Las voces de La Escombrera, diálogo con Pablo Montoya sobre su novela 'La sombra de Orión'

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Las voces de La Escombrera, diálogo con Pablo Montoya sobre su novela 'La sombra de Orión'

Febrero 17, 2021 - 04:03 p. m. Por:
 L. C. Bermeo Gamboa, reportero de El País
Pablo Montoya

El escritor Pablo Montoya acaba de publicar 'La sombra de Orión', una novela que reconstruye los hechos de la Operación Orión y rescata las voces de los desaparecidos.

Foto: Marcela Sánchez

El poema que abre la ‘Antología Spoon River’ se llama La colina, precisamente donde está ubicado el cementerio del pueblo inventado por Edgar Lee Masters, desde allí como un coro griego, las voces de los muertos llaman la atención del lector, y se preguntan: “¿Dónde están Elmer, Bert, Tom y Charly? ¿Dónde están Ella, Kate, Mag, Lizzie y Edith? ¿Dónde están... ?”. Así van nombrando a cada habitante del pueblo, hasta que se responden: “Todos, todos están durmiendo en la colina”.

Dicen que Lee Masters se inspiró en los epitafios griegos de la ‘Antología Palatina’, donde los fallecidos hablan en primera persona a los que se acerquen a sus tumbas, también Juan Rulfo siguió el modelo coral para entrelazar las voces de sus muertos en ‘Pedro Páramo’, pero ¿cómo se escucharía un coro con las voces de las víctimas de desaparición forzada de Colombia? Esa obra coral se podría llamar ‘La sombra de Orión’, como la nueva novela de Pablo Montoya, donde el escritor rescata las voces de los desaparecidos de La Escombrera, la montaña de desperdicios ubicada en la Comuna 13 de Medellín, que como en La colina de Lee Masters y la Comala de Rulfo, se convirtió en el último lugar sobre la tierra para cientos de víctimas de la violencia, particularmente de las personas que desaparecieron en el marco de la Operación Orión, realizada durante el 2002 en esta ciudad.

Según las últimas cifras entregadas por la JEP en 2020, en Medellín se presentaron posiblemente 435 desapariciones forzadas, entre 1978 y 2016, de las cuales 126 ocurrieron en el segundo semestre del 2002 y primero del 2003, tiempo en el que se realizó la Operación Orión. A esto se suma que el Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice) y otros familiares de desaparecidos, pidieron recientemente a la JEP tomar medidas cautelares sobre 16 lugares del país, donde “se presume existen personas inhumadas dadas por desaparecidas en el marco y con ocasión del conflicto armado”. Uno de esos lugares es La Escombrera, en la Comuna 13 de Medellín, que se ha ganado el deshonroso título de la fosa clandestina urbana más grande de América Latina.

Por otro lado, la Operación Orión cuyo objetivo era desalojar a las milicias guerrilleras de las FARC y el ELN que dominaban la comuna, una incursión épica presentada como la salvación que devolvería la tranquilidad a los habitantes de la ciudad, hoy es condenada por las torturas y desapariciones de civiles que se presentaron; y además es criticada por los diferentes testimonios, entre ellos fotografías como la de Jesús Abad Colorado que muestra a un encapuchado (al parecer un paramilitar) guiando a la Policía y el Ejército por las calles de la comuna, que podrían demostrar la colaboración entre paramilitares y fuerzas armadas del Estado en su ejecución.

Aunque todo esto sucedió hace casi 20 años y varias generaciones empiezan a olvidarlo, los familiares de las víctimas siguen comprobando cada día el vacío que dejaron sus seres queridos. A todos ellos Pablo Montoya dedica su novela, a ellos y a los que están durmiendo en La Escombrera.

