En el Vallado, un exfutbolista da lecciones para jugar un clásico contra la miseria

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En el Vallado, un exfutbolista da lecciones para jugar un clásico contra la miseria

Julio 19, 2013 - 12:00 a. m. Por:
Yefferson Ospina Bedoya, reportero de El País
En el Vallado, un exfutbolista da lecciones para jugar un clásico contra la miseria

El profesor Luis Eduardo Vargas frente a su grupo de jugadores de la categoría infantil.

Armado solo con un balón, un héroe solitario se juega el partido de su vida en El Vallado, para salvar a un centenar de niños de la violencia.

El hombre es de tez morena, no muy alto, los rasgos fuertes y óseos en el rostro. Tiene esa contextura a la vez fuerte y liviana de los jugadores de fútbol. El hombre nació en Castilla, Antioquia, y llegó a Yumbo a sus dos años. No recuerda desde cuándo empezó a jugar fútbol. No lo recuerda, porque recuerda que siempre lo jugó. A sus 17, en el año de 1990, estaba en las inferiores del Cortuluá como arquero. De allí pasó al Medellín y al Nacional, entre 1996 y 1998, y fue suplente de Miguel Calero y Hugo Tuberquia; fue suplente, condenado a serlo por su baja estatura, porque Pedro Antonio Zape prefirió siempre la altura de los otros porteros. Recuerda que nunca se sintió inferior. Recuerda que los entrenamientos eran un esfuerzo constante, no solo de los músculos, sino de la voluntad, del deseo. Pero nunca pudo estar entre los primeros. Así que renunció. No al fútbol, porque el fútbol, para quien lo ha amado, es una pasión que no termina. Renunció a su carrera de tercer arquero y decidió dedicarse a la escuela de fútbol que había fundado diez años antes, en 1988, en El Vallado, en una espesura de monte que él cortó con un machete y en la que puso dos arcos de fútbol hechos con guadua. El hombre, Luis Eduardo Vargas, que ahora cuenta con 40 años, lleva 25 de ellos dedicado a hacer jugadores de fútbol. Recuerda que por su escuela pasaron jugadores como 'El Chigüiro' Benítez, Avilés Hurtado, Nilton Caicedo o Carlos Preciado. Recuerda que esa escuela, fundada en un rincón polvoriento de El Vallado, pudo haber sido la responsable de librar a esos jugadores de una pandilla, de haber muerto en un robo o una pelea, de terminar como sicarios.“Mire, el 'Chigüiro' venía de El Poblado, uno de los barrios más calientes de Cali, y a Avilés Hurtado yo lo sacaba de una revueltería en donde trabajaba para traerlo a jugar, le pagaba el turno al patrón para que viniera. Es que esta escuela está hecha para eso, para que los niños no corran detrás de un reloj, un celular, un cacho de marihuana o para matar a alguien, sino para que corran detrás de un balón, para eso es esta escuela”, dice.Stronger InternationalLa cancha es una polvareda moteada por una grama reseca y amarillenta. No son cien metros de gramilla, son cien metros de polvo y piedras pequeñas con retazos de hierba. Hace 25 años, cuando Luis Eduardo salió con un machete, cortó una masa de hierba en un pequeña planicie de El Vallado y puso dos arcos de fútbol, nació Strongers International. Luego llegaron los pelados. Se trataba de niños que no podían ir a la escuela, que tenían que salir a trabajar, de niños que solo tenían a su mamá y otros seis o siete hermanos y que recordaban cómo la guerra en Buenaventura, o en Timbiquí, o en Tumaco, les había enseñado la muerte y luego los había desterrado. Entre ellos habían nombres como Jhon Jairo Angulo, Carlos Preciado o Avilés Hurtado. El profe los fue llamando. Los fue reuniendo lentamente delante del balón. Primero fueron dos, luego el grupo creció hasta formar un equipo completo. Después contaba más de cincuenta. “En El Vallado todo es difícil”, dice el profe. Sí, todo es difícil. Y por eso los chicos no tenían guayos, ni medias, ni canilleras. Así que el profe les pedía un par de zapatos viejos y él mismo les cosía a las suelas los taches de otro par de guayos que alguien abandonara. Y afuera, atrás, en medio, la guerra: El Vallado es un barrio que está entre los 20 más violentos de Cali, en una zona que el año pasado registró 166 homicidios.De modo que el profe, obstinado, habría de salir cada sábado en la noche sobre una bicicleta a recorrer las calles