Alonso Sánchez Baute presenta su novela 'Leandro' en la Feria del Libro de Cali

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El escritor Alonso Sánchez Baute presenta su novela 'Leandro' en la Feria del Libro de Cali

Octubre 13, 2019 - 12:05 p. m. Por:
L. C. Bermeo Gamboa, periodista de El País
Alonso Sánchez Baute

Alonso Sánchez Baute escribió ‘Al diablo la maldita primavera’ (2002) y ‘Líbranos del bien’ (2006). Es columnista de El Heraldo y la revista Semana.

Foto: Jorge Idárraga / Especial para El País

Un ciego cantando a orillas de un río mientras una mujer desnuda se baña. La escena, digna de un cuadro prerrafaelista, podría representar al poeta Homero, quien según la leyenda era ciego, recitando algún fragmento de la Odisea o la Ilíada a una reina griega.

No hace falta ir tan lejos, en realidad, se trata de un episiodio ocurrido a mediados del siglo XX en Colombia, en una aldea perdida del Valle de Upar, y describe solo una de las muchas experiencias maravillosas y, también, dolorosas que vivió el compositor vallenato Leandro Díaz (1928 - 2013), un hombre que como el poeta griego recorrió los pueblos del Cesar cantando sus historias de amores no correspondidos, amistades traicionadas y, sobre todo, de paisajes que nunca logró observar, pero sintió en lo más profundo de su alma.

Llena de belleza y sufrimiento, así es narrada la vida de Leandro Díaz por Alonso Sánchez Baute en su más reciente novela ‘Leandro’ (Alfaguara, 2019). En esta obra el autor recorre la vida del juglar vallenato, pero profundiza en el drama humano, en cómo un hombre ciego, rechazado por su padre desde el segundo día de vida, excluido por una madre temerosa de su marido que nunca lo amó como se merecía; un hombre solitario que creció al amparo de su tía y algunos hermanos, aprendiendo a escuchar la naturaleza y a las personas, a estas para no cometer sus  mismos errores, logró convertirse en un sabio admirado por los más grandes artistas, entre ellos, Gabriel García Márquez que usó un fragmento de la canción ‘Diosa coronada’ al principio de ‘El amor en los tiempos del cólera’.

En diálogo con Alonso Sánchez Baute, quien estará presentando su novela esta tarde en la Feria del Libro de Cali, descubrimos a Leandro el hombre, un ser humano admirable más allá de su música.

¿Qué lo motivó a escribir un libro sobre Leandro Díaz?

Siempre he creído que los escritores venimos al mundo trayendo a cuestas las historias que vamos a contar. Me lo han mostrado los años. Nunca planeo los temas o personajes sobre los que escribo. Con frecuencia investigo sobre asuntos que nunca llevo al papel, quizá porque lo que encuentro en la indagación “no me mueve la aguja”, como se dice coloquialmente.

Con Leandro pasó lo contrario: entre más sabía de él más me preguntaba por qué no se había contado su vida, a pesar de toda su riqueza literaria. Un hombre que nace ciego en la mitad de la nada, que es rechazado por sus padres al nacer, que crece desprotegido y a quien luego se le presenta una epifanía a partir de la cual entiende que ya nada puede ser peor a la soledad infinita que ya había vivido (la soledad en la niñez suele ser mucho peor que en la vejez, porque marca para siempre), así que vuelve la pena y el dolor en un escudo para sobrevivir sin perder la alegría. Ahí hay una novela maravillosa.

“El dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional”, dijo Buda. Por eso no me interesó contar su biografía. Quise más bien ayudarme de la ficción para tratar de entender a este gran hombre, no sólo por su música sino -mucho más- por su calidad humana.

Leandro

La novela ‘Leandro’ será presentada por su autor esta tarde a las 6:30 p.m. en el auditorio Arnoldo Palacios de la Feria del Libro de Cali.

Foto: Especial para El País

Su obra está dedicada a personajes marginales, desde Edwin Rodríguez en 'Al diablo la maldita primavera', pasando por adictos y prostitutas en algunas de tus crónicas. ¿De qué modo Leandro Díaz es también un personaje marginal?

Me gustan los personajes con muchos matices, con contradicciones, que se puedan contar con las tripas, personajes excluidos, derrotados, fracasados. Parafraseando a León Tolstói, “todas las personas felices se parecen unas a otras, pero cada persona infeliz lo es a su manera”. Leandro nunca se consideró a sí mismo un excluido, y no lo fue, pero con frecuencia la discapacidad es vista desde la exclusión.

¿Cuál fue su primera experiencia con la música de Leandro Díaz?

Cuando uno nace en Valledupar oye música vallenata desde que está en el vientre materno, de modo que no tengo idea de cuándo pudo haber sido la primera vez que oí un canto de él.

¿Cómo fue la investigación previa para escribir este libro?

La investigación me tomó entre 5 y 6 años, tiempo en el cual entrevisté a los familiares y amigos más cercanos de Leandro Díaz. Leí lo que se ha escrito de él, vi y oí las entrevistas que dio a lo largo de su vida, seguí sus pasos por los pueblos donde anduvo, escuché sus canciones, leí las que siguen inéditas. Mi idea era saber de él más que él mismo.

