan ricas, que resultaría una ofensa atribuirles cosas adicionales, en cambio, hay otras circunstancias de la vida real que merecen ser investigadas desde la ficción. ‘La tierra de la gran promesa’ parte de un caso real, no resuelto, que fue el incendio de la Cinemateca Nacional, que por descuido de las autoridades hizo que ardieran más de seis mil películas y que muriera un número todavía indeterminado de personas. Como no hubo una investigación satisfactoria, ni se conocieron bien los hechos, la única manera que tenemos de averiguarlos es la especulación y la conjetura, por lo tanto, ese suceso requiere de explicaciones desde la ficción. Es el disparador de mi novela que ocurre bastantes años después, pero que tiene como antecedente remoto aquel incendio porque es la historia de un documentalista que siente que trabaja en un país donde el cine mismo fue calcinado por el fuego.

Juan Villoro

Villoro considera que el buen recibimiento que han tenido sus novelas infantiles es una muestra de que una parte de él, sigue teniendo “la edad de un adolescente”.

Afp

En esta obra hay un elemento contemporáneo, que afecta tanto a Colombia como a México, y es cómo el narcotráfico permea la sociedad. Desde su perspectiva como periodista y como escritor, ¿cuáles serían los consejos para darle una mirada que se salga de todos los clichés que se han visto en el cine y la televisión y que han consagrado el narcotráfico?

Se ha escrito mucho sobre el narcotráfico, a veces con un sentido revelador, a veces con oportunismo. Se trata obviamente de un tema candente. En mi novela yo cito una frase del actor norteamericano Benicio del Toro, que dice: “Pablo Escobar es el ‘Hamlet’ latinoamericano”, y él lo dice sin asomo crítico, es decir, pensando que se trata de una figura que todo actor latinoamericano quiere representar, lo cual obviamente es bastante triste. ‘La tierra de la gran promesa’ no es una novela del narcotráfico, pero se ocupa parcialmente del tema, la mejor manera de salir de los estereotipos es entender que el narcotráfico pertenece a la sociedad y no que el narcotraficante es una figura monstruosa extrema, atractiva por diferente.

Hizo una traducción sobre Los Aforismos de Lichtenberg y, de algún modo, se convirtieron en una fuente de consulta. ¿Qué lo atrajo, cómo descubrió la literatura alemana y por qué decidió hacer esta traducción?

Yo estudié en el colegio Alemán, y posteriormente me fui a vivir a Berlín, durante tres años. En tiempos del muro, vivía en la parte oriental de la ciudad. Buenos amigos, me habían dicho que la traducción era la mejor escuela para un escritor, porque cuando traduces todas y cada una de las palabras de un autor ajeno, pasan por tu propia mano y debes encontrar equivalentes en tu lengua, eso te obliga a ejercitar el estilo, encontrar tonos diferentes, tener un vocabulario suficientemente rico para poder estar a la altura del autor que estás traduciendo, me pareció una escuela decisiva. No sabía quién era Lichtenberg, pero pronto empecé a investigar, me di cuenta de que era uno de los autores favoritos de André Bretón, que lo había declarado el inventor del humor negro. Que Sigmund Freud lo había considerado un descubridor anticipado del inconsciente, que Nietzsche y Thomas Mann lo habían subrayado, así que quise conocer más. Me enteré de que no había un libro de él en español, así que la tarea de incorporar un clásico de otra lengua, a tu propio idioma, me parece que es algo de lo más útil que podemos hacer los escritores.
 
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Camaleón de letras

Las palabras de Juan Villoro tienen la capacidad de seducir a los lectores, desde la grama de las canchas de fútbol hasta los corredores de un instituto de adolescentes, guiados por el profesor Zíper, para proteger el lenguaje.

El periodista mexicano viaja entre los distintos géneros literarios con la naturalidad de quien está enamorado de las letras. Para él las crónicas son un híbrido entre la novela, el reportaje y el ensayo, un género periodístico al que ha denominado ‘el ornitorrinco de la prosa’.