Como en los epitafios de Spoon River, en la novela adquieren voz los desaparecidos: “Vengo del fuego y voy a hacia él. Soy tierra calcinada. En mi sangre, brasas sin tregua. Resuenan las reyertas en mí como si yo fuera la extensión de un desagravio jamás consumado. Me llamo Ofelia María Cifuentes y estoy en La Escombrera. Aquí solo hay una oscuridad compacta. Polvo, piedras y basura. Yo misma mezclada con todo ello”, así habla una de la víctimas, cuyo crimen fue enamorarse de un miliciano. Pero no es la única, están Armando que no volvió donde su abuela, tenía 12 años; está Claudio Miguel Pino que se lo llevaron con todo y su Renault 12; está también Carmenza, la hija de Marcela Cecilia, que se perdió por acompañar a un amigo de un amigo que al parecer era guerrillero, tenía ¿o cuánto tiene, cómo saberlo? 17 años. De ellos, como de otros cientos de víctimas de desaparición forzada, algunas retratadas con pericia periodística por Pablo Montoya, sus familiares han encontrado información concluyente de que sus restos forman esa constelación bárbara de La Escombrera.

Pero ‘La sombra de Orión’ es también una narración íntima, porque a través de Pedro Cadavid, su ‘alter ego’ de la ficción, Pablo Montoya se enfrenta por primera vez a esa ciudad: Medellín, a la que tanto debe y que tanto le ha arrebatado; como cuenta el autor, allí fue asesinado su padre, durante un atraco ocurrido en 1985. De modo que el lector acompaña a Pedro, que como un Dante colombiano, lo lleva en su descenso a los infiernos de la violencia urbana, donde conocerá en la voz de víctimas y victimarios todas las formas de barbarie, que lo harán repudiar la sociedad en la que creció, de la que se fue y luego regresó para sobrevivir. Pero, entre la atmósfera dantesca de la novela, perdido en los laberintos de la Comuna 13, Pedro Cadavid será guiado por las voces de los desaparecidos, y poco a poco irá encontrando el camino para ascender y reconciliarse con esa realidad en la que también se puede amar.

La sombra de Orión

'La sombra de Orión', (2021).

Foto: Especial para El País

¿Por qué escribir sobre la Operación Orión?

Cuando sucedió la Operación Orión yo estaba recién llegado a Medellín, había llegado el 7 de agosto de 2002 después de una larga estancia en Europa. Y ese día, que se posesionó el presidente Uribe, también hubo un ataque de las FARC, por lo que los aeropuertos estaban cerrados, esa fue una señal clara de a qué Colombia acababa de llegar. Meses después fue la Operación Orión, pero en ese entonces yo no entendía bien lo que sucedía, poco a poco, mientras me adaptaba a la ciudad y la fui conociendo, empecé a escuchar las distintas versiones sobre este hecho. Aunque yo considero que en general la sociedad antioqueña aprobó esa operación y hubo un consenso sobre el éxito que había tenido, y que todo había sido por el bienestar de la ciudad. Pero después nos enteramos que la Operación Orión había sido brutal y vergonzosa, ya que había sido realizada a través de una confabulación de fuerzas militares oficiales y fuerzas paramilitares. Progresivamente nos dimos cuenta que lo que hubo en la Comuna 13 fue la implantación de un nuevo poder paramilitar que reemplazó al de las milicias. Si la operación la hace el Estado y entra allí para resolver el problema, de algún modo podrían haberla justificado, pero no fue así, lo que hubo fue un cambio de poder armado, y las agresiones contra los civiles continuaron.

Entonces a mí lo que me empezó a inquietar fueron las diferentes versiones entorno a la Operación Orión, la información oculta que venía conociéndose, pero lo que finalmente colmó mi sensibilidad como escritor fue darme cuenta de que fruto de esa operación la desaparición forzada aumentó demencialmente en la Comuna 13. Empecé a cuestionarme profundamente, y quise conocer la verdad de esos hechos, lo que me llevó a investigar, leer, conversar con víctimas y victimarios, para enterarme por ellos mismos de qué pasó allí y poder construir un mapa que me permitiera escribir la novela.

¿Cómo fue la investigación para esta novela?

