'Las flores del mal', compartimos una selección poética de Charles Baudelaire

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'Las flores del mal', compartimos una selección poética de Charles Baudelaire

Abril 25, 2021 - 10:33 a. m. Por:
 Especial para Gaceta  con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial
Baudelaire por Courbet

Charles Baudelaire retratado por Gustave Courbet, detalle de su gran óleo ‘El taller del pintor’ (1855).

Foto: Imagen de dominio público

Estos son cinco poemas del famoso poemario de Charles Baudelaire, publicado el 25 de junio de 1857, en una edición de 1.300 ejemplares. Por ‘Las flores del mal’, el poeta sería acusado de “ultraje a la moral pública” y obligado a pagar una multa de 300 francos y eliminar 6 poemas del volumen original, la censura no sería levantada legalmente hasta 1949, más de 80 años después de la muerte del poeta. Los poemas seleccionados, en traducción al español por Lluís Guarner, se publican con la autorización de Penguin Random House Grupo Editorial.

AL LECTOR

Las flores del mal

Obra poética de Charles Baudelaire en una edición de Penguin Clásicos.

Foto: Especial para Gaceta

La estulticia, el error, la codicia, el pecado,
moran en el alma y nos roen el cuerpo,
y nutrimos los remordimientos amables
como alimentan los mendigos los piojos.

Nuestras culpas son tercas, la contrición cobarde;
nos hacemos pagar cuanto hemos confesado,
y volvemos alegres al camino fangoso,
creyendo que con lágrimas lavamos los pecados.

En la almohada del mal es Satán Trimegisto
quien hace adormecer nuestro encantado espíritu,
y ese metal precioso de nuestra voluntad
él lo hace evaporar con astucia de químico.

¡El Diablo es quien maneja los hilos que nos mueven!
Encanto hallamos en lo más repugnante;
cada día avanzamos un paso hacia el infierno,
sin horror, a través de tinieblas pestilentes.

Y como el pobre degenerado que besa y muerde
el pecho lacerado de una vieja ramera,
robamos, al pasar, un placer clandestino
que exprimimos con furia como naranja seca.

Denso y hormigueante, como un millón de Helmintos,
salta en nuestro cerebro un pueblo de demonios,
y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones
desciende, como un río de quejas y sollozos.

Si el estupro, el veneno, el incendio, el puñal;
no han bordado hasta ahora sus dibujos siniestros
en este cañamazo que llamamos destino,
es porque, ¡ay! nuestras almas a ello no se atrevieron.

Mas entre los chacales, las panteras, los linces,
los monos y escorpiones, los buitres y serpientes,
los monstruos que aúllan y gruñen rampantes,
de esa fauna de vicio, uno solo aparece,

todavía más feo, más malo, ¡más inmundo!
Sin gesticulaciones ni desgarrados gritos
va haciendo de la tierra un inmenso despojo
y se traga el mundo de un bostezo infinito.

¡Es el Tedio! —Es el ojo que, involuntario, llora
mientras fuma su pipa, soñando en el cadalso.
¡Tú conoces, lector, ese terrible monstruo,
—hipócrita lector— tú que eres mi hermano!

BENDICIÓN

Cuando, por un decreto de potencias supremas,
e] Poeta aparece en este mundo hastiado,
su madre, horrorizada, con voz blasfematoria,
alza el puño hacia Dios, que la atiende apiadado.

«¡Ah, no haber concebido un nido de serpientes
antes que ciar a luz esta pobre irrisión!
¡Maldita sea la noche de placeres efímeros
en la que concebí mi propia expiación!

Y pues que me elegiste entre tantas mujeres
para ser el disgusto de mi triste marido
y, puesto que no puedo arrojarlo a las llamas
corno carta de amor, este monstruo parido,

yo he de hacer recaer tu odio inacabable
sobre este instrumento de tu perversidad;
he de hacer retorcer este árbol miserable
para que nunca lleguen sus frutos a granar.»

Ella declara así la espuma de su odio,
y, sin imaginar los designios eternos,
ella misma prepara en infernales simas
las hogueras que expían los crímenes maternos.

Mas, bajo la tutela invisible de un ángel,
el niño desdichado bajo el sol se extasía,
y en todo cuanto bebe y en todo cuanto come
encuentra el rojo néctar que le sabe a ambrosía.

Él juega con el viento, habla con el celaje
y se embriaga cantando, camino de su cruz
y el espíritu bueno que siempre le acompaña
llora al mirarle alegre cual pájaro en la luz.

