“Los escritores somos impertinentes”: Juan Gabriel Vásquez

"Los escritores somos impertinentes": Juan Gabriel Vásquez

Mayo 12, 2019 - 08:10 a.m. Por:
Paola Guevara / Editora de Gaceta
Juan Gabriel Vásquez

Juan Gabriel Vásquez ha publicado siete novelas, dos volúmenes de cuentos y dos libros de ensayos.

EFE/Mauricio Dueñas Castañeda

El libro de cuentos ‘Canciones para el incendio’ es una colección de extraordinarias historias propias, prestadas, robadas, confesadas por extraños en un bar, cazadas sin pudor, halladas sin buscarlas o presenciadas desde la trastienda y, en fin, agrupadas con el hilo conductor de las violencias que atraviesan la gran historia del mundo y la pequeña historia de todos nosotros.

Sobre ese catálogo de hurtos involuntarios -o voluntarios- que se atan en un libro de cuentos, y sobre el proceso creativo detrás de su obra literaria, habló Juan Gabriel Vásquez, el escritor colombiano que este mes podría ganar el prestigioso Man Booker International que recompensa con traducciones al inglés las obras de autores de todo el mundo.

En los cuentos de ‘Canciones para el incendio’ se revela un interés por desentrañar si hay verdad o no en la historia que le han contado.
El narrador de los cuentos, generalmente, está tratando de descubrir -acerca de una historia que le han contado- qué es verdad y qué es mentira. Todos contamos historias sobre nosotros mismos para presentarnos al mundo y tratar de entender lo que nos pasó, pero también para tratar de proyectar una imagen que no es verdad o para tratar de mentir sobre nuestro pasado de manera que nos sintamos más tranquilos. Ese es uno de los temas que cruzan el libro.

Dudar de la veracidad de la historia parece inevitable...

Yo conozco a alguien que me cuenta su historia y ahí es cuando comienza el problema: qué parte de esa historia es mentira y qué es verdad. No todas las mentiras son iguales, entonces, si me está mintiendo quien me cuenta su historia, ¿por qué lo está haciendo?, ¿qué tipo de mentira es? La mentira muchas veces nos dice más cosas que la verdad, la mentira muchas veces es más elocuente y una fuente de conocimiento mucho más potente e interesante que la verdad, porque a una persona se le puede conocer mucho mejor cuando uno sabe por qué miente y qué quiere lograr con su mentira.

¿A quién pertenecen las historias, al escritor que las narra o a quien le ocurrieron en realidad?
La relación que tienen los personajes con su pasado es una de las obsesiones que tienen todos mis libros, una obsesión por explicar nuestra relación con nuestros muertos personales, pero también con nuestros muertos sociales, con los fantasmas que cargamos encima como país. Pero luego hay un tema que siempre me ha interesado mucho: la manera en que nos metemos en las vidas ajenas. Los escritores somos, todos, terriblemente impertinentes. Yo en mis días más pesimistas creo que la novela es solo una forma muy sofisticada del chisme. Entonces, de alguna manera, el ejercicio de la literatura es una manera muy sofisticada de la curiosidad morbosa que tenemos por las vidas de los demás.

Pero el precio que se paga por la curiosidad es alto...
Los escritores contarán la historia que quieran, aunque pierdan amigos y aunque violen secretos y eso es una cosa con la que no es fácil lidiar siempre, porque hay una vocación misteriosa del escritor y es esa intensa curiosidad que siente por las vidas de los otros. Yo no sé si uno se vuelve primero muy curioso del lado oculto de las personas y por lo tanto se vuelve escritor de ficciones, o si primero se vuelve escritor y luego empieza a explorar y explotar las vidas ajenas para construir sus ficciones. Yo sospecho que es al revés porque es una condición que compartimos nosotros con los lectores.Los lectores de ficción son gente que tiene más curiosidad que los que no son lectores y yo creo que la novela contemporánea nace con un librito que se llama ‘El lazarillo de Tormes’, que nos pusieron a leer en sexto de bachillerato y lo detestamos con el alma y hoy me parece una obra maestra. Un libro de una importancia social y política fundamental. 

¿Y por qué le parece tan esencial ‘El lazarilo’?
No sabemos quién escribió ese libro, es anónimo, pero sí sabemos que no lo escribió un huérfano, pobre, sin educación, que no tenía cómo llevarse un pan a la boca. Los estudiosos han descubierto referencias a la literatura clásica, a la filosofía de su tiempo y han llegado a la conclusión de que lo más probable es que ‘El lazarillo de Tormes’ lo haya escrito un aristócrata que era un humanista y, por tanto, la persona que escribió la novela era completamente distinto desde cualquier punto de vista al narrador. Esto para mí es una gran metáfora de lo que es la literatura. Es la curiosidad por el otro, la curiosidad por la vida de los que son distintos.

