Los últimos sastres de Cali, sobrevivientes de una profesión en extinción

Los últimos sastres de Cali, sobrevivientes de una profesión en extinción

Septiembre 19, 2014 - 12:00 a.m. Por:
Santiago Cruz Hoyos | Reportero de El País
Los últimos sastres de Cali, sobrevivientes de una profesión en extinción

Segundo Ricardo Sevillano, sastre del barrio Nueva Tequendama.

El arte de confeccionar ropa sobre medida está desapareciendo. De a poco, las sastrerías se convierten en clínicas de ropa y a los jóvenes no les interesa aprender el oficio. Crónica de un mercado descosido.

Samuel Osorio dice que uno de sus mejores clientes es un hombre tan grande como King – Kong. Por su altura y su peso, Kin - Kong jamás consigue una prenda de su talla, entonces no le queda más remedio que comprar una tela y acudir a la sastrería. La de Samuel está ubicada en el barrio San Fernando de Cali, aunque él advierte que en estos tiempos de pague uno y lleve dos, más que sastrería, su local es una clínica de ropa. El negocio ahora son los remiendos, no los trajes sobre medida. Que King – Kong le encargue un pantalón es tan extraño como un gorila en una autopista. En la sastrería de Segundo Ricardo Sevillano, en Nueva Tequendama, sucede algo parecido. Aunque Segundo está frente a su máquina de coser elaborando un pantalón gris, calcula que en el mes los clientes que le encargan confeccionar una prenda son, si acaso, dos. El resto del trabajo consiste en hacer ajustes de ruedos, cambios de cierres, reducción de tallas. Atrás quedaron las décadas del 60, 70 y 80, cuando los ciudadanos acudían al sastre con frecuencia y en la calle se veían hombres y mujeres elegantemente vestidos con trajes confeccionados en telas importadas. Samuel, de hecho, está seguro que sus mejores días como sastre ocurrieron entre 1982 y 1986, durante la presidencia de Belisario Betancur. También está seguro que la debacle vino durante el gobierno de Andrés Pastrana. La política condiciona de manera sutil asuntos tan aparentemente íntimos como la manera de vestir. También, por supuesto, la economía. Durante el proceso 8000 que se abrió contra el expresidente Ernesto Samper después de haber sido acusado de financiar su campaña electoral con dineros del narcotráfico, y la persecución a los capos, algunos sastres evidenciaron una notable disminución de sus ingresos. De repente dejaron de llegar a sus talleres carros repletos de telas y conducidos por señoras que les dejaban generosas propinas con tal de tener sus atuendos listos lo más pronto posible. Sin embargo, aclara Segundo, el negocio no se vino a pique por ello. Todo cambió desde que comenzó a ingresar a Colombia ropa proveniente de China, Panamá, Arabia. “Baratijas” de la apertura económica que descosieron, literalmente, los precios.Entonces - Segundo hace cuentas - hoy, con cien mil pesos, una persona puede comprar dos o tres pantalones no muy finos, “de combate”, y tal vez hasta le quede dinero para ir al cine.En cambio, si acude al sastre, un solo pantalón le saldría por los mismos cien mil pesos: cincuenta en la tela, y otros cincuenta en la mano de obra. Los antiguos clientes de los sastres están ahora en las grandes cadenas de ropa de los centros comerciales que además de un precio cómodo y la posibilidad de diferir las compras hasta 48 meses, ofrecen promociones imperdibles: compre una prenda, lleve la segunda a mitad de precio. A veces la segunda es gratis. Julián, el sastre de la Sastrería Vargas, está de acuerdo en que la esencia del oficio – confeccionar ropa sobre medida – está desapareciendo. Además de las crisis económicas y los precios bajos de los almacenes, advierte, otra de las amenazas es que las telas de moda no se consiguen con facilidad. Las multinacionales absorben la producción. Eso también obliga al cliente a comprar en el centro comercial. Mientras tanto, los sastres desaparecen. Algunos han muerto de viejos. Otros han cambiado de oficio debido a la poca rentabilidad. Y lo peor es que no hay quién los reemplace. A los jóvenes no les interesa en lo más mínimo ser sastres. Segundo dice que perdió “el envión” con tanta gente que preparó en su sastrería. Si acaso Julio, que vive en España y confecciona sacos, es el único que siguió en el oficio. La modista María Inés Díaz asegura que no ha tenido un solo ayudante en los últimos dos años pese a permanecer a tope de trabajo. Samuel, en San Fernando, cuenta que una sobrina lo ayuda de vez en cuando. Un