La doble ciudadanía literaria de Tim Keppel, el escritor norteamericano radicado en Cali

Mayo 15, 2022 - 12:04 p. m. 2022-05-15 Por:
 L. C. Bermeo Gamboa, periodista de Gaceta
Tim Keppel

En ‘Legado’, su más reciente novela, Tim Keppel demuestra un dominio magistral del relato, creando una historia en la que cada capítulo es un cuento y, a la vez, un eslabón en la vida de un hombre en declive existencial, quien ya no tiene más oportunidades para ser mejor padre, amante y escritor. El fin se acerca y no tiene ninguna certeza.

Foto: Aymer Andrés Álvarez / El País

Tenía 34 años y muchos oficios en su historial, pero ninguno definitivo. Había sido taxista en Nueva York, cajero de un Subway, empleado en un local de videojuegos, miembro de los Cuerpos de Paz en Nicaragua, trabajador social en hospicios y cárceles de Filadelfia, profesor de inglés para inmigrantes, y casi cualquier cosa en la que tuviera asegurado un sueldo y algo de tiempo libre para dedicarse a lo único en que había persistido: escribir. Desde que a los 20 años habían publicado su cuento ‘Graduación’ en la revista Samisdat, la constante de su vida era escribir relatos. Empezaban los años 90 y Timothy Anderson Keppel, con un matrimonio arruinado a cuestas, y viviendo aún en Filadelfia, había comprado un periódico local para mirar los clasificados y buscar una buena oferta, sentía la imperiosa necesidad de cambiar nuevamente de empleo. Fue entonces cuando leyó, “se busca profesor nativo estadounidense para enseñar inglés en institución cultural de Cali, Colombia”. Daba igual que dijera Guayaquil (Ecuador) o Callao (Perú), Valparaíso (Chile) o Maracaibo (Venezuela), no lo pensó dos veces y llamó.

Tuvieron que pasar más de 30 años, tres matrimonios, una carrera académica como profesor de literatura y lengua extranjera, dos libros de cuentos, dos novelas, y una hija, para que, desde 1995, Cali se convirtiera en la segunda constante en la vida de Tim Keppel, como lo conocemos sus lectores en Colombia. Fue en esta ciudad donde se estableció definitivamente y formó su propia familia, y donde adquirió una singular doble ciudadanía literaria: la del extranjero que implantado en otra cultura, donde por años se ha comunicado diariamente en una lengua ajena, no abandona su lengua madre para escribir. De modo que Tim Keppel se ha pasado más de 20 años escribiendo en inglés, desde Cali, y después de un trabajo de reescritura junto a traductores de su confianza, publicando todos sus libros en español. Es un escritor que ama demasiado su lengua materna, y por ello, aunque haya decidido vivir en otro país que ama, Colombia, seguirá escribiendo en inglés. Pero como ama mucho más a sus lectores, en su mayoría hispanohablantes, entonces cuida con igual dedicación su obra traducida al español.

No encuentro otro autor de naturaleza comparable a Tim Keppel, puesto que en los casos más emblemáticos, como los de Joseph Conrad o Vladimir Nabokov, ambos abandonaron sus lenguas maternas, el polaco y el ruso, para escribir en inglés con sin igual fortuna. Ocurrió igual con Wilde y Beckett, irlandeses que escribieron sus últimas obras en francés. En Colombia, ahora solo recuerdo al crítico literario Ernesto Volkening, alemán que escribió la mayor parte de su obra en español, pero de otro escritor extranjero que se haya radicado en nuestro país y continuara escribiendo en su lengua materna, no conozco. Por lo tanto, podríamos afirmar que Tim Keppel es el único escritor colombiano que leemos traducido al español, en esto radica parte de su originalidad.

Con su doble ciudadanía literaria, el escritor ha publicado en nuestro país libros como: ‘Alerta de terremoto’ (2006), su primera colección de cuentos, la novela ‘Cuestión de familia’ (2009), los cuentos de ‘¿A dónde vas?’ (2015), y su más reciente novela ‘Legado’ (2022), traducida por Catalina Henao y Henry Fischer. Sobra decir que en la mayoría de sus historias, Cali es el escenario natural. Tal vez no haya adoptado la lengua del país donde se radicó, pero fue inevitable que la gente, la cultura y el paisaje sedujeran su imaginación.

