"Los hombres que agreden son terriblemente normales", dice la socióloga Elizabeth Gómez

"Los hombres que agreden son terriblemente normales", dice la socióloga Elizabeth Gómez

Octubre 14, 2018 - 08:00 a.m. Por:
Paola Andrea Gómez P. / Jefe de Redacción de El País 
Elizabeth Gómez, socióloga.

La socióloga Elizabeth Gómez explica cómo funcionan las violencias de género y cuáles son las nuevas masculinidades que están surgiendo. ¿Puede un hombre ser feminista?, ¿Las mujeres son responsables de las agresiones que sufren?, estas y otras preguntas las resuelve ella en este video.

Paola Andrea Gómez / Jefe de Redacción de El País

Los hombres que agreden a una mujer no son monstruos, ni unas figuras malignas de película de ciencia ficción. Es más, muchos ni siquiera son conscientes de que hacen algo malo, porque en su mente, en su cotidianidad, la violencia está normalizada, es propia de su tradición de dominación y fuerza.

En cambio, de manera antagónica, están surgiendo otro tipo de masculinidades, más conscientes y respetuosas, que transgreden esa identidad masculina que ha sido minimizada en la virilidad y en la fórmula de las tres p: el hombre que penetra, protege y provee.

Estas son las dos caras que plantea Elizabeth Gómez Etayo, jefe del departamento de Humanidades de la Universidad Autónoma de Occidente, en su libro ‘Ni ángeles ni demonios, hombres comunes’.

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La socióloga, con doctorado en Ciencias Sociales y énfasis en temas de género, abordó en su investigación perfiles de hombres agresores y hombres feministas para explicar cómo funcionan sus lógicas y desmontar las ideas preconcebidas en ambos escenarios.

La especialista, que pronto lanzará otro libro sobre el tema titulado ‘Entre amores y moretones’, conversó con GACETA sobre estos dos temas de candente actualidad:

Una de las conclusiones que arroja su investigación es que el problema de los hombres agresores es que son terriblemente normales. ¿Cómo se explica eso?

La conclusión resulta aplicando el concepto de normalidad que aborda la teórica Hannah Arendt, como parte del cubrimiento que hizo del juicio a Adolf Eichmann en Jerusalén (responsable de decenas de crímenes de judíos en la II Segunda Guerra Mundial).

Para Arendt, Eichmann no era el monstruo que esperaban, porque los nazis son ‘asustadoramente’ normales, ellos hacen el mal y no les parece que esté mal, porque es lo que la sociedad les dice que hagan.

Trasladando esa teoría al tema de la violencia de género, hicimos un trabajo en Recife que es una sociedad del nordeste brasilero donde hay una alta incidencia de casos de maltrato. Al preguntarles a los hombres si sabían que la violencia contra la mujer era un delito nos llamó la atención que contestaron “cómo así que es delito, cómo va a ser delito lo que toda la vida se ha hecho”.

La socióloga Elizabeth Gómez

A fin de año, Elizabeth espera presentar su libro ‘Entre amores y moretones’, que sigue en su línea de investigación.

José Luis Guzmán / El País

¿Y cómo se evidencia eso en nuestra realidad colombiana?

Para nuestro contexto es parecido. A los hombres los han educado para demostrar su masculinidad a través del poder y la dominación. Y las formas en que los hombres socializan son en espacios de fuerza.

Nuestra cotidianidad está llena de esas frases comunes que en el contexto académico podríamos decir “eso ya no pasa”, y sigue siendo así.

El hombre debe demostrar que es hombre. Por ejemplo, hay juegos como el de ‘quien lanza el orín más largo, gana’. Incluso juegan a quien logre escribir su nombre con el orín. ¿Qué demuestra culturalmente eso? Quién tiene más potencia sexual.

Los hombres que agreden son absolutamente normales, no son el monstruo del pantano. Cuando en una pareja hay una agresión, la gente dice “yo ahí no me meto” porque es normal no meterse, es el mundo posible que él la agreda a ella, aunque yo no esté de acuerdo. La tesis de que es normal es que no nos espantemos de que sea así, porque hemos crecido en ese contexto.

En otro capítulo usted propone que haya una ruptura entre socialidad y sociabilidad en esas relaciones de hombre y mujer.

El sociólogo francés Michelle Maffesoli plantea que la socialidad es cuando usted rompe con la norma y eso no es fácil. Por ejemplo, cuando en un círculo de hombres se reproduce el chiste machista no pasa nada, pero eso es lo que está alimentando la cotidianidad. Cuando un hombre dice “no le tocaría un pelo a una mujer”, yo ya no me río de eso, yo hice conciencia, por mi hija, mi hermana, mi esposa, caí en cuenta de qué me estoy riendo de algo que no es gracioso, que insulta. Nos reímos del gordo, el flaco, el negro, el pastuso, el cojo. Eso es normal, es la sociabilidad. La socialidad es cuando rompes ese patrón.

