En la vida cotidiana suele ocurrir que la verdad, la cual es un principio ético, muchas veces es sacrificada y encubierta por la mentira y, desafortunadamente, por la acción de personas, muchas de ellas con poderes políticos, sociales y económicos. De esa manera, tanto en la democracia como en la vida cotidiana, en repetidas ocasiones la verdad es una de las primeras víctimas de la mentira.

Por ejemplo, en el caso colombiano, la vida me ha permitido conocer personas de todos los colores políticos y matices ideológicos que, sin sonrojarse, como se dice coloquialmente, muchas veces difunden mentiras como si fueran verdades. Tal es el caso de quienes afirman que la cero tolerancia que siempre debemos tener frente a los múltiples delitos y diversos hechos de violencia y corrupción que afectan la vida cotidiana de la gente, tanto en Colombia como en cualquier parte del mundo, son expresiones autoritarias y antidemocráticas.

No hay que olvidar que dichos delitos afectan la diaria convivencia pacífica a que tienen derecho tanto personas ricas como pobres. Por ello, considero que las personas demócratas debemos mantener siempre una postura de cero tolerancia frente a todas las expresiones de violencia, corrupción y demás delitos contra los seres humanos, vengan de donde vengan o los haga quien los haga.

En tal sentido, hechos como la irracional violencia que hemos vivido en Colombia durante los últimos 80 años, promovida por sectores de derecha y de izquierda y, en la mayoría de los casos, ligada a los negocios del narcotráfico, la minería ilegal y la corrupción, constituyen delitos que, más allá de quién los cometa, no los podemos seguir permitiendo en el país, por la sencilla razón de que son contrarios al propósito de construir una Colombia reconciliada y democrática, donde lo primero sea la gente, empezando por los niños y las niñas.

Esa dura realidad que ha vivido Colombia, y que no podemos dejar como herencia a las nuevas generaciones de colombianos y colombianas, es la que nos debe llevar a solicitarle al nuevo presidente o presidenta de Colombia, elegido bien sea el 31 de mayo o el próximo 21 de junio, que, por encima de las coincidencias y diferencias políticas y sociales, construyamos un Acuerdo Nacional entre diferentes, sustentado en los principios éticos de la verdad, la cero tolerancia frente a todas las manifestaciones delictivas y de violencia, así como en el propósito de lograr una Colombia de trabajo, tranquilidad y bienestar para todas las personas que habitamos en ella.

En ese camino, y respetando las cualidades personales e intelectuales de todos los candidatos y candidatas a la Presidencia de la República, considero, con todo respeto, que con Paloma Valencia o quien al final de cuentas salga elegido a la Presidencia de la República, junto con sus respectivas fórmulas vicepresidenciales, unidos en la diferencia, deberíamos comenzar a construir ese Acuerdo Nacional entre diferentes a fin de avanzar hacia una Colombia libre de violencia, corrupción, hambre y discriminación en cada una de sus regiones urbanas y rurales.

En la búsqueda de esos nobles propósitos democráticos, invito a las personas de la diversidad política y social a votar este domingo 31 de mayo o, si se presenta una segunda vuelta, a votar libre y soberanamente el próximo domingo 21 de junio.