Así como en su vida, en la obra de Tim Keppel hay dos constantes que definen el universo de sus personajes: los dramas familiares y la certidumbre de ser, como afirma el mismo escritor, “un extranjero en la vida”. En sus cuentos y novelas, las situaciones más cotidianas revelan cómo los hombres y mujeres, por más normalidad y felicidad que aparenten, viven en un nivel de enajenación inconfesable, donde se sienten cada día más incómodos con la vida. Pero el talento del escritor consiste en evitar los desenlaces melodramáticos y convertir la existencia de sus personajes en una constante búsqueda de equilibrio entre las derrotas inminentes —la soledad, el abandono, la enfermedad, la vejez y la muerte— y los momentos de alegría fugaz. Entonces, en el esfuerzo por no colapsar frente a una realidad que no entienden, que jamás dominarán, surge una sutil ironía.

Dentro de este universo familiar e irónico, se encuentra Lou, el protagonista de ‘Legado’, un hombre sensible, caballeroso —incluso apuesto—, pero de carácter introspectivo y con una torpeza innata para las relaciones familiares y amorosas. Lou es extranjero y vive en Cali, donde se casó y ya sobre los 50 años se convirtió en padre. Parece la fórmula perfecta para una feliz familia intercultural, aunque la llegada de su hija marcaría el fin de su matrimonio, y además la paternidad resulta una tarea para la que no parece estar mejor capacitado. Mal esposo y padre mediocre, a pesar de sus esfuerzos por superarlo, es el saldo que debe pagar por arriesgarse a llevar una vida normal. No obstante sus permanentes yerros cotidianos, Lou evita confrontar, mantiene la buena fe y confía en que habrá tiempo de redimirse, y mientras intenta comprender su desgracia particular, llega la vejez y con ella nuevas calamidades: el divorcio con pérdida de la custodia, las amantes jóvenes y ocasionales que acceden por dinero, una carrera literaria fracasada y, algo un poco más grave, un posible cáncer de próstata.

Afuera de la casa que Lou compró para su familia, hay un enorme y viejo samán que, por razones de seguridad, las autoridades de la ciudad decidieron talar. Él se niega a permitirlo, prefiere pagar multas a que lo derriben, en el fondo siente que ese árbol es un símbolo de sí mismo, un viejo y bello espécimen luchando por sobrevivir en un mundo que no aprecia su valor. Incluso, haciendo una lectura freudiana, la negación de que el árbol sea talado, podría ser una manifestación del miedo a la impotencia que acosa a Lou, una posibilidad que al principio lo aterroriza. Aunque prefiero pensar que su obstinación con el viejo samán está relacionada con la esperanza, como la acacia que sembró cuando nació su hija, al final, para Lou la vida es solo eso, luchar por mantenerse firme a pesar de las tormentas, brindar sombra a otros y evitar herir a nadie, así esto no garantice la felicidad. Como confiesa a sus 80 años, cuando ya el samán fue talado, cuando la acacia de su hija puede que haya muerto por abandono, cuando ya no le preocupa el sexo, “la tarea del filósofo es aprender a morir”.

Otro aspecto destacable y no menor de ‘Legado’, es el permanente cuestionamiento sobre lo que significa ser hombre. Lou se siente un extranjero en su propio género y busca definir la masculinidad en contraste con los defectos que observa en otros hombres. En el capítulo ‘Esa clase de hombre’, narrado en segunda persona, asiste con un amigo a un prostíbulo donde más que las mujeres, lo impresiona el comportamiento de sus congéneres, su vulgaridad y patanería, “hacen quedar mal a todos los hombres”. Pero su superioridad moral y modales de caballero quedan por el suelo cuando Beto —el amigo que creía conocer y con quien discutía sobre el movimiento Me Too y las denuncias por abuso sexual contra Harvey Weinstein— sale huyendo del lugar después de golpear a una prostituta y le dice: “Vamos, hombre. Estamos juntos en esto”.

El complemento de esta crítica a la masculinidad llega cuando Lou envejece y nota los cambios en su cuerpo: “mi sudor huele raro y estoy perdiendo el sentido del gusto (…) las puntas de mis dedos son demasiado suaves, como si mis huellas se estuvieran borrando. Y mis ojos se han retraído en el cráneo”. Las reacciones que tienen los demás, básicamente las mujeres, desmoronan toda su hombría, dando paso a esa ridícula etapa en la que un hombre confunde el amor con el cuidado y como un desamparado busca mujeres jóvenes, creyendo que podrán amarlo sin ningún interés de por medio. “Tener algo de dinero puede ayudar”, se consuela Lou. En su peor momento, después de una biopsia en la próstata, “a pesar del dolor en el recto y la sangre en la orina, Lou tiene ansias de volver con sus novias”, dice con lástima un narrador, que puede ser el personaje viéndose a sí mismo como un extraño. Tarde llegará su momento de lucidez, cuando a los ochenta años comprende que “ya no se trata de cómo voy a vivir, sino cómo me voy a morir. Me encuentro en un teatro viendo una obra, ansioso por saber cómo termina”.