“Cuando yo dije que la crónica es el ornitorrinco de la prosa, me refería a que es un género que se parece mucho a otros géneros y, que, sin embargo, deriva su identidad en no ser ninguno de ellos. El ornitorrinco es un animal que podría parecer un pato, al mismo tiempo es un marsupial, es bastante semejante al castor, pero su identidad consiste en no ser como ninguno de los animales.

Y con la crónica ocurre algo similar, tiene elementos del relato porque cuenta una historia del teatro, porque ofrece diálogos y también la voz pública que es una variante contemporánea del coro griego, ofrece elementos reflexivos, por lo tanto, tiene que ver con el ensayo y, algo que puede tener que ver con las memorias, porque en ocasiones el cronista se pone en primera persona y, desde luego los grandes momentos, también tiene pinceladas de la poesía. Entonces todos los géneros están ahí, pero al servicio de otro género”, explica Villoro.

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Para el autor, la crónica puede acoplarse a las distintas formas de escritura. Por una parte, se toma de la mano con el ensayo para pasear por la mente de los lectores, dejando espacios de reflexión, aumentando puntos de vista, y alimentando las ideas de un tema específico; pero que también se acomoda para contar datos directos y exactos.

“Distingo al menos dos grandes familias de cronistas, los que cuentan los sucesos y los que además de contar los sucesos, los comentan. Hay cronistas como por ejemplo Carlos Monsivais en México, cuya principal función es editorializar lo que están narrando, no se contentan con contarlo, sino que lo van discutiendo. Bruce Chatwin es un cronista de este tipo, en el sentido de que cuenta las anécdotas que está viviendo, pero luego reflexiona sobre ellas, las analiza, opina. En cambio, hay otros cronistas de corte mucho más fáctico, que se atienen a los hechos”, explica.

Considera que las dos son necesarias y ninguna está por encima de la otra, son vitales para comunicar los distintos momentos y situaciones.
También coquetea con el teatro, el cual empezó a escribir a los 50 años. Su obra Filosofía de vida, dirigida por Javier Daulte, estuvo más de un año en cartelera en Buenos Aires. Su monólogo Conferencia sobre la lluvia ha tenido montajes en México, España, Argentina, Chile, Colombia, Italia, Uruguay, Perú y Japón. En 2002, participó con el grupo Café Tacuba en las canciones ‘Sashimi’ y ‘Laberinto’, de la banda sonora de la película Vivir mata, de Nicolás Echevarría.

La poesía es otro de los géneros en los que el escritor se ha destacado, incluso considera que esta es “la forma más alta del lenguaje”, una de las razones por las cuales en su texto infantil ‘El profesor Zíper y las palabras perdidas’, en una de las aventuras de los chicos, el profesor les busca máscaras de los poetas Pablo Neruda, Gabriela Mistral y Octavio Paz, galardonados con el Premio Nobel, con cuyos rostros entran a la sede de los controladores del idioma y así pueden salvar las palabras.
“La poesía es la forma más alta del lenguaje y quienes escribimos en otros géneros, podemos ser carteros de los poetas; quise introducir a tres grandes maestros de la lírica latinoamericana, Neruda, Mistral y Paz y para solucionar un misterio. Me pareció interesante que los niños sustituyeran a los poetas”, comentó en una entrevista para el portal, durante la promoción del libro Hjck.

Aunque él no se considera a sí mismo como poeta, fue con este género que acompañó a la población mexicana, en medio del dolor y la resiliencia que surgió después del terremoto en Puebla el 7 de septiembre de 2017, un desastre natural que dejó 370 muertos, más de siete mil heridos y sumió al país en un estado de alerta.

“Yo pensaba que ese no era el momento para la literatura, porque las personas necesitaban era comunicarse con sus familiares, o hacer otras cosas que daba el afán del momento. Pero, cuando lo leí en público, me di cuenta de que la literatura es el mecanismo de escape que tenemos los seres humanos, la manera de unirnos”, dijo en ese momento el periodista.