En su cuento ‘El doble’ dos jóvenes sacan unas balotas para ir al Ejército. Son las últimas dos que quedan y eso definirá quién se va y quién se queda. Uno de los personajes es... Juan Gabriel Vásquez.
Todos los relatos parten de una vivencia, yo no sé escribir de otra manera. Hay dos tipos de escritores de ficciones: los que explotan las vivencias de su propia vida y los que inventan de manera más genuina, aunque todo es autobiográfico. Este cuento parte de ese momento en el que yo, de bachiller, tuve que pararme frente a una teniente del Ejército y sacar una balota de una bolsa para saber si me iba o no a prestar el servicio militar y, 17 años después, escribí un cuento sobre ese momento. Me costó 17 años entender las implicaciones profundas de ese momento de azar. Todos son descarrilamientos que nos tuercen los proyectos de vida y es algo que nos ha pasado a todos. Y claro, esto bien mirado es bastante absurdo, que el destino de un bachiller se defina por esa suerte de las balotas. Pero lo más absurdo es que cada bachiller sacaba una balota y esta se quedaba afuera, entonces las posibilidades se iban reduciendo conforme avanzaba el alfabeto y esa circunstancia a mí me marcó: que la vida de un joven pudiera quedar trastocada por esos mecanismos de la suerte, que son tan confusos.

Juan Gabriel Vásquez

“La magia de la literatura es que nos permite conocer a un personaje de ficción con mucha más nitidez que a las personas que hacen parte de nuestra propia vida”.

EFE/Ricardo Maldonado

Por qué darle 20 años de espera a una historia antes de contarla, como es el caso de varios de sus cuentos. Háblenos sobre la espera que tuvo cada uno de estos relatos antes de estar listo.
Todos los cuentos y todas las novelas me exigen mucho tiempo de espera para entender cuáles son sus implicaciones, o para saber qué es lo que hay ahí. Hay una novela mía que se llama ‘El ruido de las cosas al caer’, cuyo primer pálpito ocurrió en 1998. Yo estaba en una librería en Bruselas, Bélgica, y me encontré con la transcripción de las cajas negras de una serie de vuelos que se habían accidentado en el mundo entero y ahí estaba la de un pueblo en el que murió una persona que yo conocía, el accidente de American Airlines en el año 95 en un vuelo que venía de Miami a Cali, y encontré la transcripción de esa caja negra en la que se dramatizaba de una manera muy potente lo que pasó en la cabina de los pilotos. Ese hecho me interesó y lo guardé en una especie de cajón virtual, y muchos años después encontré unas cartas de un voluntario de los cuerpos de paz de Estados Unidos, que escribía a su familia desde Colombia en el año 69 y hablaba de lo que estaba viviendo en este país, aburrido de que no pasaba nada, y les contaba cómo empezaba a ver que alguna gente cultivaba marihuana. Entonces eso me interesó y lo metí en el mismo cajón. A lo largo de muchos años mi método de trabajo es ese, recoger información que me llega por azar y encontrar vínculos entre las informaciones de manera que cuando comencé a escribir la novela, en el 2008, habían pasado 10 años desde el primer pálpito, y así funcionan todas mis ficciones. Los cuentos de este libro no son distintos.

Hay un cuento en particular que se llama ‘El último corrido’, la versión ficticia de un tour que hizo en el año 2001 con un grupo de corridos mexicanos que se llaman Los tigres del norte. 
Yo me fui con ellos de viaje por España, estuve en seis ciudades con ellos para escribir una crónica y cuando la escribí conté cosas tan íntimas que me rechazaron la crónica, no quisieron publicarla, me pidieron que quitara las cosas incómodas y yo me negué y más bien escribí un cuento al respecto. Terminé el cuento, lo publiqué en el 2007, pero siempre me quedó la idea de que era imperfecto, le faltaba algo, estaba cojo, y tuve que esperar seis años para descubrir qué le faltaba. Cuando lo descubrí lo volví a escribir y es el que ahora está publicado. El libro se beneficia con el paso del tiempo y esto es algo que yo he experimentado siempre.

