El origen regional de los candidatos presidenciales siempre ha sido tema de trascendencia. Doy un ejemplo contundente: la financiación del Metro de Medellín con aportes de la nación solo fue posible porque un paisa, Belisario Betancourt, era el presidente de Colombia. Me podría quedar dando cientos de ejemplos sobre la importancia de apoyar desde las regiones a los candidatos presidenciales para que ellos, desde el solio de Bolívar, retornen su mirada y el poder al solar nativo que los respaldó. Por eso Antioquia ha tenido 5 presidentes, Boyacá y Tolima 3, Norte de Santander 2 y Bogotá 15.

El Valle del Cauca no tiene presidente hace 125 años, desde el bugueño Manuel Antonio Sanclemente quien estuvo entre 1898 y 1900, cuando fue derrocado por Marroquín. Antes de Sanclemente, solamente estuvo Carlos Holguín Mallarino, primero designado entre junio de 1887 y agosto de 1888. Fue elegido para gobernar desde el 7 de agosto de 1888 hasta 1892. Su hermano Jorge Holguín Mallarino también estuvo como presidente, pero solo como encargado, en dos periodos: 3 meses en 1909 y posteriormente 10 meses en 1928. La verdad, es un triste récord para un departamento tan importante como el nuestro.

El Cauca es un caso especial: los Mosquera, Joaquín y Tomás Cipriano, José María Obando, José Hilario López, la lista es muy larga pero con excepción de Guillermo León Valencia, gran parte de este listado lo fueron en la época del Cauca Grande, cuando Popayán y la Universidad del Cauca eran el epicentro del poder y la intelectualidad. La competencia universitaria y el fortalecimiento económico de otros departamentos hicieron que disminuyera la preponderancia del Cauca, que llegó a estar casi al nivel de Bogotá.

Por eso la candidatura de Paloma Valencia debería ser abrazada con inmenso entusiasmo por todo el suroccidente de Colombia. Es la oportunidad para que una candidata que nació y se levantó en el vecindario y por lo tanto conociendo los complejos problemas de esta zona del país, pueda llegar a la presidencia. Los desafíos no son fáciles pero requieren atención inmediata: la interacción con muchas comunidades indígenas insaciables en su voracidad expansionista; la oportunidad de que preferiblemente hagan rentables sus extensos terrenos; el sensible orden público en el norte del Cauca; la penetración de los carteles de la droga al ritmo de corridos mejicanos; la amenaza constante que padecen miles de minifundistas afro, atacados por los invasores y con escasa protección de las Fuerzas Armadas en este gobierno; el cierre de miles de empleos ante la incertidumbre de la agroindustria y el turismo en la zona; todo, todo esto hace que sea imperativo, por el Cauca y por el Valle, que llegue a la presidencia una persona conocedora de la problemática y con voluntad de solucionarla.

Las amenazas se ciernen sobre los tres departamentos, Cauca, Valle y Nariño. Las soluciones pasan por el fortalecimiento moral, institucional, tecnológico de las Fuerzas Armadas al mismo tiempo que se comparten soluciones con líderes sociales que están en el territorio. Este camino lo conoce mejor Paloma que cualquier otro candidato. Ella lo ha vivido, sufrido y compartido por décadas. En nuestro caso particular, el Valle requiere que la certidumbre y la seguridad vuelva al sur del departamento y por eso una presidente caucana, con experiencia parlamentaria y coraje personal, es una esperanza que debemos acompañar como una gran estrategia regional de recuperación.

No tengo claro si mis coterráneos se han preguntado qué pasaría con estos escenarios si al poder llegara la otra caucana que compite: Aída Quilcué, vicepresidente de Cepeda. ¿Cuál sería la suerte del Valle en este caso?