Los resultados de las elecciones del domingo pasado en Brasil parecen, más que anticipar, ratificar que el péndulo político en América Latina se ubicará en los próximos años en la derecha. Así lo evidencian los 2,2 millones de votos de más que obtuvo Flávio Bolsonaro sobre el actual mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva, quien todavía dice aspirar a convertirse en el primer ciudadano de su país en ocupar cuatro veces la Jefatura del Estado en el balotaje definitivo que tendrá lugar el 25 de octubre.

Sin embargo, mientras el líder del Partido de los Trabajadores seguro estará pensando en una estrategia que le permita remontar la significativa diferencia de apoyos que lo ubicaron en el segundo lugar de la primera vuelta presidencial, que entre otras cosas deberá tener como objetivo principal a los 33 millones de brasileros aptos para votar que no acudieron a las urnas, es válido reflexionar sobre varios aspectos que resultan comunes en varios países de la región y del mundo.

El primero de ellos es el alto clima de polarización que viene caracterizando los comicios en las distintas naciones al menos desde el año 2000, representada cada vez más en los infortunados niveles de agresión que muestran las redes sociales, donde los insultos y la guerra sucia han terminado por desplazar las propuestas de solución a los problemas que enfrentan los habitantes del llamado gigante suramericano.

Y precisamente de allí surge también el segundo elemento común y es la creciente apatía que sienten muchos ciudadanos hacia los procesos electorales, derivada justamente del desencanto y el fastidio que generan realidades como la de Brasil, en donde al menos en las últimas tres presidenciales se han enfrentado las dos mismas fuerzas políticas, la del actual Mandatario y la del expresidente Bolsonaro, como si esa nación no se mereciera un futuro mejor al que en el pasado ellos les ofrecieron cuando estuvieron al frente del Gobierno.

Resultado de esa desconexión es que los registros de abstención, que en el caso de la que se considera la mayor democracia del continente alcanzó el 21,08 % en los comicios del pasado 4 de octubre, se mantienen en un mismo nivel, pero no por un genuino deseo de tener una participación activa en la política electoral, sino justamente alimentados por la polarización, a la que se recurre para motivar el voto en contra de, en lugar del voto por, lo que termina por silenciar los argumentos alrededor de los que propone para los electores e inunda el debate público con señalamientos mutuos que terminan por hastiar a la población.

En el caso de la actual campaña presidencial de Brasil, los miembros de los partidos de los Trabajadores y Liberal, las dos mayores fuerzas en contienda, se dedicaron a acusarse unos a otros de actos de corrupción, siendo el más sonado el caso del Banco Master, en el que presuntamente resultaron implicados los dos candidatos en contienda, además de autoridades, funcionarios del Banco Central y miembros del Poder Judicial ligados a ellos. Como tampoco se puede olvidar que Jaír Bolsonaro, padre del aspirante ganador de la primera vuelta, actualmente está detenido por intentar dar un golpe de Estado para no entregar el poder en 2022.

Así las cosas, la realidad política del vecino país llama a alertar sobre el incierto panorama que enfrenta la democracia en América Latina y el resto del mundo, pero sobre todo sobre lo propicia que esa situación está resultando para quienes desean permanecer o alternarse en el poder, cerrándole el paso a propuestas encaminadas a brindarle un mejor futuro a nuestros pueblos.