Cali
Los comedores comunitarios del oriente de Cali que ahora cocinan con energía solar
El programa Hogares Energéticamente Sostenibles impacta comedores comunitarios y viviendas de estratos bajos. Testimonios y cifras muestran reducciones en el gasto de más del 50 % en varios casos, pero también inconformidades por la ausencia de baterías para el almacenamiento de energía.
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25 de ene de 2026, 04:31 p. m.
Actualizado el 25 de ene de 2026, 04:31 p. m.
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A las seis de la mañana, cuando el barrio todavía bosteza, los comedores comunitarios ya están despiertos.
Es Llano Verde, en la Comuna 15, en el oriente de Cali, donde el hambre no espera y las ollas deben encenderse antes de que el sol termine de subir.
Andrea Mina es la gestora principal del comedor y de la Fundación ONG El Buen Samaritano. Desde septiembre pasado, su cocina funciona con paneles solares instalados tras una convocatoria que priorizó a los comedores comunitarios del sector.
Antes, el gasto en energía era una carga constante. Aquí la cuenta de la energía no llega a fin de mes: se compra por adelantado. “Recargábamos $25.000 cada día de por medio. Al mes eso eran casi $500.000”, recuerda.
Ahora la cuenta es otra, al menos en parte: “Hay una reducción de casi un 40 %. Ya no recargamos día de por medio, sino dos veces a la semana”.

El alivio existe, pero no es completo. Andrea habla con mesura, reconoce el ahorro, pero también marca los límites del sistema. Los paneles funcionan mientras hay sol y la recarga no se agote. Cuando eso pasa, todo se apaga. No hay una batería que almacene la energía.
Ahí entra la voz de su madre, que irrumpe en la conversación. “Los paneles también se mueren”, dice. Y luego insiste: “No le encuentro la lógica a los paneles sin batería”.
La escena se repite varias veces. Andrea intenta describir el funcionamiento técnico como se lo explicaron desde Emcali —la alternancia entre energía solar y energía convencional—, pero la madre vuelve a cuestionar. Habla de apagones recientes que terminaron dañando un congelador, de carne que se pudrió, y de la carrera improvisada para no perderlo todo: mezclar el hielo con lo poco que quedaba frío, mover los alimentos entre neveras pequeñas, aguantar así durante dos o tres días mientras llegaba el técnico.

El comedor atiende a unas 120 personas al día. El almuerzo cuesta $3000, aunque no tenerlos nunca es motivo para quedarse sin comer.
“Donde come uno, comen muchos”, dice Andrea, casi como un lema. Pero sostener ese equilibrio frágil implica algo más que voluntad: que la energía no falle y que las neveras no sufran bajones de voltaje.
“Para nosotros, como comedores, es un riesgo que se nos dañen los cárnicos”, indica.
Ese mismo riesgo se vive puertas adentro, en las casas del barrio, donde los paneles también llegaron con promesas de alivio.
El proyecto desde Emcali
El programa Hogares Energéticamente Sostenibles comenzó a estructurarse hace cerca de tres años.
Según explicó Emcali, el objetivo central es “reducir los costos de energía eléctrica en hogares de estratos 1 y 2 de Cali”, mediante la instalación de sistemas solares fotovoltaicos diseñados para cubrir las cargas básicas de las viviendas.
Para su ejecución, la empresa suscribió un contrato con el Fondo de Energías No Convencionales y Gestión Eficiente de la Energía, Fenoge, con una duración inicial de 30 meses y cierre previsto para enero de 2026.
Cada sistema instalado está compuesto por cuatro paneles solares y alcanza una capacidad de hasta 2 kilovatios por hogar.
La selección de los beneficiarios priorizó casas ubicadas en sectores normalizados y población considerada vulnerable, como madres cabeza de hogar y familias con personas en condición de discapacidad.
El proyecto comenzó en Potrero Grande y luego se extendió a Llano Verde.
Al 20 de enero, Emcali reportó a El País la instalación de 1996 sistemas solares fotovoltaicos, equivalentes a 7984 paneles solares. De estos, cerca de 1750 ya se encuentran energizados y en operación, mientras se avanza en la conexión de los restantes.

