La impactante historia de la primera profesora transgénero de Cali

La impactante historia de la primera profesora transgénero de Cali

Junio 24, 2018 - 07:50 a.m. Por:
Jorge Enrique Rojas / El País 
Solipsy Navia Plata.

La profesora Solipsy Navia Plata.

Jorge Orozco / El País

Casi la mitad de los 48 años que ahora tiene, fueron una cruel lucha interior. En ese tiempo se llamaba Carlos Armando Navia Plata y los días pasaban por el esmero de cumplir los mandamientos de su padre, un hombre recio que intentó criarlo a su medida. Una vez, al descubrirlo personificando a la Mujer Maravilla durante una tarde de niños que se extendió por fuera de la casa, el padre lo levantó de la mano y lo entró a golpes, como si se hubiera topado un objeto en desorden con una avería corregible a punta de fuerza bruta. Con 10 ó 12 años, ese día Carlos Armando decidió apretar su naturaleza entre los dientes y no volver a abrir la boca. De adulto se casó con la cuñada de un primo y tuvo tres hijos.

Cuando estaba pequeño y la curiosidad de los grandes le preguntaba por lo que quería ser, Carlos Armando entonces solía contestar con otra verdad que lo mantenía a salvo: profesor. Ese era su deseo más público y por eso para nadie fue extraño que a los 19 se graduara como normalista y que pronto consiguiera empleo como docente de primaria.

A la hora de hablar de aquel anhelo infantil, los recuerdos que enumera son tiernos retratos vocacionales que lo muestran improvisando salones de clase en la casa que su padre construyó en el barrio Villanueva, para repetirle allí a sus amigos de cuadra las lecciones que había aprendido en el colegio. Al momento de salir a jugar a la calle, con esos mismos amigos podía proyectarse como la Mujer Maravilla o la Mujer Biónica, las heroínas que acaparaban su atención por la renovada capacidad que capítulo a capítulo demostraban para vencer obstáculos en el televisado mundo de los hombres, donde los hombres eran regularmente los villanos o la cara de los líos. A esa edad su deseo más íntimo era poder ser mujer aunque su cuerpo, los moldes, los peluqueros, los pantalones, y su papá, le hubieran dicho que no.

Año 2002 en la memoria de Carlos Armando. Poco después de que su padre falleciera, se ve vestido con pantalón de prenses y camisa de manga larga en un salón de la Institución Educativa Gabriela Mistral, en el barrio Alfonso Bonilla Aragón, donde trabajaba como maestro al oriente de Cali. Sentado junto a un grupo de profesores citados para escuchar una charla sobre violencia intrafamiliar, se ve ahí donde todo giró definitivamente luego de una pregunta que lo quemó por dentro: ¿Y usted, qué ha hecho para ser feliz? Con 33 años, y para poder responderse, a partir de ese día Carlos Armando comenzó a salir al mundo desde su realidad y no más desde la invención a la que finalmente nunca pudo corresponder.

Hablaría con sus colegas, con la rectora, con su esposa, con sus hijos; al ser docente sentía que tal vez sus actos podían servir de enseñanza para quien supiera leerlos como un gesto de lealtad con ella misma. Con ella, sí. En ese segundo nacimiento, pensó, la maestra vida no podía equivocarse otra vez.

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La historia de un ser humano buscando su lugar es todo lo contrario a una singularidad de estos tiempos: aunque suponemos que hemos logrado derribar muchas de las fronteras mentales que nos estrechan la convivencia, lo cierto es que el mundo sigue siendo un lugar diminuto para todo lo que suene distinto. Por eso más allá de los géneros, más allá de los nombres, más allá de los colores y las formas, vivir afuera de la cuadrícula del convencionalismo no es una rareza sino un denominador tan común como siempre lo ha sido. Para los ‘animales raros’ los días siguen siendo la misma pelea atroz de uñas y dientes hasta alcanzar un mordisco de espacio. Hasta poder ser. O hasta dejar de ser parias. Es por eso que este no es solo el relato de una lucha transgénero. O el curioso caso de un profesor que amaneció siendo profesora. Esta es la historia más repetida del planeta: es la historia de alguien buscando su lugar en el mundo.

Tuvieron que pasar dieciséis años para que Carlos Armando llegara a ser la profesora Solipsy Navia Plata. El nombre es una creación literaria que representa un eclipse solar: “Me encantan los nombres estrafalarios y originales. Soy única. Jamás me habría llamado como antes”, cuenta vestida de falda larga, blusa sin mangas y aretes que combinan en rojo. El nombre interplanetario que escogió tal vez sea el único toque estrambótico que sobresale en su conjunto, de líneas bastante acordes con su figura menuda, ahora compuesta por zapatos de tacón talla 36 y un metro con 69 de estatura. Su tono para hablar es de una cadencia lenta y grave, y por ratos tan de bajo volumen que parece inhabilitado para levantarse en gritos. Un aspirante a domador de leones jamás conseguiría trabajo con esa voz.

