El mago del claroscuro
Santiago Cárdenas, un antiguo operador de cine, se resiste a dejar su oficio a pesar de los avances tecnológicos. Historia de un oficio en vía de extinción.
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13 de sept de 2015, 12:00 a. m.
Actualizado el 18 de abr de 2023, 02:14 a. m.
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Santiago Cárdenas, un antiguo operador de cine, se resiste a dejar su oficio a pesar de los avances tecnológicos. Historia de un oficio en vía de extinción.
Una farola de automóvil es tomada de un taller, el sonido de los destornilladores reverbera en el vacío, el sonido de metal contra metal que prepara la magia con cables que lo hieren con su voltaje una y otra vez. La razón que guía al niño Santiago de 7 años para tomar la farola no obedece al goce infantil de la travesura, sino a una empresa mucho mayor. La farola ilumina una pasión que durará toda la vida. Junto con una caja de zapatos y unas cuantas fotografías para proyectar en una pared, como un cinematógrafo casero, dictará acaso un destino inapelable. Pero ahora, la farola proyecta imágenes mientras los chicos del barrio observan fascinados. Él, Santiago, será responsable de la maravilla.
El niño de las farolas, Santiago Cárdenas, que hoy tiene 55 años, declama un verso del poema Futuro, de Porfirio Barba Jacob, Decid de mi cuando yo muera ¡y el día esté lejano!, mientras hace correr el carrete de un proyector Keystone de 1947, no sin antes aceitar sus engranajes como si aplicara un bálsamo. El olvido lo acecha como un depredador. Atrás quedaron los momentos en que era el héroe del barrio con sus proyecciones caseras o cuando cortejaba muchachas en medio del claroscuro de la luz de la farola. La modernidad y su inmediatez han relegado a hombres como él al olvido. Él mismo lo declara con la sonrisa de quien ya no puede hacer nada: Los proyeccionistas estamos en vía de extinción.
Él no se puede explicar a sí mismo el momento exacto en que la pasión se apoderó de él, simplemente responde: Yo nací para el cine. Recuerda, sí, un episodio ocurrido una mañana de sábado en junio del 69. Su padre, dueño de una droguería, envía medicamentos al teatro Cervantes ubicado a una cuadra, en la Carrera 4 entre calles 13 y 14. Santiago debe entregar el Mejoral para el proyeccionista afligido por un dolor de cabeza. Toca la puerta del teatro y lo hacen pasar directamente a la sala de proyección, a medida que se acerca escucha un sonido que se acompasa con los latidos de su corazón, entra y encuentra un proyector enorme presentando una película mexicana de pistoleros. Entregué el medicamento y me lancé sobre la máquina, de allí salía ese sonido mágico.
El niño mira la máquina y volteándose en dirección al operador adolorido por la migraña, le dice con una voz que no admite réplica: Enséñeme. El aludido, de apellido Ortiz, responde mientras se soba la cabeza con un categórico: no. Como si no hubiera escuchado la respuesta, el niño repite: Enséñeme. Se acerca a Ortiz para halarlo de la manga de la camisa: Enséñeme, enséñeme, como un pequeño caprichoso que pide que le compren un dulce. El proyeccionista finalmente le dice: Prenda eso y no joda más. Santiago se va feliz a su casa, ha prendido la lámpara esta vez.
Alicia, la madre de Santiago, quien no está de acuerdo con el cine y aún hoy sigue sin verle la gracia, ve cómo su hijo se ofrece a llevar todos los encargos de la droguería. Pronto se encuentra a las puertas del teatro Cervantes y trae medicamentos para aliviar el trasnocho, la resaca y el dolor en las articulaciones propio del operador de cine, mientras le insiste que le enseñe.
Ortiz, entre resignado y conmovido, le dice que ponga la mano sobre el interruptor. El pequeño no tiene la suficiente fuerza para accionarla, pero la mano de Ortiz se posa sobre la suya y juntos encienden la máquina. A partir de entonces, todos lo empezarán a conocer como proyeccionista.
