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Minas antipersonal en Colombia: el país que volvió a pisar con miedo
Este 4 de abril, cuando el mundo conmemora el Día contra las Minas Antipersonal, Colombia vuelve a encender las alarmas. Tras la reducción lograda con el Acuerdo de Paz, estos artefactos repuntan desde 2021. Hoy no solo se usan contra la Fuerza Pública, sino también en disputas entre grupos ilegales por el control de la minería y el narcotráfico.
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5 de abr de 2026, 11:10 a. m.
Actualizado el 5 de abr de 2026, 11:10 a. m.
El 25 de abril de 2009, el entonces soldado Jhon Freddy Borrero no era el mismo de siempre. En el pelotón tenía fama de hiperactivo. Cuando la tropa se detenía, él avanzaba diez o quince metros más adelante para prestar seguridad. Pero ese día fue distinto.
Se levantaban a las seis de la mañana para iniciar la marcha. Jhon Freddy se quedó dormido. Como si no quisiera empezar la jornada; como si algo le indicara que era mejor no caminar.
— Era como si no dependiera de mí. No me podía parar. Hasta que un compañero me llevó el desayuno y me dijo: “ya todo el mundo está listo y usted durmiendo”.
Se lavó la cara y se cepilló los dientes. Pero algo no estaba bien. Era la primera vez que sentía miedo en el Ejército, pese a que esa mañana no había pasado nada fuera de lo común.

Iban tras un grupo de guerrilleros, unos 300 hombres. Jhon cargaba el lanzagranadas. En la fila se ubicó de cuarto, detrás del puntero. Por primera vez pisaba exactamente donde pisaba el de adelante, como tratando de adivinar el terreno. Avanzaba más despacio de lo habitual.
— Mis compañeros me preguntaban qué me pasaba. Yo mismo no entendía.
A eso de las 9:00 de la mañana llegaron a un caño. El puntero dijo que el agua estaba revuelta, con barro, señal de que la guerrilla había pasado por ahí. Cambiaron la ruta y comenzaron a bordear un cerro en el departamento del Meta.
De repente, pese a todos sus cuidados, Jhon pisó una mina antipersonal con la pierna derecha. Comenzó la emboscada.
— Sentí el bombazo. Me levantó. Quedé aturdido. No sentía dolor al principio. Traté de quitarme el equipo, de pararme, porque estaba boca abajo. Cuando intenté dar el paso, entendí que ya no tenía el pie.
Ese día, la guerra le quitó un trozo de su cuerpo a Jhon Freddy. Años después, cuando el país creyó haber limpiado la mayoría de los campos minados, la guerra volvió a llenarlos.

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Tras la firma del Acuerdo de Paz entre el gobierno de Juan Manuel Santos y la guerrilla de las Farc en 2016, y el avance del desminado humanitario realizado por el Ejército y organizaciones civiles, las víctimas de minas antipersonal en Colombia pasaron de contarse por miles a decenas.
Hoy, según cifras oficiales, 912 municipios están libres de sospecha de estos explosivos. Pero los campos, otra vez, comenzaron a cambiar.
— Las minas nunca han dejado de usarse — advierte el coronel Leonardo Fabio Cárdenas Ortega, comandante de la Brigada de Desminado Humanitario.

— Las utilizan para frenar el avance de la Fuerza Pública, pero hoy hay un cambio: también se usan para enfrentarse entre los mismos grupos armados irregulares.
La disputa por economías ilegales como minería y narcotráfico ha multiplicado el uso de estas bombas que afectan a soldados, civiles o incluso a los guerrilleros o capos que las instalan.
A eso se suma un nuevo escenario del conflicto: los drones que lanzan explosivos en los campos. Algunos detonan, otros no, y quedan activos, a veces cerca de escuelas, de fincas, de carreteras.
Este 4 de abril, cuando el mundo conmemora el Día Internacional para la Sensibilización contra las Minas Antipersonal, entonces, la noticia desde Colombia es esa: estos artefactos, que no solo mutilan piernas sino toda una vida, están aumentando otra vez.

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Las cifras cuentan una parte de la historia. Desde 1990, más de 12.600 personas han sido víctimas de minas antipersonal en Colombia: más de 10.000 han resultado heridas; 2.300 han muerto.
En 2025, el país registró 136 víctimas. En 2026, Norte de Santander lidera los casos, según registros de la Acción Integral Contra Minas Antipersonal (AICMA).
Pero hay un dato que preocupa: 2023 fue el año con más niños y adolescentes afectados desde la firma del Acuerdo de Paz. Es decir: así como cambió el conflicto, también cambiaron las víctimas.
Un informe de Insight Crime lo resume así: en 2024 se reportaron 998 incidentes relacionados con minas antipersonal y municiones sin explotar, un aumento de más del 11 % frente al año anterior, en una tendencia al alza que se mantiene desde 2021.