día va, otro no. Julián, de la Sastrería Vargas, se ha pasado meses buscando ayudantes. A pesar del desempleo en la ciudad (según las cifras oficiales 190 mil personas están sin trabajo) nadie llama. Los jóvenes que se interesan por la industria textil anhelan ser, si acaso, diseñadores de modas: sentarse, pensar un modelo, dibujarlo, pero ni de fundas sentarse a confeccionar, se queja Julián, aunque los entiende. En promedio, un sastre gana al mes un poco más de un salario mínimo. Hace cinco siglos, en el Renacimiento, en cambio, los jóvenes anhelaban ser sastres. Los consideraban artistas. También simbolizaban poder, estatus y sobre todo, elegancia. Segundo, vestido con una camisa verde a rayas, pantalón beige, corrector de postura, lentes de aumento, cuenta que aún a sus 60 años recuerda la lección que le dio su padre cuando era niño- Un sastre debe estar tan bien vestido como para imponerle la moda al cliente.En el traje de Segundo no se observa ni una sola arruga. Algunos clientes del pasado le exigieron que los pantalones deberían quedarles tal cual al suyo. Segundo sonríe mientras lo cuenta. En la pretina de su pantalón carga un metro.Cuando su padre le enseñó que debía imponerle la moda la cliente, la sastrería era tan rentable como para sostener a toda una familia. Tal vez no hacía a nadie millonario, pero permitía vivir sin estrecheces. Era tal el trabajo, que los niños debían aprender el oficio para ayudar a sus padres. La vida de Segundo transcurría entre el colegio y la máquina de coser. Aquellos eran tiempos en los que el orden de las cosas era diferente. Incluso el lenguaje. Segundo, que nació en Barbacoas, Nariño, se llama así porque en la época el hijo que llevaba el mismo nombre del padre era llamado Segundo, no como en la actualidad, Junior.Sin embargo, hay ciertos gajes del oficio que pese al paso de los años no han cambiado. Los accidentes siguen siendo los mismos. Todo buen sastre se ha quemado planchando una prenda. Aún sucede. A todo buen sastre se le ha quedado un pantalón atascado en la máquina de coser y ha echado a perder la tela. Y tal vez sigan padeciendo de un trastorno mental leve no confirmado por la ciencia pero descubierto por el escritor Gay Talese, hijo de un sastre.Según Talese, los sastres padecen de una suerte de melancolía prolongada que estalla de cuando en cuando en ataques de cólera. El trastorno se debía a las excesivas horas de trabajo lento, exigente y microscópico que avanza puntada tras puntada al tiempo que se reflexiona sobre los problemas personales, el pasado, las pérdidas.En resumen, escribía Talese, el hombre, cuando cose, tiene un exceso de tiempo para pensar y a algunos sastres eso los hace estallar de un momento a otro encendidos en ira.Segundo, mientras cose, medita sobre lo difícil que es hacer empresa en Colombia. Los impuestos también son una amenaza para la supervivencia de la sastrería, asegura. Hace una mueca de molestia pero enseguida sonríe al recordar un dato: diciembre es el único mes del año en que no tiene descanso.La gente que compra ropa en los centros comerciales la quiere ajustar a su medida y altura lo más pronto posible para la fiesta de año nuevo o tenerla lista para regresar a su país. Pese a todo, Segundo tiene clientela internacional. En realidad no todos los sastres consideran que el oficio se esté extinguiendo. Gustavo Sarmiento, 65 años, sastre desde los 16, dice que a su sastrería aún acuden personas de buen gusto que prefieren un traje a medida y horma perfecta a uno adquirido en un almacén. Sus clientes son, sobre todo, ejecutivos. El ‘target’ puede determinar el éxito o el fracaso del negocio. En la sastrería de Gustavo ni siquiera se presta el servicio de reparaciones de ropa, por cierto. Siempre debe haber una excepción a la regla. En este caso, dos. La modista María Inés Díaz insiste en que está a tope de trabajo. “Permanezco todo el año en temporada alta”, dice, y eso se lo explica porque ha logrado tener una clientela fiel durante 40 años. Hay familias con sastres y modistas de cabecera que les han confeccionado los atuendos generación tras generación. Por su parte, en San Fernando, Samuel reitera que a mucha honra come y paga el arriendo, exclusivamente, de las reparaciones. En su caso, hace mucho que Kin – Kong no pasa para encargarle un nuevo traje y que otros clientes lo empiecen a hacer sería tan raro como un gigante.

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