Traté en primer lugar de informarme a través de investigaciones periodísticas y académicas y de los informes oficiales, como de las diferentes organizaciones no gubernamentales, así pude comprender el contexto de la Operación Orión y tener un panorama de las comunas en Medellín, donde se han presentado fenómenos de narcotráfico y bandas delincuenciales. Porque la complejidad de esta realidad violenta radica en la mezcolanza de grupos armados que allí conviven, saber hasta dónde llega uno y dónde empieza el otro, cómo se involucran. Debía entender cómo funcionaba esa maraña que provocaron estos grupos armados, cómo se mezclaron narcotraficantes con milicianos, cómo milicianos se mezclan con bandas criminales, como el narcotráfico se une con fuerzas estatales, cómo el paramilitarismo se une con bandas criminales, incluso de cómo paramilitares se unen con la guerrilla, porque muchos paramilitares fueron primero guerrilleros. Ante esto yo me decía, ¿qué carajos pasó en este enredo tan tremendo? Allí la noción de ética, respeto, grandeza humana que hay en ciertos fenómenos de la guerra, todo eso se fue al diablo, lo único que había era una pretensión de ganar dinero y ser poderosos para aplastar al otro, el otro que casi siempre es el residente de estos barrios.

Entonces, después de leer suficiente para entender un poco esa realidad, comencé a pasarlo por el filtro de la literatura. Pero era fundamental hacer un trabajo de campo, y entonces lo que yo hago es introducirme en la comuna a través de ciertos colectivos, así logré hablar con víctimas de la desaparición forzada, con sus familiares. También leí muchas fichas de desaparecidos para tratar de hacerme una imagen lo más precisa de ellos, y resulta que por lo general son gente humilde, curiosamente en los estratos superiores no se encuentran desaparecidos. Los desaparecidos que yo me encontré son gente pobre que se encontraban allí en medio de la violencia y que finalmente recibieron su coletazo.

¿También habló con los victimarios?

Sí, y uno pensaría que estos tipos se creen héroes, pero no, son unos pobres personajes, abandonados y perdidos. Solo algunos de ellos han encontrado consuelo en las sectas cristianas. Pero los demás viven acosados por su pasado, no pueden dormir bien, los espantan las imágenes de la gente que mataron y desaparecieron.

Yo hablé con un policía ya jubilado del Cuerpo Estatal Antiterrorista, un francotirador que participó en la Operación Orión, aunque estaba muy orgulloso de lo que hicieron, cuando le pregunté si algún muerto le pesaba, me dijo: “Hay un muerto que me pesa y me quita el sueño, un niño de 8 años”. Yo lo puse en mi novela, claro que con nombre cambiado, es el personaje de ‘Carilindo’. Él me contó que llevaba una lista de la gente que mataba, los marcaba con crucecitas, y la cruz que más le pesaba era la de ese niño que según él, como era un mensajero de las milicias, tuvo que matarlo. También me dijo que a las 2 o 3 horas de iniciada la operación ya habían perdido la cuenta de cuántos milicianos habían matado. Y yo le dije que las cifras oficiales no mostraban tantos, pero me dio a entender que los verdaderos muertos fueron muchísimos más. Entonces ahí está la manipulación que se ha construido con el discurso entorno a la Operación Orión, algo que cuestiono en mi novela.

En 2015, Pablo Montoya ganó el Premio Rómulo Gallegos por su novela ‘Tríptico de la infamia’.

La escuela de música

'La escuela de música' (2018).

Foto: Especial para El País

Pero, ¿por qué escribir una novela de ficción y no un reportaje periodístico?

Porque yo soy escritor, mi formación no es periodística. Además lo que me interesó desde un principio era escribir una novela, de hecho en algún momento utilicé todos los nombres reales, sobre todo de personajes muy conocidos de esa época: alcaldes, gobernadores, militares, ministros y presidente. Pero finalmente, para cuidarme un poco en salud, preferí cambiarlos. Incluso con los desaparecidos de La Escombrera yo me pregunté si valía la pena usar los nombres reales de los desaparecidos, por eso en esa parte de la novela sí uso las técnicas periodísticas, sobre todo para hacer un ejercicio de memoria. Fui allá, entrevisté, tomé notas y traté de captar desde lo periodístico la realidad. Pero nunca me propuse hacer algo de esa índole, mi novela es un artefacto literario que me permite mostrarle al lector una realidad completamente bárbara. Esa realidad de la desaparición forzada, de la impotencia y desolación que viven las personas al no encontrar a sus familiares, porque son demasiados desaparecidos y se han encontrado muy pocos, no solo en Medellín sino en Colombia. Somos un país que supera los 100.000 desaparecidos. Y esa es una cifra espantosa.

Apegándonos a lo que propone Mario Vargas Llosa, ¿cuál es la verdad que usted busca transmitir con esta ficción?

