Viajar al exterior era hasta hace poco tiempo una ‘aventura respetable’, que comenzaba por una despedida en el aeropuerto ‘con abrazos y con llantos’, para luego sentarse a esperar el ‘regreso glorioso del héroe-viajero’ con anécdotas de sus aventuras, sus vergüenzas y sus ‘metidas de pata’ en lejanas tierras, por no haber sabido estar a tono con adelantos en la vida cotidiana que aquí desconocíamos. Los trámites burocráticos y la obtención de divisas en el Banco de la República hacían difícil el desplazamiento.

Las llamadas telefónicas eran muy costosas y las cartas, con algo de suerte, tardaban quince días en ir y quince días en venir. Los más pudientes podían viajar a Cartagena o San Andrés, en las ‘excursiones del colegio’ o en las ‘lunas de miel’, resultado de años de ahorro.

Hoy en día esta situación ha cambiado significativamente. La clásica excursión prepagada a París, Roma, Florencia y Venecia (con escala en Madrid o Barcelona), ya es poca cosa para mucha gente. Se han popularizado los viajes a Turquía, Egipto, China, Vietnam, Estonia, Lituania y Letonia y, sobre todo, Croacia. La transformación está relacionada obviamente con la globalización, que nos ha abierto al mundo, pero, sobre todo, con el crecimiento de la clase media, que es la que tiene acceso a este tipo de privilegios.

Colombia es un país que durante muchas décadas estuvo cerrado al exterior. Las migraciones extranjeras fueron escasas en comparación con lo ocurrido en otros países de América Latina y el aporte de otras culturas fue débil. Vivíamos ‘mirándonos el ombligo’ a espaldas de todo lo bueno que en el mundo ocurría, como si eso fuera suficiente para comprender nuestra situación. Lo foráneo y lo extraño aparecía (y sigue apareciendo) muchas veces como un enemigo de nuestra entraña más íntima. Un notable profesor francés se presentó a un concurso en una conocida universidad privada de Bogotá y lo rechazaron con el argumento de que recibir un extranjero era hacer concesiones al ‘colonialismo cultural’. ¡Vaya, vaya!

No somos conscientes de lo que representa el conocimiento de otras culturas para el desciframiento de nuestra propia situación. Aprender otra lengua no es perder el tiempo, sino la vía regia para hablar y escribir mejor el español. Caminar por las calles de una ciudad extraña, entrar a la panadería a comprar un pan, ayudar a una anciana que conduce con dificultad su carrito de mercado, trajinar con vías peatonales y semáforos, conocer cómo se botan las basuras, son experiencias, entre muchas otras, aparentemente banales, pero altamente significativas para entender que existen personas que caminan y viven de manera diferente a como lo hacemos nosotros. La globalización no es solamente la manera como el capitalismo se redefine para sostenerse y reproducirse de ampliamente, sino una extraordinaria oportunidad cultural para abrirnos al mundo, para establecer contactos y comunicación con el exterior.

Tuve la fortuna de hacer estudios en París y conocer otros mundos. Y esta experiencia me sirvió para construir un punto de referencia para relacionarme de manera diferente con Colombia. Entendí, por ejemplo, que en la sociedad francesa, a pesar de los malos gobiernos y de las protestas de los ciudadanos, el Estado no es simplemente una entidad instrumental, sino una ‘potencia moral’, como dice Emile Durkheim (el más importante de los sociólogos franceses), que regula con su presencia todas las relaciones sociales. Para nosotros el Estado es considerado como un enemigo, opresivo y expoliador, un ladrón al servicio de intereses privados. El que triunfa contra el Estado es un héroe. Esto no lo aprendí leyendo libros complicados, sino haciendo cola en una panadería y es una clave fundamental para la comprensión de nuestra situación.

Posdata: Si usted amigo lector tiene la posibilidad de conocer la ciudad de París, le recomiendo la lectura de una ‘guía turística’ (si así se puede llamar), elaborada por este columnista, que puede bajar fácilmente en academia.edu, con solo citar mi nombre.