Sobre uno de los puntos que más inquietud genera en los barrios —la ausencia de baterías—, Emcali aclara que los sistemas operan bajo un esquema interconectado: “La energía generada durante el día es utilizada directamente por el hogar y, en caso de excedentes, se inyecta a la red”.
En la noche o en momentos sin generación solar el suministro se mantiene “a través del servicio convencional de Emcali o del sistema de energía prepago”.
Por ahora, “el proyecto no contempla la incorporación de baterías de almacenamiento, dado que el enfoque está orientado a la generación distribuida y al aprovechamiento de la red eléctrica existente”.
En términos de ahorro, aunque Emcali aún avanza en la consolidación de los datos, debido a que las instalaciones han entrado en operación en distintos momentos, se estima que cada sistema fotovoltaico entrega entre 140 y 150 kilovatios hora mensuales, “lo que permite una reducción significativa en el consumo de energía proveniente de la red convencional”.
En algunos casos, cuando los excedentes son reconocidos, “los hogares pueden alcanzar una autosuficiencia energética parcial, logrando que el valor de su factura sea muy bajo o cercano a cero”.
La empresa también asegura que la iniciativa cuenta con acompañamiento técnico y social permanente, a través de mantenimiento preventivo y orientación a los usuarios sobre el uso del sistema y la facturación.
En Cali existen 761 comedores comunitarios activos, según la Secretaría de Bienestar Social, y aunque el proyecto no fue diseñado exclusivamente para este tipo de espacios, su funcionamiento resulta clave en lugares donde la energía no solo sostiene una vivienda, sino la comida diaria de cientos.
El sol en los hogares
Arístides Grisales Villa vive solo desde que su esposa falleció hace siete años, aunque hoy pasa la mayor parte del tiempo en la casa de una de sus hijas. La suya permanece casi siempre cerrada.
“Yo vengo, lavo la casa y me voy”, cuenta. Antes de la instalación de los paneles recargaba $20.000 cada quince días; ahora, $10.000. “Al mes son $20.000”, dice, sin entusiasmo ni queja abierta.
Para él, el sistema funciona, pero con límites: “Lo que hace falta es una batería; que, cuando la luz se vaya en las noches, quede eso funcionando y podamos tener luz en la casa”.
En otra vivienda del sector, Ricardina Ruiz mide el beneficio en días. “Mi hijo dice que antes recargaba $5000 y duraba tres días; ahora dura ocho”, comenta.

No habla de cifras grandes, sino de pequeñas extensiones del tiempo, de una energía que alcanza un poco más.
No todos sienten ese cambio. Aura María Carabalí Caicedo lo dice sin rodeos: “Yo recargo $20.000 y me dura lo mismo de siempre, quince días, a veces 16”. Cuando la recarga se acaba, queda a oscuras, con o sin paneles. “Es como si estuviéramos igual que antes”, resume.
El día anterior a la entrevista, según la mujer, tuvo que salir a las seis de la tarde a buscar dónde recargar porque la energía se le fue desde la mañana.
Ese contraste entre hogares se parece mucho al que se da entre los comedores.
Un comedor donde la energía no se apaga
A unas cuadras del Buen Samaritano, Paola Peña vive en el segundo piso de su casa. Abajo funciona su comedor comunitario Paz y Amor. Ella habla del proyecto de paneles solares como quien habla de una bendición largamente esperada: “Fue una alegría, un descanso, un alivio muy grande”.
Antes, la energía prepago era una angustia permanente: recargas que no llegaban, llamadas, vueltas, estrés: “Recargabas 20, 30, 40, y nada. A veces tocaba recargar 80 para que llegara”.
Desde que le instalaron los paneles, algo cambió. “Nosotros tenemos energía las 24 horas”, afirma. La última vez que recargó fue en octubre de 2025: $30.000 que, a mediados de enero, todavía no se habían ido. “Hasta hoy tengo la energía”. Para ella, el sistema funciona de día con el sol, de noche con la recarga.
Emcali ha hecho seguimiento, ha estado pendiente, y Paola no tiene quejas. Su única recomendación es que el proyecto llegue a más comunidades.

La historia de Paola con la ciudad empezó mucho antes. Llegó a Cali desplazada, con sus hijos, y fue acogida primero en el asentamiento Playa Alta por la Fundación Paz y Bien, de la hermana Alba Stella Barreto. Allí aprendió el trabajo comunitario, el liderazgo y la insistencia. “Parte de lo que soy se lo debo a ella”, dice.
Venía del campo creyendo que la pobreza era no tener tierra. En la ciudad descubrió otra cosa: “Aquí conocí el hambre, la discriminación, el rechazo”. También conoció la solidaridad.
Cuando fue beneficiada con una vivienda en Llano Verde y llegó al barrio, entendió que la necesidad era grande, sobre todo entre adultos mayores, niños y madres cabeza de hogar.
Así nació su primera olla comunitaria, hace cerca de diez años. Con un grupo de mujeres —y algunos hombres— empezó a gestionar ayudas en supermercados, Cavasa y Santa Elena, donde lavaban bodegas a cambio de alimento. “Nos pagaban con comida y eso lo traíamos para darles de comer a muchos hogares”, recuerda.
El comedor Paz y Amor funciona desde hace cuatro años. Paola insistió hasta que la Alcaldía lo aprobó pese a dos rechazos previos. Hoy atiende a más de 120 personas cada día. El almuerzo cuesta $2000, pero, como en otros comedores del barrio, no tenerlos nunca ha sido razón para quedarse sin comer.
“Aquí lo importante es mendigar el hambre”, dice, usando el verbo como una tarea diaria.
El comedor es también un espacio cultural y de formación. Hay cantoras del Pacífico, talleres para niños, danza, fútbol, procesos artísticos con jóvenes Lgbt y emprendimientos: “Este es un barrio con mucho talento, lo que hace falta es un empujoncito”.
Abajo está la cocina. Arriba, la casa. Y entre ambas plantas, una rutina que, junto a otras dos gestoras, empieza a las cinco de la madrugada.

Periodista web en elpais.com.co, comunicador social y periodista, con énfasis en reportería para distintas fuentes de información.
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