Uno de los hombres autores de violencia de género que usted retrata en el libro es Federico, quien ha tenido tres relaciones violentas, y de quien sus amigos dicen que le gustan ese tipo de relaciones…

Esa investigación viene de otra que aún no ha salido y cuyo libro se llama ‘Entre amores y moretones’. En las relaciones de pareja es muy común la violencia, lo que pasa es que salen a la luz pública cuando es insostenible, pero es normal.

Cuando uno entrevista a una mujer que está en ese tipo de relación, ella dice que no quiere que se acabe sino que el tipo cambie, son duplas que se atraen. Hay un agresor y una agredida, y esto es complicado de explicar porque no estoy justificando la agresión, pero hay algo que los engancha. Y salir de ese círculo vicioso no es nada fácil.

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¿Por qué esas mujeres que viven entre amores y moretones normalizan esa situación?

Para la investigación recogí muchos testimonios de amigas y gente cercana que me decía “el día que me llegue a pegar hasta ahí llegamos”. Pero llegó el día y siguieron, porque el tipo dice que se arrepintió. Hay otro tipo de relaciones en las que les hicieron creer que no era violencia, por ejemplo tratarla con insultos delante de sus amigos, pero como estaban en público, con tragos en una reunión, “no quise hacer escándalo”, dice una de las agredidas. Hubo un caso de una amiga que me dijo: “Una vez mi novio me tiró una taza de café caliente en la cara en una reunión de amigos, porque lo contradije”. No me pidió perdón y yo no le dije nada. Y así hemos acumulado historias de este libro que esperamos salga el fin de año.

En ‘Ni ángeles, ni demonios’ hay otro agresor que usted describe, que es el intelectual que estuvo a punto de ser rector de una universidad, que aunque no golpea piensa que la mujer no está a su altura para entablar una conversación, que calladita se ve mejor.

Para mí ese testimonio y otro similar de un profe fueron muy impactantes, porque cuando uno hace investigación le piden que haga la entrevista y no pierda la calma. Cuando pasó el tiempo y escuché lo que dijo, me indigné. Es que dice cosas como esta: “Las mujeres a mí no me dan el nivel” o “hay mujeres que son tan interesantes para hablar que parecen hombres”.

Cuando le hice la entrevista estaba minimizado en su masculinidad, porque se encuentra en un centro de rehabilitación para drogas. La misoginia, el sexismo, son esas violencias simbólicas, invisibles, sobre las cuales se estructura la violencia física. Hay un profesor de violencias de género que dice que usted tiene que identificar que a la mujer antes de que le peguen físicamente ya le pegaron en su mente cuando le dijeron que era inferior, que solo está para el sexo y para hacer hijos. No es un par, no es otro con el que se pueda hablar; es lo que dijo Simone de Beauvoir en ‘El segundo sexo’.

Otro perfil es el de Beltrán, el expolicía que en una discusión le dice a la pareja “no me lleves más ahí, que no te quiero golpear”. Ella sigue la discusión y él la golpea...

Es tremendo que cuando uno conoce lo que pasó dentro de la relación, y hace una investigación para comprender, termina victimizando más a la víctima. Pero la intención real es que comprendamos cómo operan el mundo masculino y femenino. Entonces es cuando digo que viven “entre amores y moretones”. A las mujeres nos han criado para calmar y para insistir en solucionar, también buscando un reconocimiento a través de la violencia. Y eso es lamentable. No estoy justificando esa conducta, una mujer así necesita terapia, porque si ya le ha pasado varias veces y él le dice “déjame ir”, por qué no lo deja ir. ¿Qué quiere demostrar?

En otro testimonio de ‘Amores y moretones’, el hombre dice: “Sí, yo la agredí”, pero quién sabe qué pasó antes de la agresión, si es algo que tiene que ver con la sexualidad. La posesión, el control, ¿finalmente qué está controlando? La intimidad.

¿Cómo influye el factor intimidad en esas relaciones explosivas?

A la mujer le han dicho “usted con ‘eso’ lo controla, dele lo que quiere y lo va a tener en la casa”.

En una historia de la investigación él dice: “Yo le pegué, pero lo que pasó es que nosotros nos estábamos separando y ella una noche empezó a seducirme y yo pensé ‘esto se arregló’, y cuando estoy bien caliente la mujer me dice ‘no se lo voy a dar’, entonces me salí de la ropa y le pegué”. Hay que saber de biología, de cómo operan las hormonas, hay momentos en que uno no se controla, está con el deseo exacerbado; claramente tiene más fuerza el hombre que la mujer. Ella sabe que está al límite, ¿por qué lo lleva ahí? No para culparla sino para poder estudiar la situación.

