Cali
Cali: un recorrido por la ‘capital’ de los clubes cannábicos
Ante las multas por consumir en parques y los vacíos en la regulación, en Cali, como en el resto del país, han surgido decenas de sitios donde las personas pagan membresías para fumar marihuana en espacios privados que combinan café, trabajo y vida social. Crónica.
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15 de mar de 2026, 11:19 a. m.
Actualizado el 15 de mar de 2026, 12:15 p. m.
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Un muchacho con audífonos arma un porro con la misma calma con la que se prepara un café. Lo hace en una mesa de madera gruesa, rodeado de portátiles abiertos y tazas de capuchino. Al fondo, dos jóvenes parecieran en reuniones virtuales frente a sus pantallas. La escena parece la de una oficina de creativos, no la de un lugar donde se fuma marihuana.
Todo ocurre en Green House, coworking del barrio San Fernando, en Cali, espacio pensado para personas a las que les gusta el cannabis, o por lo menos lo toleran. Desde la terraza se observa una ceiba de más de 400 años y, al frente, un parque donde, si alguien prende un cigarrillo con marihuana, corre el riesgo de recibir una multa.
Cuando le pregunté a Manuel Sandoval, presidente de la Federación Nacional de Clubes Cannábicos (Fedenac), qué explica el auge de estos espacios en ciudades como Cali, Bogotá o Medellín, respondió sin dudarlo.
— Te voy a ser franco: en parte se debe a los comparendos por consumir en espacios públicos. Mucha gente no puede fumar en su casa. Además, si eres profesional —médico, abogado— muchas veces no quieres que tus pacientes o clientes sepan que consumes cannabis, porque hay mucho estigma. Los clubes se convirtieron en espacios seguros, de pedagogía y de reducción de riesgos.

Las cifras parecen darle la razón. En 2025, solo en Cali la Policía impuso 35.293 comparendos a ciudadanos que consumían sustancias psicoactivas, como marihuana, en parques y otros lugares donde está prohibido. La multa ronda los $600.000.
Para evitarla, y prevenir conflictos con autoridades o vecinos, muchos optan por otro camino: los clubes cannábicos. Cafés, bares, restaurantes o coworkings donde, después de pagar una membresía, los usuarios pueden fumar lejos de miradas inquisidoras.
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Green House funciona a puerta cerrada. Su propietario prefiere que lo identifique así, sin su nombre. Mientras conversamos frente a la mesa de madera, observo algunas plantas de cannabis alrededor. Se trata de un autocultivo —permitido por la ley— que funciona como decoración.
— Cuando la Policía encuentra personas fumando en el parque, les recomiendan que mejor vengan aquí —dice sonriendo.

La Casa Verde combina varias funciones: coworking, restaurante, café-terraza e incluso sala de juntas. Para formar parte se paga una membresía que da determinadas horas de trabajo al día, a la semana o al mes.
— Viene sobre todo gente que no puede fumar cannabis en su casa: empresarios, psicólogos, doctores, diseñadores, influenciadores. Gente que maneja sus empresas desde un computador. Contamos con 350 abonados.
Hay una línea legal que los clubes cannábicos en Colombia, de momento, no pueden cruzar: vender marihuana. Cada miembro debe entrar con su dosis personal, 20 gramos permitidos por la ley. Puede parecer poco, pero en realidad alcanza para entre 10 y 20 porros.
— Para ser parte de Green House se debe firmar un consentimiento donde se acepta que es un espacio donde se consume cannabis y cada persona es responsable de su dosis personal. Funcionamos a puerta cerrada porque somos un espacio exclusivo para consumidores. No fomentamos el consumo —aclara el propietario, mientras la brisa de la tarde se lleva el olor de la marihuana.

Los clubes cannábicos tienen terrazas abiertas, como la de Green House, que ayudan a disipar el aroma y evitar problemas con los vecinos. Parte de la lógica de estos espacios es esa: reducir conflictos de convivencia.
Todo comenzó en Europa a finales de los 90, como respuesta a una paradoja legal: en varios países el consumo personal de cannabis había sido despenalizado, pero no existía una forma legal de adquirirlo. Algunos consumidores comenzaron a asociarse para autocultivar y abastecerse, evitando comprar marihuana al narcotráfico o acudir a sitios de expendio conocidos como “ollas”.
El modelo se consolidó en España, pese a los limbos jurídicos que aún persisten. En América Latina el pionero fue Uruguay, donde los clubes surgieron tras la legalización del cannabis en 2013.
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A simple vista, Café Arboleda parece eso: un café con terraza sobre la Calle Quinta. Desde aquí se observa el centro de Cali y, al fondo, el cerro de las Tres Cruces. En el menú se ofrece expresos, americanos, cervezas, sánduches y hamburguesas. También es posible consumir marihuana.

— En Cali, la idea de crear clubes cannábicos comenzó en hostales de barrios como San Antonio —cuenta Miguel Arboleda, 26 años, el fundador.
— Llegaban extranjeros que buscaban espacios seguros para consumir y todo empezó así, en pequeños cuartos o salones.
Miguel es barista, es decir un especialista en preparar café. Su curiosidad por el cannabis comenzó al notar una contradicción. El café, explica, es una sustancia psicoactiva. La cafeína es un estimulante del sistema nervioso central que aumenta el estado de alerta. Sin embargo, es socialmente aceptado. El cannabis, en cambio, sigue siendo visto como ilegal, prohibido.
— Cuando empecé a consumir marihuana, en mi casa fue un alboroto. El cannabis todavía se ve desde el tabú. Yo comencé a hablar con mis papás sobre qué es el café, qué es el alcohol, qué es el cannabis, sus propiedades, cómo se pueden usar sin necesidad de que la persona sea señalada como enferma. Les sembré la duda y empezaron a investigar.

