'Crónica subjetiva de un natalicio en cuarentena', historia ganadora del concurso 'Letras Confinadas'

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'Crónica subjetiva de un natalicio en cuarentena', historia ganadora del concurso 'Letras Confinadas'

Abril 27, 2020 - 04:49 p. m. Por:
Jenni Valencia Alzate, especial para Gaceta

Una escritora y madre describe su confinamiento y la lucha por la supervivencia en una ciudad desolada. Relato ganador del primer lugar en la categoría Adultos del Concurso ‘Letras Confinadas’.

Foto: Jorge Orozco / El País

I. Adentro

La bombilla blanca escupe su reflejo sobre mis ojos cansados. Los cierro e imagino la extensión de una montaña cercana, “Pance puede ser”, me digo, “el río lavándome el tedio que florece en mi pensamiento por los días de encierro”. El olor de una torta vegetariana tostándose en el aceite hirviendo me devuelve al presente, corro, la volteo, me abalanzo hacia la puerta, saco la nariz por la reja, respiro, un indigente con tapabocas se para frente a mí, me mira con ojos de perro hambriento, “unas moneditas para un pañal”, me dice, recorro con la mirada el inicio de la larga calle en bajada en la que vivo, está desolado el barrio San Antonio, solo lo transitan, de vez en cuando, vagabundos como el que acaba de irse con un vianda en el que vertí arroz y sopa de verduras, esperando que le calme el hambre que arrastra calle arriba. Quien sabe si encontrará otra puerta abierta, si un vecino tenga los bolsillos más llenos que los míos.

Creo que lo peor de un aislamiento es el temor a encontrarse con uno mismo. Ya le debo a la famosa pandemia COVID-19 que las ventanas de mi espíritu se hayan abierto para que yo me asome y pesque unas cuantas certezas: no me gusta ver televisión, soy una lectora empedernida y debo congraciarme con el rol de ama de casa: para soportar las ansias de salir corriendo en busca de las calles agitadas de mi ciudad, durante los primeros días de este encierro me dediqué a devorar novelas cortas como no lo hacía desde mis días de soltera. Pedro Páramo de Juan Rulfo, Mañana cuando encuentren mi cadáver de Adolfo Ariza y El Hotel de los difíciles de Javier Zamudio, historias que me permitieron irme hacia un pueblo fantasma en las montañas mexicanas, hacia la casa de un taxista lisiado en Barranquilla y a un hotel maldito en Bogotá, aunque mi cuerpo siga plantado en Cali.

“A usted le pica la casa” me decía mi madre en mis veintes, década en la que adquirí la caleña costumbre de encontrar la brisa a las seis de la tarde caminando por la calle quinta, tomar cerveza, hablar y bailar hasta que el sol se impusiera de nuevo en el cielo. Ahora me toca quitarme esa piquiña a la fuerza, y sopeso mi pulsión lectora invocando las enseñanzas de mis tías, todas unas doctoras en el arte de ser amas de casa: lavo el trapeador con jabón azul y lo enjuago con agua límpido, la mejor manera de trapear sin aburrirse es hacerlo como ellas: escuchando música y cogiendo el palo del trapero de micrófono de cuando en vez, para aullarle al techo la letra de la canción de turno, ellas lo hacen con Amanda Miguel o Jose Luis Perales, yo con Ismael Rivera y Choquibtown. Luego desayuno junto a mi esposo y a nuestro hijo: tortas de lentejas, arepa, jugo de naranja. Los víveres escasean.