Tim Keppel

Tim Keppel ha publicado cuatro libros en Colombia: 'Alerta de terremoto' (2006), 'Cuestión de familia' (2009), '¿A dónde vas?' (2015) y 'Legado' (2022).

Foto: Aymer Andrés Álvarez / El País

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El apartamento de Tim Keppel tiene seis ventiladores, “mientras tenga uno cerca no hay problema, no me gusta el aire acondicionado y encerrado, prefiero el aire natural”. A sus 66 años, jubilado hace poco de la Universidad del Valle, recuerda que para dictar sus clases en el calor de Cali, y puesto que casi nunca funcionaba el aire acondicionado de los salones, tenía que compartir un ventilador con sus estudiantes.

“Voy a extrañarlos, pero me siento aliviado porque ya no debo someterme a los trámites y toda la burocracia académica… Sobre todo extrañaré tener un grupo para hablar de las lecturas que recomiendo, eso es algo que con mis amigos y mi familia no es posible”, comenta con algo de pesar.

—¿Cómo fueron sus inicios en la literatura?

Yo quería ser deportista, estaba obsesionado con el básquetbol. Pero en el último año de bachillerato me di cuenta que no tenía futuro en el deporte, por muchas razones, entre ellas mi estatura, con 1,82 cm no era suficiente. Allí no aplicó aquello de que si quieres algo debes luchar por alcanzarlo, en el básquetbol debes cumplir con ciertas cualidades, que yo no tenía. Tendría unos 16 años, cuando me enteré que un amigo estaba haciendo “estand up comedy” y comencé a ayudarlo, escribiendo los chistes. Por esa misma época abrieron un curso de escritura creativa y me apunté, quería aprender a escribir mejor los chistes, pero aprendí mucho más, leí muchos autores que ignoraba. El profesor me ánimo mucho y después de terminar el curso me fui, como todo un escritor, a vivir en una cabaña, al lado de un lago. Allí me puse a leer entusiasmado a Fitzgerald, Hemingway y Faulkner, y a escribir ilusionado mis primeros cuentos. Sentía que debía ponerme al día, porque fui un lector tardío. Luego volví a la universidad a estudiar literatura, a seguir leyendo y escribiendo, entonces, puse en la escritura, la misma obsesión que tenía por el básquet.

—¿Cuáles fueron los escritores que lo marcaron en un principio?

Sin duda la Generación Perdida, Fitzgerald y Hemingway. También Faulkner, de hecho perdí dos años tratando de escribir como él, pero ciertamente no era lo mío. Un modelo que me ayudó a despertar, así como cuando Gabriel García Márquez leyó ‘La metamorfosis’ de Kafka, fue cuando leí ‘El guardián entre el centeno’ de Salinger. Descubrí que Salinger, en vez de tratar de tener un estilo literario barroco, de oraciones largas y vocabulario recargado como Faulkner, había escrito una gran historia con un lenguaje coloquial y conversacional, y gran sentido del humor. Lo leí con entusiasmo y me enseñó mucho, pero como todos los escritores terminan imitando a sus maestros, llegó un momento cuando decidí no leer más a Salinger y tratar de desarrollar mi propio estilo.

Recuerdo que cuando salí de la universidad me ofrecieron una beca para un posgrado, pero entonces yo no quería ser académico y cumplir horarios de oficina, quería ser escritor y por eso me fui para Nueva York a conducir un taxi, así empecé todo mi periplo por oficios y ciudades. Solo buscaba empleos de medio tiempo, que me permitieran leer y escribir. Así pude leer ‘Guerra y paz’ de Tolstoi, ‘Crimen y castigo’ de Dostoievski, todos los rusos, los franceses y los ingleses del siglo XIX, autores clásicos para los que hoy muy pocos tienen tiempo de leer. Eso lo hice motivado por una anécdota del poeta John Milton, a quien su padre lo financió por 10 años con la condición de que no escribiera nada durante ese tiempo, que solo se dedicara a leer y observar, después cuando tuviera un gran bagaje cultural y literario podría escribir algo valioso, y yo quería financiarme a mí mismo algo por ese estilo. Aunque claro, yo ya había empezado a escribir.

—¿Cuándo publicó su primer cuento?

Tenía 20 años, aún estaba en la universidad y fue en una revista llamada Samisdat. El cuento se llama ‘Graduación’ y trata de un muchacho que asiste a su grado de bachiller el mismo día que su padre deja a su madre y abandona la casa. Es una historia dura para el personaje, pero con mucho humor, porque se burla de todos sus compañeros. En ‘Legado’, Lou cuenta que cuando le publicaron su primer cuento, el editor de la revista le dijo, “he rechazado a tus profesores por años”, y eso fue como un pequeño triunfo para él. Desde entonces seguí publicando cuentos en revistas, cuando llegué a Cali traía una caja llena de publicaciones que presenté como credenciales para subir mi escalafón como profesor, con eso y un doctorado pude ser profesor titular en Univalle. Ahora cada vez que escribo un cuento lo publico en Estados Unidos y en Colombia, aunque mis libros todos han sido publicados aquí en español, pero hay una posibilidad de que ‘Legado’ sea publicado en España a través de la oficina de Derecho Internacional, ese sería mi primer libro en inglés.