En redes sociales leía sobre el caso de los actores Alejandro García y Eileen Moreno. Alguien decía que la culpa era de ella porque lo llevó al extremo, que es como el gallo de pelea: lo chuzan para que entre bravo al combate.

Él pudo operar de otra manera, claro está. Pero no sabes si allí hubo sexo, drogas o alcohol o qué incide en que todo opere de esa manera. Hay muchas situaciones de provocación de mujeres y de hombres. Somos animales.

Hace poco les decía a unos profesores hombres en una capacitación, “¿qué circula en los grupos de Whatsapp de hombres?” Todo el mundo lo sabe. Todo este armatroste que llamamos cultura no nos está ayudando a controlar esta animalidad, al contrario nos la exacerba todo el tiempo. Hay una cosificación y una hipersexualización de la vida. Mire cien imágenes de portadas de revista. Mire las redes, la publicidad. Eso exacerba.

Libro de la socióloga Elizabeth Gómez

Hacer conciencia de que la violencia contra la mujer sí es un delito, es otra de las prioridades que aborda el texto.

Archivo de El País

En esos casos usted explica también cómo han influido los patrones de crianza.

Es que se nos perdió la norma, la regla, el límite entre el bien y el mal y hasta dónde podemos llegar. En el caso de la norma masculina es muy ambigua, porque les dicen “no puede agredir a una mujer” pero la puede cosificar y una vez cosificada es un objeto y la minimizo, no la trato como a una persona.

Ya no cría solo la familia convencional. Las mamás salimos a trabajar. Crían los jardines, las escuelas y allá llegan otros niños con otras normas, entran los medios, las redes. Y en estos momentos de híper tecnologización es muy difícil poner normas. Establecer la hora de desconectarse de los aparatos, de la comida, del almuerzo, de dormir.

Pasa por ejemplo con los universitarios que no traen una disciplina. No respetan la norma. En ese contexto, yo no sabría si en la actualidad hay más violencia de género o es que ahora se está publicitando más.

Hombres feministas

En la segunda parte de la investigación usted plantea el tema las nuevas masculinidades. ¿Cómo define ese universo?

Hay un sicólogo argentino, Sergio Sinay, que habla de la crisis de la masculinidad. En 1994 hubo una campaña del lazo blanco, que empezó en Canadá, c uando un joven entró a una universidad y mató a 14 chicas de una facultad de ingeniería y luego se suicidó. Él antes de suicidarse dijo: “No soporto a las mujeres en la ingeniería”. Al respecto, el profesor Michael Kaufman dice: “Yo no puedo seguir siendo hombre, viendo que esto pase. No solo hay que rechazarlo, sino comprometerse en otra forma de ser hombre”.

La vieja masculinidad es la de las tres p: el hombre que penetra, protege y provee. La nueva masculinidad le está diciendo al hombre sujeto masculino que las mujeres se la están pensando, se protegen a sí mismas, han decidido estar solas, no todas quieren tener hijos, trabajan independientes. Así llega una oleada de hombres que se re piensa el haber actuado como lo han hecho históricamente.

Uno de los hombres feministas de su investigación dice, por ejemplo: “lo que tenemos entre las piernas no puede ser lo que guíe nuestra conducta”.

Esa definición es muy interesante, porque la identidad masculina ha sido minimizada en la virilidad. Eso lo dijo Elizabeth Badinter, sicoanalista francesa y filósofa. El hombre en nuestra sociedad tiene que demostrar que es hombre. La mujer tiene los hijos, pero el hombre tiene que demostrar que los hijos son de él. Los órganos de la mujer son internos; los del hombre son externos; un hombre sin erección no es hombre. Entonces, este hombre feminista dice: “Ya me cansé de demostrar que soy hombre, porque aún siendo heterosexual no quiero tener sexo. Ya no me autodetermino por la sexualidad”. Cuando un hombre identifica eso se libera del peso de estar demostrando con la potencia sexual, lo que al final con el tiempo es muy desgastante.

Otro de los perfilados cuenta que tuvo dos modelos: el de su abuelo bonachón y de la cultura patriarcal, y el de su papá cariñoso, que no lo codeaba para que viera una mujer en la calle. Él eligió quedarse con el segundo modelo...

