Cuando se avecina una tormenta o un huracán, es mejor estar preparado, tapar las goteras del techo y reforzar las ventanas, así como aprovisionarse de agua y alimentos por si se cortan los suministros. Es simple sentido común, que también debería aplicarse al manejo de la economía, pero no es lo que está haciendo el gobierno en las circunstancias actuales y las consecuencias pueden ser graves, especialmente para la población más pobre.
En efecto, el riesgo de una crisis financiera mundial es cada vez más grande y, si se llega a producir, nos va a coger con ‘los calzones abajo’, porque la economía colombiana se encuentra en una situación muy vulnerable, como el paciente al que le cae una infección cuando tiene muy bajas las defensas, en parte como consecuencia de malas decisiones de política económica tomadas por el gobierno.
Las señales de la economía mundial son muy preocupantes. Ya lo eran antes de la locura de la guerra contra Irán, que por supuesto las ha empeorado. La guerra de Ucrania, las sanciones a las exportaciones de gas y petróleo de Rusia, la errática política arancelaria de Trump, la reacción china de inundar con su producción al resto del mundo, entre otros factores, produjeron un desbarajuste del comercio internacional y una disminución del crecimiento económico.
Si a esto se suma la subida del precio del petróleo a más de US$ 100 por barril, gracias a las decisiones guerreristas de Trump y Netanyahu, y la amenaza de una escasez prolongada de combustibles por la destrucción de mucha infraestructura petrolera, se hace más probable la crisis. Y no se puede olvidar el riesgo de que explote la burbuja financiera y bursátil de las inversiones en Inteligencia Artificial, lo que produciría un sacudón a los mercados de capitales internacionales.
Frente a estos riesgos, la economía colombiana está vulnerable. El año empezó mal con signos claros de desaceleración del crecimiento, sobre todo en la industria y la minería, pérdida de empleos en el sector privado, inflación con tendencia al alza, revaluación del peso y subida de tasas del Banco de la República.
Los anteriores son indicadores coyunturales, las goteras en el techo; lo más grave son las debilidades estructurales que son el déficit externo y el déficit fiscal. En lo externo la balanza comercial sigue empeorando llegando a un déficit de US$ 16.500 millones el año pasado (crecimiento del 55 %) y también crece el déficit en la cuenta corriente que puede llegar a un 3 % del PIB este año.
De lo fiscal ni hablar. Un déficit primario (ingresos menos gastos, excluyendo el componente de intereses) de 3,5 % del PIB, el más alto de los últimos treinta años, y un supuesto ajuste anunciado por el gobierno de reducción del gasto en $33 billones, que la CARF califica como “no creíble”, pues no se sabe qué van a recortar.
La gran vulnerabilidad que tenemos es que para cubrir esos dos déficits necesitamos capitales internacionales, que hoy conseguimos pagando intereses muy altos, y si estalla la crisis mundial, se van a cerrar los mercados como pasó en 1999. Sin financiación vendrá la recesión, el desempleo y el aumento de la pobreza.
Gastando más para la campaña electoral, el gobierno está agravando la vulnerabilidad y ninguno de los candidatos con probabilidad de ganar la presidencia ha presentado propuestas reales y creíbles de cómo reducir esos dos déficits.