—¿En Estados Unidos no ha publicado libros propiamente?

Es muy difícil publicar libros de cuentos en Norteamérica, solo algunos autores que son muy leídos lo logran, o se publican colecciones de cuentos del New Yorker, pero rara vez de un solo escritor a menos que sea un clásico. Una vez mandé mi segundo libro, ‘Cuestión de familia’, una serie de cuentos que funcionan como una novela, pero no es una novela convencional. Tenía una agente allá a la que envié mi libro en inglés, trató de encontrar alguna editorial que se interesara, pero no fue posible.

—Toda su obra profundiza sobre las relaciones familiares, ¿por qué su marcado interés por el microcosmos familiar?

Esa es una de las grandes tradiciones en la literatura, ¿cuál es la primera oración de Anna Karénina? “Todas las familias felices son iguales, pero cada familia es desdichada a su manera”. En ese sentido, ‘Legado’ es un título irónico, porque al final el protagonista queda sin nada, tras el divorcio pierde todo, no tiene nada que dejar. Pero lo que quería mostrar era diferentes aspectos de una misma vida, en varias etapas, a través de Lou; uno como padre, otro como amigo y también como amante, de modo que reflejara los momentos más cruciales de la vida y cómo cambiaba su pensamiento en cada etapa, en su juventud, la madurez y la vejez. Yo trato de mostrar lo esencial de los personajes, y la familia y las relaciones afectivas son lo más esencial. Soy un escritor desvergonzado, no tengo miedo a revelar las situaciones más íntimas, y por lo menos en la tradición literaria que yo sigo, lo más importante es desarrollar los personajes a fondo, cómo sus actos más cotidianos revelan sus anhelos y tristezas, porque hasta el tipo más común del mundo, en el fondo es como Hamlet, siempre haciéndose la pregunta por “ser o no ser”.

—¿Cómo encontró la forma para escribir esta novela a partir de cuentos?

Hay un dicho que dice, “todo en el arte consiste en buscar la forma perfecta”, y yo tenía seis cuentos que podrían ser una novela, pero no sabía la forma en unirlos. Al principio quería enfocarlos en la historia del personaje con un amigo de su misma edad, y durante un tiempo me esforcé por darle esa forma, pero no pude. Entonces dejé ese cuento por fuera y tomé otro, ‘Día del padre’, de mi anterior libro, y me pareció que la historia funcionaba mejor a partir de su relación con la hija. Para darle esta forma tuve que hacer algunos ajustes a los otros cuentos, algo que me llevó tanto tiempo como si hubiera escrito una novela desde cero, pero al final me sorprendió que todo cuadró a la perfección. Creo que la próxima vez no haré más experimentos sino que me pondré a escribir una novela convencional, mantener la perfección del cuento en una historia más larga es muy exigente, es mucho más difícil escribir un cuento que un capítulo, y yo hice ambos.

—Sin embargo, ‘Legado’ aborda unas preocupaciones sobre la masculinidad que se relacionan con las reivindicaciones del feminismo, la violencia de género y el abuso sexual…

Ese es el otro aspecto que abordé, tanto con la hija, la exesposa y las mujeres que trata Lou en la novela. Quiero que los hombres despierten un poco, porque no basta con ser un caballero como Lou, que al final resulta siendo cómplice de su amigo. El lector consciente debe cuestionarse sobre los actos de abuso y violencia contra las mujeres, y esto implica el deber de denunciar a otros hombres cuando los comentan.

—Lou es un hombre fracasado, pero parte de su belleza como ser humano es que fracasó con decencia, sin dañar a nadie, al menos conscientemente…

No quería enfocarme tanto en su fracaso como ser humano, sino en el deseo de hacer algo significativo con su vida antes de que acabe su hora. Sin embargo, hasta para el fracaso hay niveles, y Lou se siente fracasado no tanto por las culpas de su vida familiar, sino por no haber llegado a donde deseaba, quizá como escritor.

—¿Cuánto de la vida de Tim Keppel hay en la de Lou?

Lou se parece a mí y le ocurren muchas cosas que me pasaron a mí. Pero esos aspectos autobiográficos son un punto de partida para la ficción, mis personajes toman caminos diferentes a los míos, en últimas yo no escribo sobre mi vida, sino sobre la vida.

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