Esquivo, en la medida de lo humanamente posible, los eventos sociales para devolver atenciones a los cuales van muchos invitados con los que se tiene muy poco en común (por fortuna, ya casi no me invitan). Trato de evitar también los restaurantes acústicamente insoportables en los que, además de una música a unos volúmenes absurdos, el alto tono de voz de los comensales de otras mesas hacen, para mi gusto, el ambiente bastante desagradable.

Cada vez aprecio más el silencio porque es la oportunidad para escuchar mi propia voz interior, mis propios pensamientos y mis emociones. El silencio se ha ido convirtiendo cada vez más en un momento para la reflexión, la introspección y la conexión conmigo mismo. Tal vez por eso disfruto de las reuniones con unos pocos amigos en un ambiente que haga posible el placer de la conversación, un lujo escaso en este mundo ruidoso y acelerado. Con seguridad, esas preferencias son una función de mi avanzada edad, y no pretendo criticar a quien disfruta de eventos multitudinarios, o de la música a unos volúmenes que considero innecesarios. Esto último, siempre y cuando no trascienda las paredes de sus propias viviendas. Presumo que para muchas personas que se volvieron adictas al ruido, el alto volumen se volvió parte de su existencia.

Estoy convencido de que el silencio es un lugar seguro donde las personas que deciden aislarse algunos momentos del día pueden escapar y dedicarse a meditar sobre asuntos fundamentales que los ponen en contacto con ellos mismos.

Para la persona solitaria, recibir con agrado unos momentos de silencio la lleva a disfrutar de su propia compañía, sin sentirse aislada ni abandonada.

Para quienes tienen la suerte de contar con una compañía, el silencio les:

* Les puede conducir a las maravillas de la meditación y el yoga.

* Permite crear espacios en el hogar sin la necesidad de la presencia de otras personas para sentirse bien.

* Ofrece la posibilidad de explorar nuevos intereses, desarrollar habilidades y fortalecer la relación con ellos mismos.

* Propicia un mejor autoconocimiento, pues lleva a una mejor comprensión de las propias necesidades, deseos y emociones.

* Pone en orden la mente y permite una mayor eficiencia en la organización de las tareas diarias.

* Permite disfrutar de la soledad. Espacio donde, lejos de sentirse incomodidad, se pueden encontrar actividades agradables.

Estas van desde las más sencillas, como leer, pintar, pasar más tiempo al aire libre para conectarse con la naturaleza, hasta las más elaboradas, al alcance de la mano de cualquiera, como el mejorar las relaciones sociales y los círculos de apoyo.

* Enseña a poner límites y a no dejarse presionar por invitaciones y compromisos que no son agradables.

En conclusión, el silencio puede ser una bendición para las personas de todas las edades, pero especialmente para los adultos mayores, porque puede ser el camino hacia la paz interior, la satisfacción vital y el refugio para el alma.