Camilo González Posso, presidente de Indepaz, advierte que una de las regiones más afectadas es el Catatumbo, en Norte de Santander, frontera con Venezuela, donde se enfrentan el ELN y el Frente 33 de las disidencias de las Farc.
También hay reportes en la zona de reserva campesina del Pato-Balsillas, donde la Segunda Marquetalia ingresó con nuevos hombres a finales del año pasado. Allí se ha documentado el uso de minas y drones en combates con estructuras del frente de alias Calarcá.
En Caquetá, hacia el Guaviare y el bajo Caguán, y en el Cauca, las comunidades indígenas también alertan sobre un incremento del minado. La víctima más reciente fue un familiar del gobernador del Cauca.
— Esto configura un escenario más complejo y riesgoso para la población civil. Aunque en los diálogos de paz que sostienen con el actual gobierno de Gustavo Petro los grupos armados dicen respetar el Derecho Internacional Humanitario, en la práctica no ocurre. Aumentan los campos minados, sobre todo en disputas entre ellos mismos – insiste Camilo.

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El desminado humanitario había logrado devolverle gran parte de su territorio a la gente. Zonas donde antes no se podía sembrar, ni ir a la escuela, ni recoger agua en el río, volvieron ser seguras para un acto tan vital como caminar.
Sin embargo, tras el recrudecimiento del conflicto armados, también hay municipios donde después de la limpieza de las minas regresó el peligro.
En el Valle del Cauca, en municipios como Jamundí, los soldados que se encargan de desactivar las minas han tenido que detener operaciones por seguridad.
— Antes trabajábamos en áreas consolidadas. Hoy ya no existen – explica el coronel Leonardo Cárdenas, comandante de la Brigada de Desminado Humanitario.

Lo que hace la Brigada ahora es zonificar municipios: trabajar en pequeños territorios donde no llega la guerra. Sucede en ciertos de sectores de Silvia, Cauca. En los días del postconflicto, tras el Acuerdo, en cambio, era posible desminar municipios enteros.
- Actualmente tenemos 92 municipios pendientes por intervenir y se están interviniendo 118, para un total de 222 en proceso. En total, se han declarado libres de sospecha de minas 350 municipios que estaban afectados, en un trabajo conjunto entre organizaciones civiles de desminado y la Fuerza Pública, aunque la mayor parte de las labores las ha realizado el Ejército. Además, se han entregado 37 zonas y veredas libres de sospecha de minas - agrega el coronel.
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A las minas las llaman “el combatiente perfecto”. Pueden estar bajo tierra, en el agua o colgadas de la rama de un árbol. Se camuflan con metal, con tubos de PVC o con madera. Y su costo sigue siendo mínimo: con menos de 20 mil pesos se puede fabricar una y marcar una vida para siempre.
Desde la Acción Integral contra Minas lo explican sin dudarlo: una mina no tiene un objetivo específico. Puede afectar a cualquiera: un niño, una mujer embarazada, un campesino, un soldado. Por eso es una de las armas más cuestionadas por el Derecho Internacional Humanitario.
Fernando Aguirre, quien trabajó en Cali en la rehabilitación de heridos en combate a través del deporte, lo sentencia:

— Cada vez vemos más civiles afectados. Si esto no se detiene, Colombia puede volver a escenarios que ya conoce demasiado bien, como tener miles de mutilados al año. Durante mucho tiempo el país fue el segundo con más víctimas de minas en el mundo. El espejo siempre ha sido Afganistán. Y allá, la mayoría de las víctimas son civiles.
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El soldado Jhon Freddy Borrero tenía tres sueños de niño: ser militar, futbolista (es hincha del Nacional pese a que nació en el Valle del Cauca) o cantante.
En el Ejército, en los ratos libres, cantaba música llanera con sus compañeros.
Después de la explosión pasó meses hospitalizado en Villavicencio y Bogotá, donde conoció a un entrenador de voleibol sentado que trabajaba con soldados mutilados.
— Al principio yo decía: “eso es para niñas”. Pero empecé a entrenar, le cogí amor. Fui parte del primer equipo que luego sería la base de la Selección Colombia.

Luego se trasladó a Cali y continuó entrenando, esta vez con Fernando Aguirre, fundador del Club Deportivo Disfad, integrado tanto por soldados víctimas de minas, como por guerrilleros que pasaron por lo mismo.
Jhon Freddy también incursionó en el levantamiento de pesas, incluso llegó a ser campeón nacional, pero una lesión lo obligó a parar. Y sin embargo, había algo que aún no estaba bien.
— Sentía un vacío. Lo llené con la música.
Empezó cantando en karaokes, interpretando canciones de Romeo Santos. Le decían “Romeo” por la voz. En 2018 lanzó su primer sencillo, ‘Te confieso’. En 2020 publicó un álbum: ‘Volví a nacer’. El título no era casual.

—Eso fue justo lo que me pasó después de pisar la mina.
Hoy tiene 20 canciones, entre inéditas y versiones. Está por lanzar un nuevo sencillo: ‘El dolor de una traición’.
Su nombre artístico es John Freddy Santos, no por el cantante de bachata, sino por una convicción espiritual. Después de la explosión se acercó a la iglesia. Hoy hace parte de un coro en El Cerrito, Valle, su tierra. En un país que vuelve a llenarse de minas, su historia es también una advertencia.
— Ojalá los grupos armados cambien ese pensamiento. Con las minas no vamos a llegar a ninguna parte. Tenemos que vernos como hermanos. Porque así como me pasó a mí… hoy le puede pasar a cualquiera.
Porque en Colombia, otra vez, el miedo está enterrado bajo tierra.
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