'Monos', una película para ver desde las entrañas

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'Monos', una película para ver desde las entrañas

Agosto 26, 2019 - 05:57 p.m. Por:
Dani Manderine / Especial para El País
Película Monos

Durante rodaje de la película Monos

Especial para El País

Recuerdo que mientras veía los últimos segundos de la última escena de ‘Monos’ (Alejandro Landes), me estremecí al punto de rozar un ataque de ansiedad. Por supuesto, ya venía sensibilizada con el transcurso de la película, así que esta sensación no era gratuita. Sin embargo, han pasado varios días desde que asistí al preestreno, y ‘Monos’ aún retumba en mi cabeza con la fuerza con que me golpeó desde el primer minuto.

He visto muchas películas de guerra y sobre la guerra. He visto, a través de la pantalla, escenas terribles y desoladoras que ocurren en medio y como consecuencia de la guerra. Pero no había experimentado antes lo que viví con ‘Monos’ en la oscuridad de una sala de cine. Y desde ese momento no he dejado de preguntarme, ¿por qué?

A ‘Monos’ no podés verla de otra forma que no sea desde las entrañas. Es como una inyección de adrenalina, como un paseo en montaña rusa durante el que apenas podés respirar con normalidad; como un terremoto que te saca de la comodidad -o incomodidad- de tu silla y que te revuelca, te desplaza y te vuelve añicos, antes de que podás preguntarte qué está pasando.

Si bien es una película que nos sitúa en medio de una guerra y en medio de un secuestro, ‘Monos’ trasciende el conflicto armado. Va más allá del retrato de la guerra y del secuestro, más allá de la violencia y de los muertos, de los bandos y de los discursos -no hay discursos políticos ni posturas ideológicas, ni propagandas para uno u otro bando-. Es más un retrato salvaje de las pulsiones adolescentes; un viaje extremo a través de las emociones humanas expresadas en todo su esplendor.

Un viaje de contrastes, de ganancias y, sobre todo, de pérdidas, que va desde el comienzo en un crescendo ininterrumpido. Un viaje directo al infierno en el que, mientras tanto, atravesamos majestuosos escenarios naturales tan hermosos como temibles.

No sabemos nada acerca del pasado de los personajes. ¿Cómo llegaron todos hasta ahí? No importa tanto como lo que hacen, lo que sienten, lo que desean. Importan las relaciones que se van gestando en el camino, las emociones, las pulsiones, y la supervivencia a todo coste.

El guion nos presenta una historia descentralizada en cuestión de personajes: vemos a ocho niños adoctrinados militarmente, pero que al mismo tiempo se ven libres: juegan, ríen, aman, no esconden ni minimizan sus impulsos. Ocho niños que viven y sienten al límite. Los vemos como una manada, y esto, de entrada, nos distancia un poco de ellos. Sin embargo, en el transcurso de la película, logramos acercarnos a la intimidad de cada uno desde la manifestación de sus miedos y deseos y, como no, de sus propios instintos. Y aquí viene el contraste de nuevo: nos sentimos ajenos al rol que representan, pero al mismo tiempo nos es inevitable meternos en su piel.

Creo que lo mejor de 'Monos' es el juego armónico que mantiene con el contrapunto, y esto se evidencia en todo: en la fotografía (la alternancia entre planos abiertos y muy cerrados, entre planos tranquilos, flotantes, y planos bruscos y violentos; la paleta de colores que oscila entre fríos y cálidos), en la historia (momentos de juego y momentos de violencia, escenas surreales, como la del viaje de hongos, y otras de un hiperrealismo aterrador, como la última escena), en los personajes (solo hay que ver la actitud que tienen las niñas mientras peinan a su rehén, y la actitud que tienen con la misma cuando están bajo presión) -una vez escuché que las imágenes más perturbadoras son las que mezclan dos elementos aparentemente inconexos, como los niños y las armas-; en el montaje, el sonido, la música… todo está milimétricamente orquestado (y se nota en el ritmo del montaje y en la velocidad con que avanza la historia), pero, al mismo tiempo, todo es brutalmente orgánico.

No puedo terminar este comentario sin destacar lo que, a mi parecer, es la cereza del pastel: el sonido. Tanto Lena Esequenzis como Mica Levi, realizan un impecable trabajo en la construcción de la banda sonora. La música de ‘Monos’ es impresionante; personifica ese contraste entre el permanente choque de universos: el hombre/ la naturaleza, el juego/la violencia, el silencio/el aturdimiento, lo artificial/lo orgánico, lo real/lo onírico, etc.

Asimismo la música, por sí sola, ya es un viaje emocional: nos internamos en una atmósfera envolvente, suspendida, con sonidos parecidos a silbidos que nos remiten de algún modo a los propios sonidos de la selva, de eso que no vemos, de lo desconocido; picos agudos que nos sorprenden en cualquier momento y que cortan melodías, como se corta la respiración con lo imprevisto; escalas ascendentes de ruidos artificiales y sincopados que nos generan angustia y, cuando menos lo esperamos, los acordes: la armonía en medio de todo; un lugar para los sentimientos en medio del caos; para el el amor y el juego, en medio de una guerra que continúa. Luego, de repente, silencio. Un silencio largo y, por algún motivo, tensionante. No es un silencio que traiga paz. Quizá no se trata de un silencio total, pues hay algo más que no escuchamos, pero que, de todas formas, percibimos, porque está ahí.

Pero lo olvidamos cuando, después de esa aparente calma, llega el júbilo, o algo parecido al júbilo, en forma de flautas melódicas que de alguna forma, de alguna forma nos anuncian una tragedia cuando suena, camuflada entre sus armonías, una escala descendente… y es al final de todo, de tantos picos y tantas sensaciones, cuando sabemos que algo se apaga. Que algo se muere al final de ese viaje. Algo más que los cuerpos heridos, algo que también se muere dentro de nosotros. Que se muere y ya no vuelve más.

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