Cuando guarda historias en ese cajón mental, ¿también fija pequeños detalles, gestos, miradas?
Las novelas funcionan mejor cuanto mayor sea el talento del escritor para mirar el mundo. Una de las cosas bonitas que pasan cuando uno es lector de ficciones es que se acostumbra a mirar el mundo de una manera diferente. Ojalá pudiéramos hacer una distinción entre el verbo mirar y otro más intenso, como observar. Escribir ficción es mirar el mundo con mucha atención y es pedirles a los lectores que miren el mundo que uno está mirando. Es un gran entrenamiento fijarse en los gestos de la gente, en lo que guardan sus gestos. Con esos detalles hay una comprensión del momento psicológico que viven los personajes, hay una comprensión de la escena y sobre todo hay un intento que yo hago como escritor, por fijar la escena sensorialmente en la cabeza de los lectores.
Una de las magias de la literatura es esa capacidad para convertirse en parte de nuestras memorias. Todo esto hace que conozcamos a un personaje de ficción con mucha más nitidez que a las personas que hacen parte de nuestra propia vida.

¿Es un lector de poesía?
Soy lector de poesía. Cuando Cervantes escribió Don Quijote estaba escribiendo en un género popular, no tenía ninguna aspiración artística. Si nosotros los novelistas del siglo XXI queremos hacer arte con nuestras novelas es gracias a un autor que dijo: las frases de una novela pueden tener el rigor de la poesía , pueden tener la precisión, la sonoridad, pueden sonar bien, y eso nos cambió la vida. A partir de ese momento es posible concebir la novela como género y obra de arte, y a los novelistas que leen poesía se les nota en sus frases. Tiene que ver con encontrar la palabra justa, aquella que no es intercambiable, que nos muestra la escena mejor que ninguna otra.

En su cuento ‘Las ranas, estamos hablando de veteranos de la guerra de Corea. Está la historia oficial, y las historias subterráneas que no quieren que se sepan...
Este cuento en particular es la historia de un veterano de la guerra de Corea, que es un fantasma en la historia de nuestro país. Llevo muchos años tratando de escribir sobre la historia de Corea y este cuento es una especie de hijo de este proyecto, porque me interesa mucho. La guerra de Corea es el momento en el que -en medio de la violencia- un gobierno decide mandar a una cantidad de jóvenes a que los maten en otra parte, o a que maten en otra parte gente, y eso me parece muy elocuente, es una metáfora de la historia colombiana. Y entonces este veterano se encuentra con otra persona a la que no veía hace años en una celebración, y tienen un choque, se empiezan a revelar secretos y cada una de estas personas tiene miedo de que sus propios secretos sean revelados ahí. Trato de contar el secreto pasado, que es lo que los tiene metidos en ese problema. En términos de vida, los personajes cargan unos 50 años, pero en las dos horas que dura el cuento, tienen que resolverlos.

En varios de los relatos hay dos mundos que entran en contacto. Las historias de los famosos, globalmente conocidas y que marcan una generación, cruzadas con las historias simples y sencillas de los extras que todos de alguna manera somos. Eso pasa en su cuento ‘Aeropuerto’.
Aeropuerto es un cuento al que le tengo mucho cariño porque parte de una anécdota muy frívola: el momento en que yo, con 26 años, tratando de ganarme la vida en París de cualquier manera, acabé trabajando durante un día como extra de una película. Mi novia había encontrado, en una librería de París, un anuncio en el que se buscaban hombres y mujeres de aspecto mediterráneo para una filmación, entonces ella mandó mi permiso de residencia y un día recibí una llamada en la que me decían que había sido escogido.

Ser actor de aspecto mediterráneo no estaba entre sus planes...
Les dije que no tenía ni idea de lo que estaban hablando y que no quería ir a ninguna filmación, entonces me dijeron ‘está muy bien, vamos a transmitirle la información al director de la película, el señor Román Polanski’. Entonces dije que sí era actor y que sí iba a ir, y acabé compartiendo el mismo espacio del aeropuerto de París en el que Polanski estaba filmando la que para mí es la peor de todas sus películas, ‘La novena puerta’. Fue una experiencia maravillosa, me crucé con Johnny Depp, pero después de esto llegué a mi apartamento con una sensación de incomodidad que parecía suciedad, una especie de dolor casi inexplicable y no sabía por qué. Me tomó muchos años saber qué era lo que había sentido y la única manera en que lo pude hacer fue escribiendo este cuento, que es un intento por capturar, nombrar e identificar las emociones que yo sentí en una jornada que fue absolutamente banal y ligera.

¿Y qué concluyó?
Que tiene que ver con el primer hecho de violencia con Polanski, que fue el asesinato de su esposa embarazada. El cuento es parte de una gran narrativa, una historia que todos conocemos, que fue ese asesinato y el efecto que tuvo en uno de los extras, no solo de la película sino de la vida.

