El caso español

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El caso español

Junio 24, 2018 - 11:40 p.m. Por: Víctor Diusabá Rojas

En España prosiguen los naturales ajustes tras el cambio de gobierno, tanto en el poder como en las distintas formaciones políticas. Poco a poco, frente a las obligaciones de cada una de las partes (de un lado, la de quienes tratan de gobernar; y del otro, la de quienes han pasado a la oposición), volverán a crecer las fricciones, incluso las internas en el seno de las coaliciones.

Igual, no deja de sorprender a quienes venimos de otros lados la forma como se asume un intempestivo remezón en la Presidencia del Gobierno, como el que acaba de suceder en ese país. Primero, porque somos parte de otro sistema político. Entonces, al calor de los hechos, lo primero que uno se pregunta estando allí en esos días, tal y como me sucedió, es: ¿Y cómo es que va a asumir el ciudadano de la calle un hecho de tales proporciones? Más aún cuando los vencidos no dudaron en calificar la salida de Mariano Rajoy como ‘golpe de Estado’ (¿o más bien sería autogolpe de la corrupción?).

Imagina uno entonces a la gente tomando todo tipo de precauciones frente a eventuales pronunciamientos o a masivas expresiones de rechazo en las calles. Lo que vi en cambio allí fue cómo mientras el Parlamento votaba, en calles, bares y terrazas de ese país, la vida seguía igual. O casi igual. Con disensos, cómo no, pero con mucho respeto entre las partes. Hasta el punto de que las expresiones fuertes sobre la caída del Partido Popular de parte de algunos terminaron convertidas en lo que fueron, minúsculos casos aislados.

Para el caso, un botón. En la plaza de toros de Las Ventas, en corrida a la que asistió el rey emérito Juan Carlos, alguien gritó en el tendido -en el preciso momento en que el diestro de turno se aprestaba a entrar a matar- “¡Piensa (haz de cuenta) que (el toro) es Pedro Sánchez (como sabemos, dirigente socialista y nuevo jefe de gobierno)!”. El silencio sucesivo de casi 23 mil personas presentes en ese coso taurino sirvió de descalificación a la infortunada exclamación.

Igual impresión favorable de convivencia dejó a las pocas horas ver en la televisión el gesto público de entrega de carteras de los ministros salientes a los entrantes, en esos actos tan particulares en los que los funcionarios que se marchan dejan en manos de sus sucesores un maletín rotulado con el nombre del ministerio a cargo. Delante, además, de decenas de cámaras y micrófonos. Toda una lección de institucionalidad, sin gestos de protagonismo o de provocación.

En cuanto a la vuelta de los socialistas al poder, hay varias lecturas. Una, el valor de la estrategia. “¿Cómo regresan, si ni votos tienen?”, me preguntaba un amigo en Madrid. Precisamente por eso, le respondí, porque en la política los votos quizás no sean lo de menos, pero tampoco deciden todo.

Dos de las medidas de arranque de Sánchez me generaron, para decirlo de alguna manera, simpatía. Una, armar un gabinete en el que la mayoría -abrumadora además: 11 a 6- es para las mujeres, en una sociedad donde la violencia de género (y el machismo con que se aprueba) es cosa de todos los días. Y la otra, la preocupación del nuevo gobierno por atacar de frente la pobreza infantil, tal cual lo hicieron los laboristas en Gran Bretaña hace un par de décadas, con resultados afortunados.

Por supuesto que el resultado de la gestión de Sánchez y compañía, pasará antes por el desafío nada fácil de pactar a cada paso que dé, con sectores radicales como independentistas e indignados. Serán días duros los que vienen, con mucho de esa sinceridad española que suele expresarse en palabras castizas y altos decibeles. En fin, con la controversia como escenario. Como debe ser, porque el verdadero ejercicio de la política (y con ella, el de la democracia) siempre necesitará de alguien en la esquina contraria para hacerse válida.

Sigue en Twitter @VictorDiusabaR

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