Igual que los demás caleños llevo veinticuatro días en cuarentena, diez más que el resto de los colombianos, es diez de abril de 2020 y estoy cumpliendo años. Me duele la cabeza. Si pudiera me deslizaría por debajo de la puerta y me elevaría por los aires para beberme de una bocanada los vientos que bajan del pacífico sur. Abro el Facebook y esbozo una leyenda, la virtualidad es todo lo que tengo en este día para comunicarme con el mundo. Son treinta y seis abriles de habitar la tierra, el pelo crespo, los pies encallecidos de tanto andar caminos, salí pate perro y bebedora de cerveza y noche como mi padre, tengo amigos de todos los calibres, estratos y colores. Me quieren tanto y tanto los quiero que mi tía no ha podido demostrarme que en la vida no hay amigos. Ya jamás podré espantarme la costumbre de preferir la arepa antes que el pan, escribo aburrida, enojada, feliz, llena, con hambre, cómoda e incomoda y cuando no escribo pienso en lo que escribo, es lo único para lo que sirvo. No tengo fortuna y me preguntan cómo hago para ser escritora, profesora, aprendiz de rapera, cronista, tallerista, madre, mujer y caminante al mismo tiempo. Los orichas y el vino ayudan, es todo lo que puedo decir. Bailo y brindo en este día, por mí y por todos nosotros, que este cumpleaños que hoy me coge en cuarentena, al igual que el fin del mundo, nos pille siempre bailando.

Las palabras esculpidas en la pantalla surten efecto sobre los amigos; mi papá era músico y hasta hoy fue el único que me dio una serenata de cumpleaños cuando cumplí cuatro; una video llamada resuena en mi celular, Alelí, cantante, enormísima compañera de la vida, rasga melodías en su guitarra. Nunca había apreciado tanto un beso virtual ni una sonrisa que se esboza a través de la pantalla de un teléfono celular.

Mamá llora al otro lado, hace veinte días que no la veo en persona, mi hijo me pregunta cada tarde que cuándo se irá el bichito que muerde a la gente afuera para ir donde la abuela. Tiene tres años. Lloro de alegría y disipo la melancolía con una sonrisa mientras Alelí canta, me mando el primer trago de una botella de vino, me la trajo Frank antenoche, amigo del alma, es guitarrista, solo le pude ver los ojos, el resto del cuerpo lo tenía cubierto con tapabocas, guantes amarillos, todo vestido de negro, sacó la mano por la ventanilla de su carro y me entregó la botella: “celebro tu vida, maestra”, y se fue. En este trago que me doy esta tarde está contenido su cariño. Mi marido se ha puesto una guayabera nueva, pantalón de dril y bandana roja sobre la cabeza, sintoniza “El Nazareno”, la canción de Ismael Rivera con la que esta mañana me despertó mi amiga Lina desde Barcelona. Nos contoneamos sobre las baldosas de la sala. Después de que la música sobreviva a una pandemia los humanos estaremos redimidos por los arpegios sagrados del ritmo.

Habitante de calle afuera de una iglesia, durante los primeros días de la cuarentena.

Foto: Jorge Orozco / El País

II. Afuera

Once de abril de 2020. Los presentadores de los noticieros notifican contagiados, recuperados y muertos en Colombia y en el mundo entero. Cien personas han muerto en mi país, dos mil setecientos nueve están contagiados, hemos corrido con suerte en comparación con los Estados Unidos; quinientos veinticuatro mil novecientos tres casos, veinte mil trescientos ochentainueve muertes. Afuera de la alcaldía hubo aglomeraciones de gente pidiendo comida, han disminuido los homicidios y los robos pero el hambre abraza a varios sectores de la ciudad. Al mismo tiempo, las imágenes de animales salvajes tomándose las ciudades, y de las aguas cristalinas de los ríos corriendo diáfanos me refrescan el pensamiento. Quisiera ser uno de los elefantes que se embriagó con licor de maíz hasta caer pletórico en un profundo sueño en una finca en China, o el zorro que recorre calles de Bogotá por una avenida desolada, o uno de los varios guatines que hoy visita las riveras del río Pance. Recuerdo a mis estudiantes: tienen techo, comida, y familia, sin embargo, antes de salir a estas vacaciones de semana santa, en sus ojos se reflejó la incertidumbre cuando sus rostros se asomaron a la pantalla.