del barrio, diciendo a sus jugadores que tenían que ir a dormir porque al día siguiente jugaban un partido de fútbol; procurando evitar que cada uno de esos adolescentes permaneciera afuera de su casa en la noche. Y de ese modo se hizo la escuela. Con un nombre que, traducido al español, significa 'Fuertes'. Porque se requiere ser fuerte, duro, obstinado, para entrenar a menos de 200 metros de la invasión Brisas de Comuneros, con balones conseguidos a punta de fe, haciendo sancochos, rifas, bazares, bingos y con conos que le regalan a el profe sus amigos exfutbolistas; porque se requiere ser fuerte y noble para dedicarse a más de cien niños, que van desde los cinco años hasta los 17, cada día, desde las tres de la tarde hasta las nueve de la noche, en medio de una zona que tiene 16 pandillas, en una comuna que es la segunda en Cali con mas asesinatos. El regreso de Nilton CaicedoCaicedo empezó en Strongers cuando era niño. Cuando solo quería correr tras el balón, sin saber muy bien por qué. Luego de los años, luego de ver a cinco o seis de sus compañeros de equipo terminar como sicarios, ladrones o drogadictos, Nilton llegó a jugar al Cortuluá. Pasó por las segundas divisiones de equipos colombianos y jugó en el North East Stars de Trinidad y Tobago. Ahora tiene 33 años y espera una llamada de un equipo hondureño. Está en la cancha de Strongers, de los Fuertes, corriendo, moviendo el balón, manteniendo la forma física. “Mire la escuela”, dice Nilton. “Son más de cien niños. Cien niños que le robamos a la calle. El profe maneja siete categorías. Los entrena día y noche y busca cómo sacarlos de aquí, cómo llevarlos a algún equipo. Pero para ellos es muy duro, cuando vos vas a probar a un equipo tenés que pagar transporte, necesitás unos buenos guayos, cosas como esas, y no todos las tienen, casi ninguno las tiene”. “Aquí hay talento”, agrega. “Mire, la mayoría de esos niños solo necesita alguien que les ayude; esos niños tienen fuerza, tienen voluntad, porque saben que lo que tienen es el fútbol, porque saben en qué tipo de barrio viven. Pero mire también la cancha en la que juegan, mire que muy pocos tienen un par de guayos. Se necesita ayuda, viejo, solo un poco de ayuda para esto tan grande”. Y al decir “esto tan grande”, Nilton mira hacia la cancha. No se refiere a la inmensidad de la invasión que se observa desde ahí. No se refiere a la explanada polvorienta de la cancha. Lo grande es el fútbol, el sueño de cada uno de los chicos. Lo grande es ese hombre que acepta a todo el que quiera llegar a su equipo, sin cobrar un solo centavo; que busca imponer los balones en un barrio en el que ya se han impuesto los puñales y las balas. Una vida, una probabilidadBryan es delgado. Las piernas y los brazos largos para sus diez años. Juega como delantero. El profe dice que es muy bueno. Dice que juega como todo un hombre. “Busca el penal, sabe manejar el fuera de lugar, define bien, tiene velocidad, cabecea. Está completo. Lo que necesita, como muchos otros que entrenan conmigo, es que alguien le ayude. Eso es lo que necesita” Tiene tres hermanos. Un varón y dos niñas. También juegan fútbol como él, porque el profe enseña a mujeres y hombres por igual. Su madre y su padre se rebuscan la vida, como tantos otros en El Vallado. A sus diez años Bryan sabe bien que el barrio lucha contra la muerte, contra la droga, ha visto morir hombres en las calles, desangrados algunos. En El Vallado, como en todo el oriente de Cali, hay microtráfico, hay extorsión, hay pandillas, está la guerra. Pero un corazón de solo 10 años está lleno de fe. Por eso Bryan corre, cabecea, define. Esta semana tiene una cita con el Deportivo Cali. El profe se lo presentó a un amigo de ese equipo y, después de verlo jugar, le dijo que fuera a prueba. “Es muy probable que llegue a ser profesional”, dice el profe.Es muy probable, sí. Las probabilidades son muchas, y brutales. Bryan juega, entrena. Usa unos tenis viejos de tela a los que el profe les ha cosido unos taches. Tiene por delante al menos cinco años para entrenar, crecer, aguantar en El Vallado. Quizá golee a la vida y sea profesional. Quizá. Esa es una probabilidad. La más generosa.

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