Hoy Santiago trabaja como guía en el Museo de la Cinematografía Caliwood, rodeado de afiches de las leyendas del cine como Audrey Hepburn, Humphrey Bogart y Robert de Niro. Llegó allí en el 2012, cuando solo había cuatro proyectores rescatados del olvido por Hugo Suárez Fiat, fundador del museo y quien considera a Santiago un enviado de Dios.
El museo retoma un nombre de los años setenta, cuando Andrés Caicedo portaba una cámara filmadora en la época en que la capital del Valle fue, según Santiago, la meca del cine en Colombia.
Todos los visitantes aprenden de Santiago, así como él también aprendió en la cabina del Cervantes subido en una banca y cambiando el rollo. Habla largamente sobre lo que sabe de cine. Dice que los aparatos pueden tocarse, pero con amor, siempre con amor. Según dicen algunos visitantes, como Stephanie, hasta quien no sabe de cine termina sintiéndose un experto después de oírlo hablar. Camilo, que trabaja en Caliwood como guía, ha aprendido mucho de este hombre. Otra guía, Kelly, también está aprendiendo a proyectar bajo su dirección.
Santiago agita las manos ante sus espectadores como queriendo hechizarlos, mientras explica detalle a detalle el funcionamiento de un proyector y la historia que se esconde detrás de cada uno de ellos, con los que aprendió cuando la comunión entre hombre y máquina era imprescindible para proyectar películas, cuando hacía falta mucho más que presionar un botón. Ignacio*, quien trabaja en Cine Colombia, dice que actualmente la máquina proyectora, que se asemeja a un videobeam gigante, no requiere mayor trabajo que el de manejar un VHS. Relata también que la empresa suele formar a sus propios operadores de cine, y que el último suspiro de la era de las películas de 35 mm murió definitivamente en junio del 2013 cuando los grandes proveedores de equipos cinematográficos se digitalizaron del todo. Ignacio es joven, acostumbrado como muchos a la modernidad, pero abre los ojos y reconoce: Antes proyectar era un arte. A simple vista pareciera que el destino de hombres como Santiago en esta ciudad es no ser recordado o no recordar. Los hombres que le enseñaron a proyectar películas en el Cervantes, están muertos; otro, tiene la percepción alterada por el Alzheimer, no recuerda, ni es recordado, y su mentor, Ortiz, sufre de párkinson. Los teatros empezaron a cerrarse en la década de los 90 diezmados por la televisión y por el surgimiento de las salas de cine modernas en los centros comerciales, las que según Santiago, a pesar de ser muy cómodas y atractivas, no tienen personalidad y no dejan ninguna impresión en el espectador. -Cuando la luz se apaga empieza la magia, tanto en la época de los Lumière como en la mía, pero ¿y la magia antes de que empiece la función? Antes, el cine era tan mágico que uno se olvidaba que estaba sentado sobre una lata- afirma el proyeccionista. Él conoce la nueva tecnología, la descarga satelital de películas para cine, pero no le interesa trabajar en las grandes industrias, no tienen la magia que tanto evoca en su discurso. Entre proyeccionistas y amantes del cine, Santiago es un privilegiado en tanto que sus manos siguen acariciando los fotogramas, y gracias al cine tiene cómo llevar comida a su hogar, ganando un poco más del salario mínimo en el museo. Otros, como Reynaldo Aguilar, no han corrido con esa suerte. Aguilar regentó un teatro en 1957, el Teatro Belén, cerca de Siloé. La película estreno fue Las águilas negras de México. Se llenó hasta el alma, afirma. Sin embargo, hubo un fallo con el sonido y el público destrozó las sillas en señal de protesta. Después de eso el idilio duró poco y este escenario cerró apenas dos meses después de haber sido inaugurado. Hoy, con 82 años a sus espaldas, considera que el cine era un negocio para soñadores´. En