Aquellos a quien ama le observan con recelo,
atentos al peligro de su pasividad,
buscando la manera así de provocarle
y hacer en él la prueba de su ferocidad.

En el vino y el pan que ha de gustar su boca
entremezclan ceniza con esputos impuros;
y solapadamente rechazan lo que él usa
y le acusan de no llevar pasos seguros.

Su mujer va gritando por las públicas plazas:
«Ya que él me encuentra bella y me quiere adorar,
he de ser como un ídolo de los antiguos tiempos,
y de igual modo que ellos he de hacerme dorar;

Me embriagaré de nardo y de incienso y de mirra,
y de genuflexiones, de manjares y vinos,
para saber si puedo de un alma que me admiro
usurpar, sonriendo, homenajes divinos.

Y cuando quede hastiada de esas impías farsas,
he de poner sobre él mi fuerte y frágil mano,
y mis uñas, iguales que las de las arpías,
buscarán en su pecho su corazón humano.

Como un pequeño pájaro que palpita y que tiembla
el corazón sangrante así le he de arrancar
y para que se sacie mi animal favorito,
con desdén, por la tierra se lo habré de arrojar».

Al cielo, donde advierte un magnífico trono,
el Poeta levanta sus dos brazos piadosos
y los claros fulgores de su espíritu lúcido
le ocultan la visión de los pueblos furiosos.

«¡Sé bendito, Dios mío, que das los sufrimientos
como Sabio remedio a nuestras impudicias!
Y como la más pura y la mejor esencia
que prepara a los fuertes a las santas delicias.

Yo sé bien que Tú guardas un lugar al poeta
en las filas celestes de tus santas legiones,
y que predestinado está para la fiesta
con los Tronos, Virtudes y las Dominaciones.

Yo sé que es el dolor la Única nobleza
que el infierno y los hombres jamás corromperán
y que la gran corona de la riqueza mística
los siglos y universos por siempre tejerán.

Los tesoros perdidos de la antigua Palmira,
los metales ignotos y las perlas del mar
montadas por tu mano, no serían bastantes
para ornar esta clara diadema celestial,

porque será tejida del resplandor más puro
de la luz primitiva de eternales reflejos,
y nuestros ojos mortales, ante estas claridades,
¡no son sino empañados y pálidos espejos!»

CORRESPONDENCIAS

La Naturaleza es un templo cuyos vivos pilares
dejan, algunas veces, salir confusos nombres;
es un bosque simbólico que recorren los hombres
a los que siempre mira con ojos familiares.

Igual que largos ecos, de lejos confundidos
en una tenebrosa y profunda unidad,
vasta como la noche, y que con claridad
se responden colores, aromas y sonidos.

Hay perfumes tan frescos como carnes de niño,
dulces como los oboes, verdes cual prado inmenso,
—y otros hay corruptos, triunfantes y ricos,

con expansión de cosa infinita extendidos
como el almizcle, el ámbar, el áloe y el incienso,
que cantan los transportes del alma y los sentidos.

EL ALBATROS

Sólo por divertirse suelen los marineros
cazar albatros, grandes pájaros de los mares,
que siguen, indolentes compañeros de ruta,
al barco que resbala sobre abismos amargos.

Apenas los colocan sobre la ancha cubierta,
estos reyes del cielo, torpes y avergonzados,
abaten tristemente sus grandes alas blancas
como dos remos rotos que arrastran a sus lados.

¡Qué débil y qué inútil es este viajero
que si tan bello fue se convierte grotesco!
Uno quema su pico con su pipa encendida,
otro intenta imitar, cojeando, su vuelo.

El Poeta es igual a este rey de las nubes
que se ríe de las flechas y vence el temporal;
desterrado en la tierra y en medio de las gentes,
sus alas de gigante le impiden caminar.

LOS CIEGOS

¡Míralos, alma mía, son realmente horrorosos!
Parecen maniquíes, vagamente grotescos;
terribles, singularmente sonambulescos;
lanzando no se sabe dónde sus globos tenebrosos.

Sus ojos, desprovistos de resplandor divino,
cual mirando a lo lejos, los levantan al cielo;
nadie los vio jamás inclinarse en el suelo,
con cansada cabeza, para ver el camino.

Y atraviesan así la negra inmensidad,
hermana del silencio eterno, ¡oh, ciudad,
mientras cantas y ruges, y ríes con tus juegos,

de placer embriagada hasta la saciedad!
Mira, también me arrastro, pero más desdichado,
me pregunto: ¿qué buscan en lo alto los ciegos?

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