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‘El puño en alto’, un poema que refleja la visión humana y la calidez de Villoro, contiene nueve párrafos en los que demuestra su asombro por la resiliencia de su pueblo, donde describe como los desconocidos se convierten en familia, revelando el instinto más humano: preservar la vida.

“Villoro hablaba de cómo se quedó viendo una imagen que podía ser casual, pero que no lo era, y que había algo extraordinario en ese acto, de cuando los socorristas levantaban el puño para hacer silencio y escuchar si alguien, entre los escombros, aún vivía. Me quedé con esa imagen de una persona sensible, inquieto por su México, y por cómo la gente se sobrepone a la dificultad. Parecía que el tiempo no le importaba. Fue atento y muy cordial al hablarme más allá de los pocos minutos que le había pedido para conversar”, cuenta Julián Espinoza Rojas, periodista colombiano, quien viajó hasta el país azteca para cubir el terremoto y se encontró con Villoro.

Marcador social

Balón dividido

Retratos y crónicas que abarcan a las figuras recientes del balompié actual.

Tomada de internet

Villoro, nació un 24 de septiembre de 1956. Su padre fue el filósofo español nacionalizado mexicano, Luis Villoro; su madre, Estela Ruiz, una reconocida psicoanalista yucateca. A ambos los describió en su libro ‘El vértigo horizontal’, “él de Cataluña, ella de Yucatán”, como provenientes de tradiciones separatistas.

Una mezcla de culturas, razones e historias que, sin más motivos que el destino, lo llevarían por el camino literario. “Mis padres amaban los libros. Seguramente, esta pasión me marcó de modo favorable; sin embargo, no se trataba de algo que se compartiera con los niños, sino de una afición adulta, como el cigarro o la siesta”.

Así, entre todas las pasiones que habitan en su tintero, una de ellas es el fútbol, tema que también ha marcado su obra y al que le ha dedicado libros como: ‘Dios es redondo’, ‘Balón dividido’, ‘Ida y Vuelta’, ‘La cancha de los deseos’, ‘Los once de la Tribu’, y ‘Yo soy Fontanarrosa’.

Cuando se le pregunta por ¿cómo ve la evolución que ha tenido este juego que nació entre caballeros victorianos y que hoy desencadena barbaries en la cancha?, Villoro responde: “El fútbol es la forma de la pasión y del entretenimiento, mejor repartida y organizada en el planeta Tierra, por lo tanto, da lugar a muchísimas reacciones. Es muy fácil jugar fútbol porque no se necesita de un equipamiento especial y tampoco se necesita de una capacidad física discriminatoria. El fútbol lo puede practicar cualquier persona, siempre y cuando tenga picardía y habilidad”.

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Cuando se le pregunta por ¿cómo ve la evolución que ha tenido este juego que nació entre caballeros victorianos y que hoy desencadena barbaries en la cancha?, Villoro responde: “El fútbol es la forma de la pasión y del entretenimiento, mejor repartida y organizada en el planeta Tierra, por lo tanto, da lugar a muchísimas reacciones. Es muy fácil jugar fútbol porque no se necesita de un equipamiento especial y tampoco se necesita de una capacidad física discriminatoria. El fútbol lo puede practicar cualquier persona, siempre y cuando tenga picardía y habilidad”.

Para él, este deporte, el más popular de todos, naturalmente despierta los intereses de una especie que fácilmente cae en la violencia, en la avidez, en la especulación económica, en la discriminación y en otras lacras. “El fútbol no es responsable de la violencia que se comete, pero es un espejo de la sociedad donde esto ocurre. Es un catalizador, refleja la sociedad de manera extrema, como esos espejos que a veces se colocan en las ferias, cóncavos o convexos, que reflejan la realidad, pero en forma un tanto distorsionada”.

“Un estadio de fútbol es una oportunidad de encontrar reacciones exageradas de la sociedad, pero estas no dependen necesariamente de lo que sucede en la cancha. La guerra, entonces, en el caso de lo sucedido entre Honduras y El Salvador, no es para resolver el marcador, ni tenía una causa deportiva, sino que revelaba la rivalidad no resuelta entre dos países”, dice. Es hincha del Barça.

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