El terremoto que golpeó a Cali dejó edificios averiados, familias durmiendo fuera de sus casas y una realidad de la que hablamos poco: la clase media también es vulnerable.
Durante años, Colombia ha hecho un esfuerzo —correcto y necesario— por concentrar su política social en quienes menos tienen. Hay que seguir haciéndolo. Una sociedad solidaria no abandona a una familia porque nació pobre o perdió la capacidad de sostenerse.
El problema es creer que todo el que no es pobre es rico.
Basta mirar lo que pasó en Cali. Familias de estratos 3, 4 y 5 que trabajaron veinte o treinta años, ahorraron y pagaron un crédito para tener un apartamento vieron, en segundos, cómo quedaba en riesgo el patrimonio de toda una vida.
Hoy algunas pagan arriendo mientras siguen respondiendo por el crédito, la administración y los impuestos de una propiedad que no pueden habitar.
¿Son ricas porque tienen un apartamento?
No. Son familias que cumplieron.
Esa es la paradoja de nuestra clase media: trabaja, paga impuestos, servicios, educación y créditos, y buena parte vive de su propio trabajo. Pequeños comerciantes, independientes, emprendedores. Gente para la que una semana sin trabajar es una semana sin ingresos.
El terremoto nos recordó algo elemental: una tragedia no pregunta el estrato antes de entrar a una casa.
Pero el Estado sí. Mide la necesidad con una foto fija —el estrato, una encuesta— cuando la vulnerabilidad se mueve. Y puede aparecer de un día para otro.
Por eso necesitamos instrumentos también para ellos: subsidios temporales de arriendo para quienes no pueden volver a su casa; periodos de gracia en los créditos hipotecarios, que dependen de los bancos; alivios en predial y servicios de los inmuebles inhabitables; líneas de crédito para comerciantes e independientes afectados; y mecanismos para reparar o reforzar viviendas cuando sea técnicamente posible.
Nada de esto exige quitarles ayudas a los pobres. Ese es un falso dilema. Exige algo más sencillo: entender que ayudar no es solo mirar el estrato de una familia.
Porque entre los muy pobres y los muy ricos hay una Colombia enorme que trabaja, emprende, paga y sostiene buena parte de la economía.
Es la clase media.
Y cuando se cae, casi nadie la ve.
Cuidarla no es un favor. Es cuidar el país que ella sostiene.