A veinte minutos de aquí, treinta indígenas acinados en una casa de paso esperan una mano amiga que les brinde una ayuda, mis compañeros profesores responden a mi llamado, envían sus direcciones y dejan paquetes con ropa y alimentos en sus puertas, una mujer de los movimientos feministas de la ciudad recoge los encargos, cuando llega a mi casa atareada con los paquetes, hace espacio en su moto y amarra uno más, si el cielo existe ella lo tiene ganado, se ofreció a recorrer la urbe sin que le paguen un peso para abastecer de provisiones a los hermanos nasayuwes que están lejos de sus montañas. Los artistas famosos lloran por las redes sociales, o intentan dar una voz de aliento a sus seguidores, escucho atentamente a Residente por el Instagram, canta “Latinoamérica” en conexión con artistas de otro países, de pronto las ventanas del chat suenan en simultánea, mis amigos están desesperados, somos seres trashumantes en esta ciudad candente. Ana Carolina desparrama el tedio con letras azoradas, me dice que se le hace agua la boca al saber que la ciudad está sola y que imagina atravesándola como una estela, veloz, en su bicicleta, mas sabe que no puede, y abandona la idea pidiéndome un recuento de mi despensa: “lentejas y arroz” le digo, “también un poco de café, tres tomates, una cebolla, cuatro maracuyás”. Mi tía deja escuchar un tele-llanto desde Pereira, es cocinera de un restaurante, tiene tres hijos y su jefe cerró el negocio.

Yajaira, palenquera, mi anfritriona más preciada cuando piso el barro sagrado de San Basilio de Palenque, me cuenta que no ha podido salir a Cartagena a vender sus dulces, la escucho y recuerdo el sabor del caballito, de las alegrías, del dulce de papaya y coco. Mi prima Laura me deja un mensaje, cree que es un momento para crecer como personas, acordarnos de la familia a la que nunca llamamos. Renato me avisa que un huevo y toda el agua que corre por el grifo son sus únicas provisiones en el Distrito de Agua Blanca en el que vive. No estoy frente a ellos pero sus angustias me sacuden el corazón.

Ana Carolina me pide que vaya hasta la puerta de su casa. Me calzo un vestido rosa, un tapabocas azul y cierro a mis espaldas el portón tras el que llevo tantos días resguardada, no hay un alma en mi calle. Llego y me pone dos billetes en la mano: “para que compres lo que necesites”. Es la primera vez que no puedo saludarla con un abrazo cuando la veo, juntamos los destellos de nuestros ojos, iluminados aún por la esperanza que musita una frase de aliento por debajo del azul pálido del tapabocas que nos cubre los labios. Camino hacia la avenida. La calle Quinta por la que hace veinte días me desplazaba con cerveza en mano sintiendo el ánimo ajisoso de la rumba en el cuerpo es ahora un boulevard zombi; habitantes de calle con miradas voraces caminan o se explayan en la acera, uno que otro carro pasa veloz. Paro un taxi, el conductor me rosea con alcohol cuando subo, le pido que me lleve a un supermercado cercano. El carnicero habla con su partener mientras taza una porción de lomo de cerdo: “yo me siento muy joven para morir monstruo”, le dice “y mi cachorro está aún muy pequeño para perderme”.

Llego a casa, aunque no practico la religión católica, pienso que todos los humanos debemos multiplicar en este tiempo los panes y los peces. Renato camina durante tres horas desde su barrio hasta esta parte de la ciudad, llega a mi puerta sudado, no puedo como otras veces chocar mi mano con la suya ni escucharlo rapear mientras mi hijo aplaude, apenas puedo extenderle una bolsa con algunos víveres de los que he comprado en el supermercado y un billete para el pasaje de vuelta. Lo veo alejarse y espero abrirle la sala de mi casa en un futuro cercano, cuando esta realidad sea solo una historia que pertenece a un pasado lejano, ojalá irrepetible. Mi hijo me abraza, otro día desfallece lentamente en el cielo, la luna se abre paso, contemplará una vez más, desde su palco en las nubes, este planeta de humanos confinados y calles desoladas.

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