Un profesor me decía: “Ojo que una cosa es el patriarcado y otra cosa el machista”. También hay que considerar que el machismo no necesariamente se expresa con violencia; también se expresa con no dejar hacer a la mujer, o con poner a su servicio la familia en función de atenderlo, que era el caso de ese abuelo. Pero como era cariñoso nadie lo veía mal, es funcional. En un contexto cultural en el que el hombre era el proveedor y la señora se ocupaba del hogar no había un agresor. Pero si lo vemos con ojos contemporáneos entendemos que está manipulando a todo el mundo para que lo atienda. Hay que distinguir entre machismo y patriarcado, porque el patriarcado implica bienes, patrimonio. Hay machistas que no son patriarcas, pero culturalmente esta sociedad, que es patriarcal, nos ha dicho que el hombre aunque no tenga un peso es el que manda.

También está el caso del que dice que no sabe qué significa ser feminista y que ese es un asunto que lo atormenta hace 15 años...

Sí, porque él no quería que pasara y pasó. Es un debate en el feminismo. El que quiera contribuir que contribuya y si eres capaz de ponerte en el lugar del otro, puedes aportar. Hay un feminismo radical que está peleado con los hombres. Entonces dicen que los hombres son machistas arrepentidos. Así concluyen que el hombre podrá ser un buen colaborador, pero feminista jamás. Es una visión muy esencialista de creer que hay que estar por dentro del alma femenina de la mujer para poder ser feminista.

Él se siente feminista porque le parece injusto que traten a las mujeres de manera distinta y siempre se solidariza con ellas.

¿Qué podemos hacer las mujeres para no estar solo en la posición de víctima y protesta y contribuir a que se rompan esos círculos de violencia de género?

Hay un libro muy lindo que se llama ‘Mujeres que corren con los lobos’ y allí hay una metáfora con la que le respondería: “Ve a recoger tu huesera”. El libro es de Clarissa Pínkola, una psicoanalista húngara que ha recogido historias de tradición oral de muchas culturas del mundo y quien concluye que las mujeres hemos perdido nuestra conexión interior. Cuando una mujer permite que le roben su íntimo deseo, su íntima conexión, pueden hacer con ella lo que quieran.

¿Eso tiene que ver de alguna manera con el empoderamiento?

El empoderamiento, que es una palabra acuñada del inglés, dice que las mujeres tenemos que conquistar primero lo íntimo, luego el espacio público, la política, lo laboral. Pero primero hay que conquistar lo íntimo, que ha sido mal visto.

En esa ruta, la mujer tiene que ser como el lobo que trabaja en manada, que es sabueso, olfatea y está conectada con su intuición. ¿Qué te pasó que perdiste tu conexión? Olfatea el peligro y huye de ahí.

Yo les diría a las mujeres, crean en su intuición. El mundo está lleno de cafres pero usted no se conecte con ellos, conéctese con otra cosa, pregúntese por qué está enganchada ahí. Pero, vía cosificación, la mujer se ha desconectado.

Si la mujer se fortalece internamente, en consecuencia el hombre tiene que transformarse. Debemos relacionarnos de otra forma.
La mujer hace por ella, por el mundo, por la vida, por los hijos, por la familia, cuando se reconecta.

Llevamos cien años de lucha por la conquista de lo público, por el voto, y todo eso hay que hacerlo. Pero si eso es superficial, del mundo para afuera, entonces es débil, hay que hacer esas transformaciones para no perder la conexión.

¿Y cómo hacer para que haya más hombres feministas?

Los hombres solitos están llegando, no hay que buscarlos, ni proponerles, pero debemos tener una apertura, un acogimiento. ¡Cómo nos van a llegar si los echamos! Hay que acogerlos, vengan para acá.

Hay compañeros a los que puedo hacerles caer en cuenta, “oye, pilas con lo que estás diciendo”.

Hace poco tuve un profesor hombre con puras mujeres en su clase y todo el tiempo se refirió a nosotras en masculino. Yo ya no me paso eso. Luego dice, “como ustedes son mujeres les voy a hablar de cosas que entiendan”. Y es excelente persona, pero en esos casos les digo y hacen clic, entienden el error.

En otra situación, un profesor me dijo: “Vamos a identificar la identidad del hombre vallecaucano”, a lo que le contesté “entonces estoy por fuera de la investigación” y me ripostó “ay no, no, no, yo sé que tú me entiendes”. “No, hace rato que yo no entiendo eso”, le dije. Si nuestro lenguaje es tan rico, por qué lo reducen. Se puede buscar la forma de ser incluyente desde el lenguaje y, sobre todo, desde las maneras en que abordamos e interpretamos un mundo que es de hombres y mujeres por igual.

“Los hombres feministas entrevistados relataron que en su infancia y juventud hubo una socialización que los conduciría a ser hombres tradicionales, con valores patriarcales. Pero ellos decidieron optar por otros caminos”.

"Hay otro debate muy fuerte y es el de si las mujeres trans son mujeres, y si las dejamos entrar al feminismo. Sobre eso pienso que hay que romper todos esos guetos, porque cada quien puede aportar desde su propia mirada".

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