La novela, en tanto, la escribí entre octubre y diciembre del año pasado, aunque vale más decir “la teclee” porque, desde el momento en que la concebí, comencé a escribirla en la cabeza, a estructurarla, a definir quién y cómo la iba a contar. Un escritor no escribe sólo cuando está frente al computador. En mi caso, de hecho, eso es lo último que hago.

¿Cómo fue la relación de Leandro con Nacha Díaz, su madre?

Más que sumisa, la madre del compositor fue una mujer temerosa de su marido. Por eso durante los primeros años le dio la razón. Pero algo sucedió en la adolescencia de Leandro que lo llevó a reconciliarse con él.

Leandro Díaz siempre habló de un gran pena en su vida, que no era la ceguera. ¿Usted descubrió cuál era esa otra pena?

Esa gran pena la debe descubrir el lector en la novela.

¿Quién fue Erótida en la vida de Leandro Díaz?

Erótida fue la mujer que le enseñó que existía un mundo más allá de Los Pajales, la que le leía novelas y lo ayudó a creer en sí mismo, a encontrar su valía. La conocí por casualidad un día que visitaba a Carmen Díaz, hermana menor de Leandro, en Hatonuevo. Carmen la mencionó en la conversación: “¿a qué edad murió Erótida?”, pregunté. “No, si ella no ha muerto. Y está más lúcida que nosotros”, contestó la sobrina. Pregunté dónde vivía. “Aquí mismo, a un par de cuadras. Si quiere mi hija lo lleva”. Gritó el nombre de la hija, que apareció ante nosotros dos minutos después. Nos montamos en su moto y condujo hasta donde su tía abuela de 92 años.

Estaba acostada en una hamaca cuando llegamos a visitarla. Era la una de la tarde y hacía un calor que ni en el infierno. Al principio fue renuente a hablar, quizá por el letargo del calor. Luego se tomó su tiempo para contestar mis preguntas. Con esas respuestas, más la información que me suministraron Ivo Díaz, hijo de Leandro, y otros de sus sobrinos, construí el personaje.

¿Cómo fue Leandro como padre?

Leandro tuvo diez hijos con tres mujeres. Uno murió joven. A todos los educó, con muchas limitaciones pero los educó. Él mismo les daba clases de matemáticas y algunas cosas de astronomía que él a su vez había aprendido de la radio. Más importante aún, les dio atención y amor. Y les dio el apellido, que en la costa no solo significa un gesto de responsabilidad, sino también de acogida. Es interesante ver cómo, mientras su padre lo despreció, sus hijos y nietos lo respetaron y admiraron.

¿De qué modo considera que influyeron en Leandro las lecturas que Erótida le hacía?

Leandro fue un hombre muy culto entre los suyos. Hay un detalle interesante sobre la caja repleta de libros que apareció en la finca de sus padres, cuando él era apenas un niño. Los libros hacían parte del programa “Bibliotecas aldeanas” del presidente Alfonso López Pumarejo y de su ministro de Educación. El primer contacto de Leandro con el mundo fue a través de una biblioteca. Esto es muy bonito. Y, ya que estamos en Cali, digamos también que la primera novela que le leyeron fue María, de Jorge Isaacs, por eso la menciona en varios de sus cantos.

¿Cómo la limitación que padeció le ayudó a desarrollar su talento?

La ceguera le permitió camuflar su otra pena porque lo que aún nos duele, lo que nos avergüenza, lo callamos. Y más en una región tan machista como la vallenata, donde los sentimientos se entienden como debilidad. La ceguera aprendió a sobrellevarla, pero el otro dolor lo padeció hasta que murió. Ahora bien, más que en esa limitación yo diría que, para salir adelante, él se apalancó en la soledad. Una soledad tan profunda como la de su niñez es la cuota inicial de la creación porque para sobrevivir se necesita construir un universo propio que en su caso estaba repleto del canto de las aves, de animales salvajes y de naturaleza.

¿Más allá de su música, para ti quién fue Leandro Díaz?

Es una especie de héroe, ¿sabes? Leandro pasó muchísimo trabajo en su niñez, fue una vida terrible la que padeció, porque la ceguera es también una soledad del alma. Él se las arregló no solo para sobrevivir sino, mucho más, para hacerlo con fuerza y picardía. La suya no es la historia cliché de un discapacitado, pues tuvo el valor de enfrentar la soledad para reflexionar y encontrarse a sí mismo. Por eso este libro no es “la historia de un juglar vallenato”. Es más bien una historia de resiliencia. Habla de la capacidad que tenemos los seres humanos para superar las adversidades. Quise contarla porque los colombianos somos más que historias de narcotráfico, guerrilla o de paramilitares. Somos una nación que ha crecido sumida en el profundo dolor de la guerra, en su espeluznancia y su tragedia. Y, aún así, seguimos en pie.

Leandro tuvo la oportunidad, siendo niño, de reflexionar sobre su vida y saber quién quería ser. Aunque suene fuerte, esto fue un gran privilegio porque aprendió a vivir sin expectativas, como los estoicos en la vieja Grecia, a responsabilizarse de su propia vida y a entender que, como dicen por ahí, “rico es el que menos necesita” (y no hablo sólo de dinero). La suya es una historia admirable y un gran ejemplo de honradez y dignidad.

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