Que la literatura tiene el poder de indagar y “meter la cabeza en lo oscuro”, como decía Roberto Bolaño. Esto es necesario para que podamos superar el estigma de la violencia y particularmente de la desaparición forzada, debemos meter la cabeza en lo oscuro de nuestra historia, por eso yo metí la cabeza en La Escombrera, me enterré allí, bueno no yo, a mí personaje Pedro Cadavid lo enterré allí. Al final de la novela se plantea la necesidad de que en Colombia haya procesos de curación colectiva, pero mientras haya impunidad sobre estos hechos no va a ser posible, además porque nos importa un bledo la situación de los desaparecidos. Desde el gobierno y las clases altas no paran de celebrar el país, pero ¿cuál país están celebrando? Celebremos la bondad y resiliencia de la gente, pero al país de las instituciones democráticas no hay que celebrarlo, hay es que cuestionarlo. Y eso trato de hacer en mi novela, es una indagación a fondo, porque yo vivo en una ciudad que no se cansa de decir que es la más próspera, la más educada, todos esos discursos regionalistas que priman en Medellín, y estoy de acuerdo en que se celebren, pero antes de eso reconozcamos esas zonas oscuras que tiene nuestra historia. Ese es el reconocimiento que hace el buen periodismo, la literatura, la cultura y el arte, que hacen los estudios académicos, ahí sí estamos pasando la hoja, pero aún hacen falta procesos de reparación. Si no hay reparación con las víctimas este país no dará un paso adelante.

¿Sintió miedo de escribir sobre un tema que aún tiene posiciones enfrentadas? ¿En el proceso intentaron disuadirlo de alguna forma?

Sí sentí que me estaba metiendo en un territorio muy oscuro, lleno de dolor y resentimiento, de odios vivos. Aunque nunca recibí ninguna advertencia, ahora tengo inquietud de lo que pueda suceder porque la novela es muy dura con la sociedad de Medellín, con las élites y los grupos de poder. Pero yo no sé si esa gente lea, o si vayan a leer mi libro, no sé si un alcalde, un gobernador o un presidente tengan tiempo de leer mi libro. Aunque los culpables son de muchas índoles, yo en esta novela lo que hago es mostrar la desaparición forzada en los sectores populares, pero la violencia ha golpeado a todos los sectores, desde luego.

En el tiempo que investigaba para mi libro caminé muchas veces la Comuna 13, siempre acompañado y nunca me pasó nada, incluso cuando hablé con los victimarios, personas que hoy llevan otras vidas, no tuve ningún problema con ellos. Hablé con un exalcalde que me dio su versión de los hechos. En ese tiempo, recuerdo que alguien me dijo: “¿Usted por qué está buscando lo que no hay, allá en La Escombrera no hay nadie, eso es una invención?”. Y me encontré con otras personas que piensan lo mismo, que persistir en los desaparecidos de La Escombrera es una forma de afear la reputación que Medellín se ha construido.

Por otro lado, lo que sí sentí muchas veces es una carga pesada de muy malas energías, estaba enterándome de demasiadas cosas horribles y en algún momento tuve que hacerme limpiezas espirituales y corporales y medité mucho para no dejarme abrumar mientras escribía la novela.

Tríptico de la infamia

'Tríptico de la infamia' (2014).

Foto: Especial para El País

La novela es también una crítica del ideal antioqueño, de ese “ser paisa” que promueven algunos sectores políticos y sociales…

Yo no creo en la antioqueñidad y ni en los discurso regionalistas que se promueven en el país, esos son discursos que se han tratado de imponer desde principios del siglo XX para entender las regiones a través de valores de grandeza y progreso, pero eso es un chovinismo que a mí nunca me ha convencido. No obstante, vivo en una región profundamente conservadora, donde el regionalismo funcionó durante una época, pero creo que mucha gente ya no se reconoce en ese discurso tradicional de una clase blanca, machista, católica y racista. A mí me parece que la violencia que se ha presentado en esta región cuestiona profundamente ese ridículo discurso de la antioqueñidad.