En 2021, Miguel abrió Café Arboleda como club cannábico. Con el tiempo notó que, gracias a su emprendimiento, se resolvían varios conflictos. Algunos miembros vivían en arriendo y sus propietarios los amenazaban con expulsarlos si fumaban marihuana en la casa, por ejemplo. En el club podían hacerlo sin problemas.
— Café Arboleda es un espacio seguro e informado sobre el consumo de cannabis. Aquí intentamos construir nuevas narrativas. Si alguien tiene un consumo problemático, lo hablamos entre los panas. O si tiene problemas con la familia. A muchos jóvenes los echan de la casa por consumir cannabis. En el café pueden invitar a sus papás para conversar del tema.
Además del consumo, los miembros participan en asados, conciertos, talleres de autocultivo, construcción de pipas artesanales o coctelería cannábica.
— No se trata solo de fumar. Los clubes responden a un cambio de modelo: dejar de perseguir sustancias y empezar a cuidar a las personas. El consumo no va a desaparecer y el prohibicionismo de alguna manera lo promueve. Estas iniciativas surgen porque los Estados no han sabido regular el consumo adulto de cannabis, como sí lo hicieron con el alcohol -dice Miguel.

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El cóctel se llama El Destino. Está inspirado en el oráculo Ifá de la cultura yoruba. En esta tradición espiritual, cuando alguien consulta un babalawo, un sacerdote orisha, el oráculo puede arrojar 256 signos distintos, cada uno con una interpretación.
En el bar restaurante Espacio Arabba, un club cannábico ubicado en el barrio Granada, el cóctel funciona igual: hay 256 posibles combinaciones. Puede prepararse con vodka, tequila o ginebra. Llevar flores o tener infusión de cannabis.
El último piso es la zona VIP, donde se llega con agite después de subir las escaleras. El plan de sus miembros es sencillo: reunirse con amigos después del trabajo, comer algo, tomarse una cerveza, consumir cannabis.
— Vienen funcionarios de la Alcaldía, de la Gobernación, abogados, médicos, comerciantes. Gente que disfruta la buena comida y también la marihuana, pero que no puede consumirla en su casa —dice Héctor Fabio Arias, un caleño de 35 años emprendedor y propietario del club.

Su historia con Arabba comenzó en 2019. Además de la agencia de viajes que había consolidado, quería abrir un café en San Antonio y lo llamó La Croquetería Coffee Shop. Vendía aborrajados y otros platos vallunos. El proyecto parecía funcionar hasta que, en 2020, sus socios se retiraron y llegó la pandemia.
El turismo desapareció. El hostal que había comprado quedó vacío. Para sobrevivir, Héctor convirtió algunas habitaciones en estudios de webcams. En medio de esa crisis conoció una tradición espiritual que, asegura, lo cambió: la cultura yoruba.
— Cuando todo se estaba cayendo, necesitaba entender qué estaba pasando.
Un padrino espiritual le sugirió un nombre nuevo para su proyecto: Arabba, que significa “ceiba sagrada”. Allí comenzó a experimentar con capuchinos con infusión de cannabis. En ese entonces Héctor no era consumidor habitual. Actualmente autocultiva. Sus plantas están en un cuarto en Arabba al que se llega tras atravesar una cortina roja.

— Más que los comparendos, lo que explica el auge de los clubes cannábicos es que cada vez hay más conciencia: qué flor se consume, por qué, para qué. Aquí se forma comunidad, pero también es un plan: venir con amigos, parcharse, conversar, fumar, tomarse algo.
Héctor reconoce que aún son espacios que están en una zona gris frente a la ley. Es la mayor crítica que se le hace a los clubes cannábicos. En su caso tiene desde permiso de suelo hasta las exigencias de los bomberos. Pero aún se requiere que el Gobierno regule el consumo recreativo en un país donde la ley ya permite el porte, el autocultivo, la dosis personal.
Hace unos meses se abrió una ventana legal: la expedición del Decreto 1138 de 2025, que autoriza la venta de cannabis medicinal en farmacias.
Desde la Federación Nacional de Clubes Cannábicos, que agremia a 35 emprendimientos, se trabaja en un proyecto para presentarle al Ministerio de Salud. La idea es crear una ruta que permita que los clubes dispensen cannabis, brindando trazabilidad de la flor, información de dónde se cultivó y con qué métodos, además de brindar asesorías médicas y terapéuticas al consumidor. El enfoque al que le apuntan es que sean centros de bienestar desde donde se trabaje la salud pública y mental de sus asociados.
Por ahora, en Arabba hacen aseo para recibir a los miembros del club en la tarde. Afuera, en los parques, aún fumar marihuana puede costar una multa. Desde esta terraza VIP, en cambio, los fumadores podrán exhalar el humo ‘verde’ como si el tiempo avanzara a otro ritmo.
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