Hablar con sus hijos fue de lo más difícil. No por temor a que se pusieran como fieras ni por la explicación sobre el hombre que ya no sería. Difícil por la explicación de la mujer que empezarían a ver salir de su cuerpo. ¿Cómo debían llamarla? ¿Vice-mamá? Al plantearse la decisión del cambio de género, Solipsy buscó asesoría en la Fundación Santamaría, ONG que trabaja por la visibilización de la realidad social de las mujeres trans en Cali, donde encontró apoyo sicológico para poder explicarse ante los chicos: aunque vistiera de falda seguiría siendo su papá. Y si se quiere, bastante más macho.

Pedro Julio Pardo, director de la ONG, recuerda que el acompañamiento también consistió en dar a conocer el caso con el Comité Municipal de Convivencia Escolar (Comce), división de la Secretaría de Educación del Municipio encargada de promover el fortalecimiento de los derechos humanos en el escenario educativo de la ciudad. Durante todo el 2017 y hasta lo que va de este año, el Comce ha hecho presencia permanente en el colegio Gabriela Mistral a través de un grupo de sicólogos y trabajadores sociales, que al tiempo de ofrecer información y apoyo estuvieron midiendo el nivel de resistencia que entre alumnos y docentes generó la construcción femenina de Solipsy. De acuerdo a lo que pudieron establecer, tal parece que el entendimiento de su proceso alcanzó niveles de tolerancia suficientes como para que la profesora pudiera hacer pública su historia más allá de los muros del colegio, sin temor a que su trabajo se afectara.

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Explicado así, en resumen ejecutivo, sus últimos dieciséis años suenan prácticamente como la anécdota de un camino de espinas y rosas. Pero esta es una sensación provocada por la forma en que ella misma se cuenta, sin atisbos de rencor para nada ni nadie. Por ejemplo al recordar a su papá, nunca conjuga el resentimiento. A este punto podía haber tenido el corazón seco como un cactus, pero al hablar del hombre da la impresión de que terminó por entenderlo: de una u otra forma su vida siempre consistió en podar y en cortar; su oficio era desconfiar de todo lo que creciera libre. El hombre era jardinero.

La licenciada Miriam Patricia Duque, rectora del colegio Gabriela Mistral, dice que cuando conoció a la profesora Solipsy, la profesora Solipsy estaba encerrada en el cuerpo del profesor Carlos Armando. Entonces, dice, recuerda a un hombre infeliz. Por eso la licenciada respaldó su decisión desde el comienzo y le hizo frente a los comentarios y las descalificaciones que en su momento pudieron dar vuelta entre unos cuantos profesores y unos cuantos alumnos. Lo que dijeron no tiene caso. Fue lo mismo de siempre. Fueron los mismos de siempre.
El Director de la Fundación Santamaría está seguro que el esfuerzo de Solipsy por mantener su lugar como profesora defendiendo su construcción trasngénero, representa un paso muy importante para la comunidad Lgbti en Colombia: “Es un ejemplo para muchas mujeres trans que hoy siguen siendo segregadas laboralmente. Las situaciones de discriminación son cotidianas y no solo es cosa de unas probrecitas maricas a las que no les para el taxi en la calle”.

Hace no más cuatro años, una vez que Solipsy Navia Plata quiso entrar a bailar a una discoteca en Cuatro Esquinas (Avenida Ciudad de Cali con 27), el portero no la dejó seguir. La profesora cuenta el episodio de discriminación más fresco en su memoria, con una sonrisa que antecede la clase de humanidades con la que concluye el recuerdo: indignada pero sin discusiones ni escándalo -aunque con todo el derecho-, se dio la vuelta, agarró a su pareja de la mano, y detuvó un taxi en el que se se fue a buscar otro lugar. Llevaba botas negras hasta la rodilla, y su pelo rubio le caía liso y brillante sobre la espalda de un corcet fucsia. “Estaba regia –dice-. Los de esa discoteca fueron los que se perdieron verme bailar...”

Voces 

La profesora Solipsy es una mujer responsable y entregada con su profesión. Una gran mujer. Al principio su proceso no fue del todo fácil en el colegio, pero ahora todo está bien."
Miriam Patricia Duque, rectora del colegio Gabriela Mistral.

Muchos actos de discriminación contra mujeres trans no se quedan ahí, y se convierten en amenazas, tentantivas y hasta en homicidios”.

Pedro julio pardo, director Fundación Santamaría

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