Eso lo evidencié, por ejemplo, cuando visitaba la Comuna 13 donde existen cientos de vírgenes de todos los tamaños, eso me parecía paradójico, que adorarán a la mujer representada en esa virgen, algo muy colombiano por supuesto, pero al mismo tiempo vejan continuamente a las mujeres, y ahí están los feminicidios y el maltrato que se conocen cada tanto. Entonces no hay cómo sostener con coherencia un discurso así, sin embargo se le ha hecho creer a una comunidad que viven como en el centro del mundo y que esa ciudad es lo más grande y avanzado de Colombia. Sí claro, algunas cosas son dignas de elogio, pero resulta que detrás de esas cosas buenas hay unas realidades muy turbias, y mi novela desentraña esa oscuridad.

El reclutamiento de menores en las milicias guerrilleras, muchos de los cuales fueron sacrificados en la guerra de la Comuna 13, es el aspecto más bárbaro de su novela…

Desde luego, lo que pasa es que como en estos sectores ha habido una ausencia estatal y como es tanta la pobreza, una de las formas en las que estas familias podían recibir ingresos, así fueran nimios era metiéndose a estas organizaciones armadas. Si tú indagas en la historia de las milicias o de los paramilitares, y particularmente de las bandas criminales, la presencia de los adolescentes es impresionante.

Los que reclutaron niños fueron las milicias de las FARC, el ELN y los Comandos Armados del Pueblo, pero la cuestión es que reclutaban con diferentes señuelos para atraparlos, porque a los niños no se les puede convencer con ideología, lo que hacían era embobarlos, por decirlo de alguna forma, con un dinerito fácil. Y a los adolescentes con sus ganas de llamar la atención los hacían sentirse útiles, importantes y fuertes con armas. Esos son lugares donde prevalece el mal, pero esto sucede porque no hay bondad que los gobierne, allí no existen principios éticos, y el mayor responsable de todo eso es el estado, no solo en Medellín, sino en toda Colombia, ellos se olvidaron de amparar a estas comunidades. Solo ahora, después del horror, han venido involucrándose un poco y haciendo presencia, pero de forma quizás más represiva que comprensiva.

Yo he tratado de nombrar ese horror y el abandono en que allí vivían, pero no lo tuve que imaginar, todo lo fui encontrando en mis investigaciones, testimonios aterradores como el de un exparamilitar del bloque Cacique Nutibara con el que hablé. Él me contó que empezó su vida armada en las milicias urbanas de los Comandos Armados del Pueblo siendo un niño de 8 años, cuando sucedió la Operación Orión tenía 16 años y lo atraparon, con la fortuna de que fue liberado, y después cuando la Comuna 13 fue controlada por los paramilitares, decidió pasarse al bloque Cacique Nutibara. Entonces, como queda claro, allí no existe nada de ideología. Yo se lo pregunté: “¿en las milicias te enseñaron algo de ideología?”, y él me dijo que nada de eso, que se vinculó por el dinerito para sus necesidades, de acuerdo a eso, ese discurso de la extrema izquierda colombiana, de que estaban amparados en ideales de justicia social, es una tremenda mentira.

En ‘Tríptico de la infamia’ aborda la barbarie de la conquista desde la mirada de tres artistas, ahora con ‘La sombra de Orión’ desciende a la barbarie moderna a través de los desaparecidos. ¿Por qué le ha interesado ahondar en la barbarie?

De alguna manera es una necesidad de ir contra la corriente imperante, de no tragar entero y demostrar que las verdades oficiales son desmontables. En ‘Tríptico de la infamia’ quería desmitificar esa imagen épica y grandiosa de la conquista, esa historia mentirosa que nos enseñaron. Es una cuestión también de perspectiva y es que yo estoy siempre situado en la posición de las víctimas, a mí no me interesó contar la historia de la conquista desde el lado español y del imperio, yo miro desde otro lado, indagando en esos lugares conflictivos de la historia. Y en la ‘Sombra de Orión’ quise abordar esos núcleos del conflicto y del dolor, desde la perspectiva de las víctimas pero con una forma artística y literaria.

De hecho, en la novela se refleja esto, por un lado está la labor de Pedro Cadavid que realiza ese registro de las personas desaparecidas, y por otro lado está el músico que está buscando la huella sonora de las vidas perdidas en La Escombrera, son pesquisas que tienen que ver con el dominio artístico, porque de esta forma se revelan también los momentos duros de nuestra historia. Ese abordaje de la barbarie lo he venido haciendo yo en diferentes cuentos y novelas, pero no creo que siga, creo que ‘La sombra de Orión’ es final de esa búsqueda, yo quedé exhausto después de escribir esta novela, creo que en adelante voy a escribir sobre otras cosas un poco más amables.

