Un príncipe en Israel

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Un príncipe en Israel

Junio 28, 2018 - 11:35 p.m. Por: Liliane de Levy

La visita de cinco días que el príncipe William (hijo de Diana y Charles) acaba de finalizar en Jordania, Israel y los territorios palestinos se convirtió en prueba de fuego en el proceso de formación de aquel muy posible heredero del trono en el Reino Unido. Israel la calificó de “histórica” por ser la primera oficial efectuada por un miembro de la familia real británica y también por el disimulado objetivo político que persigue a la vez de querer aparentar ser puramente protocolaria y apolítica. Una tarea difícil que el principiante William llevó a cabo con decoro.

Lo cierto es que mantenerse neutral y procurar parecerlo es una proeza en el Medio Oriente. La región es un hervidero de emociones y pasiones que contagian y queman. Sin embargo, William llegó preparado a cumplir con su misión y ni siquiera trajo a su esposa Kate para no distraerse en el intento.

A grandes rasgos el objetivo de la vista es complejo y ambicioso. Consiste en primer lugar en sacar a su país del aislamiento diplomático y económico causado por el Brexit (su salida de la Unión Europea) y encontrarse de repente solo para resolver los enormes problemas de inmigración ilegal y de lucha contra el terrorismo islamista que envenena la vida de los ingleses. El palacio de Kensington y el Foreign Office apostaron sobre la visita del Príncipe para acercarse a Donald Trump y Vladimir Putin, los dos poderosos actores extranjeros en el Medio Oriente y recordarles quizás que esta región estratégica vivió por décadas bajo ‘mandato británico’. Y todavía se rige por las decisiones administrativas tomadas durante esta época.

Como bien se sabe los ingleses dominaron la región y fueron ellos quienes la partieron y la remodelaron según sus intereses y simpatías. Jordania fue cedida en bandeja de plata sobre más de la mitad de lo que se llamaba Palestina y a gobernantes hachemitas importados desde Arabia Saudita. Israel tuvo su primer reconocimiento como nación antes del Holocausto y antes del voto en la ONU que oficializó su creación en 1948. Fue cuando los dueños británicos de Palestina, que la ocuparon entre 1920 y 1948 después del imperio Otomán, decidieron escuchar las ideas de Arthur Balfour quien en carta memorable en 1917 recomendó la creación de “un hogar nacional” para los judíos en Palestina. Y fueron también los ingleses quienes le adjudicaron los términos Palestina y palestinos en exclusividad a los árabes musulmanes de la región, cuando históricamente todos los habitantes de estas tierras se llamaron orgullosamente palestinos.

Para volverla equitativa y maquillarla de apolítica, la visita de William fue dividida en tres partes iguales; una en Jordania, la segunda en Israel y la tercera en territorio palestino. Con encuentros cordiales y discursos bien con mensajes subliminales, sin herir a nadie. Y muchos simbolismos. Los anfitriones también ayudaron.

En Jordania el rey no dejó entrever sus problemas internos (la primavera jordana) y aprobó con sonrisa en los labios cuando William calificó a Jordania de “estable y moderna”. En Israel los gobernantes parecieron complacidos ante los elogios contenidos en los discursos del Príncipe referentes a la diversidad, avances tecnológicos y extraordinario desarrollo del país y no mostraron enojo cuando llamó al sector de la ciudad vieja de Jerusalén “territorio palestino ocupado”. Y Mahmud Abbas tampoco incomodó al visitante con los reproches que tenía la intención de formularle respecto a aquella Declaración Balfour del año 1917. Dotado de la sonrisa amable y glamorosa de su madre y de su sencillez, y consciente de la importancia de la misión desempeñada, el Príncipe se lució como representante oficial de Gran Bretaña. Felicitaciones.

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