Pensaba votar en blanco este domingo 21 de junio. No me gustan las dos propuestas de país que se enfrentan en las urnas y no me siento representado por ninguna. El voto en blanco era mi manera de decirlo.
Lo que desconocía es que, en una segunda vuelta presidencial, el voto en blanco tiene valor simbólico, pero no jurídico. Es decir: incluso si obtiene la mayoría, la Presidencia será para el candidato que consiga más votos entre los dos aspirantes en competencia. Las elecciones no se repetirían.
Un contrasentido. ¿Acaso los ciudadanos no tenemos derecho a cambiar de opinión entre una primera y una segunda vuelta? ¿Por qué una herramienta creada para expresar inconformidad pierde precisamente su efecto cuando las opciones se reducen solo a dos?
Esta condición electoral, que el país debería revisar, deja a miles, quizá millones de ciudadanos, en una situación incómoda: votar no por quien creemos que es la mejor opción, sino por quien consideramos menos dañino para Colombia. Muchos saldremos de las urnas con la sensación de no haber hecho lo correcto y, cuando se conozcan los resultados, quienes pensábamos votar en blanco habremos perdido con cara o con sello.
La paradoja es que la segunda vuelta nació para fortalecer la legitimidad del presidente elegido. La idea es que quien llegue a la Casa de Nariño lo haga respaldado por una mayoría. Sin embargo, en la práctica, también puede producir el efecto contrario. Millones de ciudadanos terminan votando no a favor de una propuesta, sino en contra de otra. No votan por entusiasmo sino por prevención; no por convicción sino por miedo a lo que consideran un mal mayor.
La segunda vuelta también deja huérfanos políticos. Son los ciudadanos que participaron en la primera ronda, apoyaron un proyecto, por ejemplo el de Sergio Fajardo como en mi caso, y, dos semanas después, descubren que ninguna de las opciones sobrevivientes los representa. El sistema nos exige escoger, pero no ofrece una alternativa para quienes no estamos de acuerdo con las opciones.
En ese sentido, el voto en blanco debería tener un papel más relevante en la segunda vuelta presidencial. Quien vota en blanco participa. Escucha propuestas, analiza candidatos, hace fila en el puesto de votación y concluye que ninguno merece su respaldo. Es una decisión política. Tan política como votar por cualquiera de los candidatos.
Por eso no es cierto lo que se repite por ahí, que votar en blanco no sirva para nada. Tampoco es verdad que esos votos se sumen al candidato más votado, una mentira tan extendida que ha llevado a muchas personas a abstenerse de participar.
De hecho, el voto en blanco ya ha tenido efectos reales en Colombia. En 2023 ganó en Maicao, La Guajira, y en Gamarra, Cesar, durante las elecciones de alcaldes. En ambos municipios hubo que repetir los comicios.
Algo similar ocurrió en Bello, Antioquia, en 2011. Allí se presentó un único candidato y el voto en blanco obtuvo cerca del 60 % de los sufragios.
Incluso en contiendas de mayor alcance ha sido protagonista. En el Valle del Cauca, por ejemplo, cuando Clara Luz Roldán fue elegida gobernadora, el voto en blanco ocupó el segundo lugar.
La historia del voto en blanco ha sido una larga conquista. En 1979, la Ley 28 ya hacía referencia a esta posibilidad. Más tarde, en 1986, se consideraba voto en blanco aquel que no contenía el nombre de ninguno de los candidatos.
Eran los tiempos en que yo, con apenas cuatro años, acompañaba a mi papá a votar en el colegio Camacho Perea, sobre la Avenida Tercera Norte de Cali. Salía convencido de que también había participado en la jornada porque me permitían untar el dedo de tinta roja.
Con el tiempo, el voto en blanco obtuvo un lugar explícito en los tarjetones y, desde 2003, adquirió el alcance jurídico: cuando obtiene la mayoría en determinadas elecciones, estas deben repetirse con candidatos distintos.
Creo que esa posibilidad también debería existir en una segunda vuelta presidencial. Si aceptamos que el voto en blanco puede obligar a repetir elecciones de alcaldes, gobernadores, concejos y asambleas, resulta difícil entender por qué pierde esa facultad cuando se trata de escoger al presidente de la República.
Esto nos obliga a miles de colombianos a marcar una X no por convicción, sino por resignación. Votar por el menos pior.