También puede ser que lo haga porque yo mismo estoy marcado por la violencia, porque a mi padre lo asesinó una brigada del ELN, porque vivo en esta ciudad y en este país que es, por decirlo sutilmente, un país enrevesado. A mí alguien me dijo de esta novela que yo muestro La Escombrera como un punto ciego donde se pierde toda esperanza, pero a veces creo que el punto ciego es Colombia.

¿Su novela también podría ser un forma de sanar el dolor causado por la violencia?

Cuando terminé de escribirla yo me sentí más aliviado del peso que cargaba, pero no sé si esta novela produzca una catarsis en los lectores, si así lo sintieran me alegraría mucho. Sin embargo, en la novela misma hay un cuestionamiento a la tarea misma de escribir, cuando Pedro Cadavid está contando la historia de los desaparecidos, esas voces de La Escombrera desconfían de que la escritura sea capaz de liberarlos del olvido y la indiferencia, y le dicen a Cadavid que está siendo un iluso por creer eso posible. Aunque en la novela hay un ejercicio de memoria y al final Pedro también vive una sanación, en el fondo hay una convicción de que finalmente esto no contribuye a un resarcimiento de las víctimas, y yo siento eso, puesto que en este país no hay verdaderas reparaciones, como hay tanta impunidad y como se siguen cometiendo barbaries, entonces es muy difícil que haya verdaderas catarsis.

Me parece que a través de Pedro Cadavid, Pablo Montoya enfrenta el fantasma de la violencia en su propia vida…

Antes lo había hecho en ‘Los derrotados’ y ‘La escuela de música’, pero a los niveles de violencia que llego en ‘La sobra de Orión’ nunca me había enfrentado. Yo pongo a Cadavid en una situación muy complicada, porque yo sentí, mientras realizaba el trabajo de investigación, que la gente metida a su vez en estos ámbitos de horror, pero no las víctimas y victimarios, sino otros, como investigadores, trabajadores sociales y otras personas que los acompañaban, estaban muy enfermos, no podían dormir y vivían con mucho estrés, incluso asistían a terapia mientras trabajaban en estos sectores; entonces todo eso que yo sentí y que vivían estas personas se lo transmití a Pedro Cadavid.

¿Cree que obras como la suya ayudan a comprender el conflicto colombiano?

Los Acuerdos de Paz han generado un ambiente que va a favorecer el reconocimiento de los momentos más duros que hemos vivido como nación, aunque a mucha gente le van a incomodar los informes de la Comisión de la Verdad y lo que está haciendo la JEP, que es confrontar la sociedad con lo que pasó y mostrar a los culpables, y al mismo tiempo hermanarnos en un sentido positivo. Por eso mi novela termina de forma esperanzadora, a pesar de todo. Al final Pedro Cadavid termina reconciliándose con la ciudad, y yo creo que esa reconciliación es posible en nuestra sociedad, pero siempre y cuando haya un reconocimiento de eso lugares tenebrosos por los que hemos pasado. En ese sentido, mi novela está en conjunción con estas labores que se están haciendo desde diferentes ámbitos sociales y culturales, desde el periodismo, la justicia transicional, la Comisión de la Verdad, así como las obras de escultores, pintores y organizaciones que intentan reconciliarnos con la verdad.

Así como usted hizo con Pedro Cadavid, su novela también transmite una carga de sufrimiento a los lectores, ¿cree que la literatura puede asumir el deber de compartir el dolor de las víctimas para despertar a los colombianos de su indiferencia?

En mi caso diría que sí, yo escribí esta novela para estrujar las conciencias, para molestar esa tranquila indiferencia con que vive la mayor parte de la sociedad colombiana. Yo confío en que la literatura también sirva para eso, yo sé que la literatura es un espacio de recreación y placer, que le exige a uno como artista de la palabra escribir bien, pero al mismo tiempo el escritor está hundido en su propio tiempo histórico y esto marca inevitablemente su obra.

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