Entonces a veces lo que detona el cuento no es la historia, sino la conciencia de la incomodidad...
Sobre todo porque hay emociones que nos cambian la vida, nos descarrilan, pero que son pequeñas, fugaces, vulnerables. ¿Cómo hacemos para capturarlas, nombrarlas y poder entenderlas? Para mí muchas veces la respuesta está en este género, los cuentos son maravillosos por eso, porque logran capturar emociones que si tratáramos de explorarlas con una novela pasarían entre los dedos.

¿Cómo logra un sentido de justicia, de darle a cada historia su dimensión y no forzarla como novela?
No tengo la menor idea, eso es parte del instinto misterioso. Cuanto más lee uno y vive en las ficciones que admira y las entiende, más fácil se le va haciendo darse cuenta de qué género es lo que requiere cada experiencia, cada historia que nos llega. Un escritor vive con una cantidad de historias constantemente y algunas sobreviven y algunas no, y las que viven piden su propio género. Alguien definía el cuento como algo entrevisto por el rabillo del ojo. Se trata de ajustar los momentos fugaces de las emociones y tratar de capturarlos en una escena. Hay un cuento que es mi favorito, ‘Canciones para el incendio’, y tiene mucho material, tiene muchas historias, hay un momento en ese cuento que tiene un robo directo de una anécdota familiar y que tiene que ver con una tía mía: una mujer liberal, muy fuerte, que durante los años 50 va a una piscina termal y entonces, siendo una mujer moderna y atrevida que se quita su bata y está en bikini y entonces hay un murmullo alrededor y desde el otro lado de la piscina el alcalde muy visiblemente manda a llamar a su ayudante, le dice algo y el ayudante da la vuelta a la piscina y se dirige donde mi tía y le dice: ‘Señora, el alcalde le manda a decir que aquí solo se permiten vestidos de baño de una sola pieza’, y ella se pone de pie y le grita al alcalde ‘¿Cuál quiere que me quite?”. Ese momento para mí es una metáfora de la posición de la mujer en esa época. Todo esto para decir que ese material hubiera sido perfectamente una novela, pero de alguna manera entendí que el mejor resultado de esta historia y la manera de explotar el contenido de esta historia era a través del cuento.

¿Cómo lograr la coherencia de los cuentos seleccionados para que tengan una unidad importante y sean un todo?
Eso es un diferenciador. Recuerdo a un escritor argentino, amigo mío, que decía que hay libros de cuentos y hay libros con cuentos. Los libros con cuentos son aquellos en los que el escritor limpia sus cajones. Los libros de cuentos son un sistema, están construidos para que los cuentos dialoguen entre ellos, para que haya una unidad y un propósito. Son cuentos que no están puestos al azar, no son una recopilación casual de todo lo que he hecho con el género, más bien tratan de construir una colección donde la lectura le dé al lector una especie de premio.

De dónde salieron los de este libro
Me di cuenta que durante los últimos 18 años había escrito un cuento al año, por diversas razones, por encargos, intereses, comentarios. Agarré esos cuentos y escogí los cuatro que fueran mejores y empecé a pensar cuáles eran sus temas, sus obsesiones y cómo construir un sistema con ellos. Escribí otros cinco para que conversen con los que ya tenía, para que ahonden en los mismos temas, la violencia, el pasado, los secretos.

¿El orden de los cuentos importa?
Yo creo que esto divide a los escritores. No tiene nada que ver con la calidad, hay otros libros en los que encontramos una progresión, en los que nos adentramos en ese gran clímax. Hay que darse cuenta de la manera en que dialogan los cuentos entre sí, y esas lecturas que responden a los caprichos de un escritor es satisfactorio para un lector, hay una sensación de que está progresando a lo largo de una novela en la que los personajes no se conocen entre sí, como una especie de trama que va progresando y que llega a una revelación final.

Hablemos del título, ‘Canciones para el incendio’, que también es poético.
El título sale del último cuento, pero para mí fue muy claro cuando lo escribí que también iba a ser el título del libro, porque lo que intenta proponer es que todos tenemos un incendio en nuestras vidas, un momento de violencia, de tragedia, o un encuentro cercano con los incendios que son nuestra historia social y política, ¿y qué podemos hacer con eso?, lo único que podemos hacer es tratar de explicarlo o contarlo y en algún sentido celebrarlo, sublimarlo a través de un relato. Canciones para el incendio es un octosílabo y a los hispanohablantes como nosotros nos gustan los octosílabos, nuestros sonetos están escritos en versos de 11 sílabas y nuestra poesía popular, la clásica, está escrita en octosílabos porque esa medida nos gusta.

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