“La naturaleza es violenta y la muerte es lo que sostiene la vida”: Santiago Wills

Junio 07, 2022 - 02:28 p. m. 2022-06-07 Por:
 Santiago Díaz Benavides, especial para Gaceta
Santiago Wills

El escritor Santiago Wills conversó con Gaceta acerca de 'Jaguar', su primera novela, y reflexionó acerca de sus concepciones alrededor de la literatura y la crónica.

Foto: David Rugeles

A Martín le gustaba recordar los cuentos de la vieja, esos que le contaba cuando él y su hermano aún eran pequeños, cuando todavía nada de lo que vino después había sucedido. A Martín le gustaba eso, y también sentarse a ver la caída del sol al atardecer y, al menos por un momento, sentir que nada de eso que había vivido sucedió de la manera en que se dio finalmente, que su mamá no se había muerto, que ni él ni su hermano se habían ido al monte, que él no había aprendido a disparar un arma y jamás le pegó un balazo a nadie, que Arturo no se había ido para siempre, que nunca había conocido a Amalia y nunca nadie lo llamó con el alias de Fósil o Jaguar, que él seguía siendo Martín Pardo, pero no el comandante, sino el niño de Pacho, que encontró a Ronco, tan pequeñito como él, y juntos fueron los más felices del mundo.

‘Jaguar’, la primera novela de Santiago Wills sitúa al lector, no necesariamente colombiano, en ese episodio ya cotidiano que es la violencia. Más que un episodio, pareciera ser una condición innata en nosotros, tan olvidados, en la mayoría de las ocasiones, de la animalidad que reside en nuestro interior. El personaje central de esta historia, que le llegó al autor como todas las buenas historias, de repente y sin buscarla demasiado, es un hombre, un comandante paramilitar, que tiene como mascota a un jaguar llamado Ronco. El jaguar es para el hombre lo único que lo mantiene aferrado a este mundo, con algo más que esperanza, es devoción, es amor puro.

Martín Pardo, alias Fósil, ve monstruos cuando se hace de noche y siente que los arbustos se mueven y el viento susurra cosas. Lo lee todo, desde el rastro de las hojas caídas en el suelo, hasta el aleteo de las alas de los zancudos que se acercan sigilosos en la madrugada. Así como él, su jaguar se mueve entre las sombras, escuchando cada ronquido, cada suspiro, sintiendo en sus patas el más mínimo movimiento. “A toda velocidad, atraviesa velos de lluvia hasta llegar al árbol. Se sacude para quitarse el agua en tanto observa el horizonte. Ubica las luces, borrones luminosos contra la oscuridad, y llama al hombre con un rugido agudo. A su lado, el ganado muge acusando su presencia. Siente desconfianza al observar las vacas, su tamaño, su musculatura. Lame con su lengua rugosa un poco del agua en su pelaje pintado. Los focos de las linternas se acercan trazando círculos en la negrura”.

Ronco y Martín son uno solo en muchas cosas, por eso es que Amalia siente que ya tiene de más, con el hombre y el animal. Por eso es que después termina pasando lo que pasa, porque Martín y su jaguar se aman más entre ellos que cualquier otro par de seres vivos sobre la tierra, y no a todos les viene en gracia un amor como el suyo, en medio de la lluvia y las balas. Porque, en últimas, alguien siempre tiene que pagar.
Conocemos a Martín por lo que Ronco ve de él, por lo que Arturo nos cuenta, y Turpial, Mayda, Iguana, y Amalia. Tiene tres lunares abajito de uno de sus ojos, el izquierdo, y se parece a Ronco, con sus manchas. Parece un jaguar, alias Jaguar, que dejó de ser ese niño ingenuo, que pensaba en las historias, en los cuentos de su madre, y ahora solo anhela llegar al otro día sin tener que matar a nadie porque sí, porque así funciona esto.

Son dos partes, que a su vez se dividen en capítulos e imitan las páginas de un diario, en las que Wills le da rienda suelta a esta historia en la que no solo nos cuenta la vida de Martín Pardo, el comandante paramilitar, sino que nos permite situar el lente, una vez más, en esa Colombia de los últimos años de la década de los 90, cuando nadie ponía atención, y aún es lo mismo, en ese otro lado donde están “los de allá”, perdidos en ese paisaje en el que nadie los llorará, mientras seguimos nosotros “los de acá”, tan acomodados en esa ilusión pasajera a la que llamamos vida. “Si les pasa a ellos, mejor que no me pase a mí”.

Uno de los puntos más altos de la novela es la forma en que va de menos a más. Quizá el lector sienta que se desconecta por momentos, eso fue lo que me pasó a mí, pero después llega algo que vuelve a sujetarnos y nos estremece. La capacidad narrativa de su autor, indiscutible en su faceta como cronista, toma aquí un matiz diferente, en algunos pasajes mucho más elevado. Wills se permite a sí mismo entrar y salir de la narración, situarnos en el momento y espacio elegidos, y así dejar que sean los personajes los que interactúen con el lector, que sean ellos los que se queden acompañando cada una de las escenas, descritas con tal precisión que, por momentos, se queda uno impregnado del olor a orina y a selva, de la sangre que emana de la boca del jaguar, cuando come, o la que corre por las calles cuando Martín estalla, en un momento, víctima de su ira, y decide acabar con todo.