la memoria de Santiago está el encierro en la cámara del operador, oscura y pequeña, desde donde trabajaba más de 12 horas presentando películas, adiestrando y lastimando sus dedos con las cortadas que producían las cintas y con los corrientazos. Usaba los lápices de carbón para iluminar el foco, generando una luz que se extinguía cada media hora, por lo que debía estar atento para volverla a encender. Quizás en eso radica el arte de su oficio, que nadie vea las manos que preparan el truco para que al apagarse la luz, el público sienta que algo mágico va a ocurrir. Santiago considera que el cine aun no pierde su magia, ni la perderá mientras exista un solo espectador que voltee su cabeza durante la función, en busca de la luz. Sus manos, acostumbradas desde los 9 años a manipular rollos, han generado una suerte de unión entre carne y máquina sin reducir un ápice la pasión por mostrar cine. Recuerda todavía cuando tenía 15 años y presentó Cowboys, protagonizada por John Wayne. La proyectó en donde estudiaba, el colegio Fray Damián, y alardeó largamente, pues esto entre proyeccionistas era un código de honor. Una manera de ostentar cierto rango que lo salvó de ser expulsado cuando se fugó dos semanas del colegio para proyectar cine en el Teatro Alameda. Después de un llamado de atención, uno de los curas del colegio le entregó las llaves del departamento de audiovisuales diciéndole: Cárdenas, queda encargado de estas máquinas. Pero el Liceo no tenía una máquina proyectora, así que contactó a un cura que podría prestarle una, Armando Salas, rector del colegio San Francisco, en Tuluá. Sin pensarlo, tomó un bus. Regresó a Cali con el proyector a sus pies. Llegó al Liceo, donde presentaría El puente sobre el río Kwai de David Lean. Allí jamás se había proyectado cine. La presentación fue apoteósica, el colegio temblaba, casi se derrumba entre tantos aplausos, habían soñado despiertos gracias a él. Un apasionado como Santiago estaba acostumbrado a tales retribuciones, a los aplausos, a la felicidad de los otros, como en la película italiana de 1988, Cinema Paradiso, dirigida por Giuseppe Tornatore. Alfredo y el pequeño Toto pasan largas jornadas encerrados en la cabina del teatro Paradiso inmersos en las sombras con la única labor de proyectar películas, de hacer felices a otros. Lloró después de verse a sí mismo proyectado en aquella cinta, en Toto, en su labor como proyeccionista. El Cervantes, el lugar que tanto amó, conoció el olvido igual que muchos antiguos teatros. Algunos hoy son centros de eventos cristianos, y otros, como Mariscal Sucre, sobreviven gracias a que proyectan pornografía. Pero Santiago lleva el cine a donde van sus pies. En 1999 presentó cine mexicano a los campesinos de Riofrío, incapaz de cobrarles dinero, aceptó las botellas de aguardiente Cristal que le dieron como pago. En el 75, presentó El exorcista en el Teatro Palermo, Jesucristo Superestrella en el 74, y mucho antes, en el 69, Viruta y Capulina en el Cervantes. Nunca ha sido proyeccionista de nómina, lo que siempre ha querido es proyectar cine, y así tal cual lo ha hecho desde que se sentía como un pequeño Dios subido sobre la banca que le prestaba Ortiz para cambiar el rollo de la película. Apoya la barbilla en la mano izquierda mientras el carrete corre y la luz se posa cálidamente sobre la pared blanca del museo, la luz de reflejo le da en la cara, dejando ver una sonrisa en medio del claroscuro. Se tiene la certeza de que siempre será proyeccionista, porque como él mismo ha declarado: ha nacido para el cine. Este texto fue escrito en el Taller Cuidad Crónica, realizado por la Fundación Casa de la Lectura con el apoyo del ministerio de cultura, la Biblioteca Centenario, Universidad Icesi y GACETA.
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