El primer acercamiento de Santiago Wills como novelista ocurre de la manera precisa. ‘Jaguar’ es ese libro que le propone al lector una lectura de regreso. Si uno acaba, necesitará volver a él en más de una ocasión, para ver eso que no había visto bien, o para escuchar de nuevo el ronroneo del felino, para revivir una vez más el llanto callado de este hombre sentenciado a vivir a merced de los silencios que dejan tras de sí la soledad y el dolor de saberse completamente perdido.

Jaguar

'Jaguar', de Santiago Wills (Penguin Random House, 2022).

Foto: Especial para Gaceta

—¿Por qué una novela y no un buen libro de no ficción?

Porque la realidad no siempre nos ofrece ciertas verdades. Martín Pardo y Ronco existen, pero nunca han dejado una huella palpable en los caminos de Colombia. Y porque la no ficción no me permitía gozar de la escritura de la misma manera que la ficción. En la no ficción, no es posible, o por lo menos yo no he encontrado la manera de experimentar formalmente con el lenguaje como lo hice en la novela. Y extrañaba esa libertad.

—¿Qué tuvo que dejar de lado, como cronista, para encontrarse a sí mismo como novelista?

La disciplina, el apego a la realidad y ciertas camisas de fuerza formales que de una u otra manera la crónica impone. Fue una liberación que me hizo fugazmente feliz. Aunque ya estoy atado de nuevo preparando un libro de no ficción sobre los jaguares y América.

—En su opinión, ¿a qué distancia se encuentra el periodismo de la literatura?

El periodismo narrativo, que es el que me interesa, está en el mismo lugar que la literatura. El sustrato sobre el que se sostiene es algo diferente, pero el resultado puede ser el mismo. Ese lobo conjurado por un niño del que hablaba Nabokov puede producir terror -o amor, preferiblemente- sea real o ficticio.

—¿Hubiese podido contar esto de manera diferente y aun así mantener la potencia del relato?

Quiero creer que no, pues, de lo contrario, habría fallado contando la historia. Necesitaba esa multiplicidad de voces porque la historia es así. Necesitaba un jaguar porque ese lado del conflicto y ese aspecto de nuestra humanidad a menudo ha sido olvidado. Necesitaba ese coro porque la violencia no puede contarse fielmente de otra manera.

—Martín es un personaje enigmático. Lo que más llama la atención de él no es tanto el hecho de que tiene un jaguar como mascota, sino la forma en que calla sus emociones y se muestra fuerte. ¿De dónde viene esta fiereza suya? ¿Cómo consigue darles tanto peso a sus ausencias?

Esa aparente fiereza viene del dolor, de la rabia y -cómo no- del amor. Hay cierto estoicismo que nace de su voluntad de vivir, que no es otra cosa que una voluntad por sentir y amar. Hay un dolor profundo en Martín, pero también hay una sensibilidad latente. Es un monstruo fantástico, como dice Horacio Quevedo, pero la acepción de monstruo que primero se nos viene a la cabeza no es la que debemos tener en cuenta.

—¿Cuáles fueron las preguntas que se hizo al momento de definir la forma de ser de este personaje?

No recuerdo haberme hecho muchas preguntas. La novela nació de la imagen de un comandante paramilitar con un jaguar como mascota y, a partir de ahí, Martín se fue dibujando. Lo cierto es que Ronco estaba mucho más definido. Y fue a través de él que Martín comenzó a tomar forma.

—La Colombia de este libro no es muy distinta a la de hoy. ¿Qué tanto ha cambiado y en qué se sigue fallando?

La Colombia de hoy no es muy distinta, en sentidos preocupantes, de la de hace 50 o 100 años. Ha habido cambios significativos, por supuesto, pero nunca hemos resuelto temas como la distribución de tierras y la desigualdad, y nos hemos acostumbrado a ciertos tipos de violencia. Y hasta que no entendamos que no estamos en una guerra repleta de monstruos, que no estamos en una guerra simple, de héroes y villanos, habrá grupos que seguirán exigiendo el exterminio de esos otros -una categoría que a menudo incluye también los seres no humanos-.

—De alguna manera, lo que viven estos personajes lo hemos vivido todos, directa o indirectamente. ¿Por qué parece que estamos sentenciados a revivir los errores del pasado?

Porque olvidamos quienes somos y porque hemos naturalizado cierta clase de horror. La naturaleza es violenta y la muerte es lo que sostiene la vida. Pero no cualquier clase de violencia o cualquier clase de muerte. Hay diferencias entre Ronco y Martín, a pesar del amor, la fraternidad y las similitudes -genéticas, etológicas, éticas- que existen entre los dos. Estamos sentenciados a muchas cosas -tenemos restricciones y límites impuestos por la física y la naturaleza, por ejemplo-, pero no estamos condenados a la inercia política e ideológica, o a un país en el que pareciera que hay una posibilidad real de amar.

—Y la muerte, ¿al final termina limpiando todo?

Para la conciencia de quien muere, sospecho que sí. Pero hay tantas cosas y tan importantes por fuera de nuestra mente, que eso no debería ser un consuelo. La vida transcurre sobre todo por aquello que está por fuera. El solipsismo es una pesadilla tortuosa. El paraíso son los otros. La vida carecería de sentido de otra manera.

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