Por: Juan Manuel Sanclemente*
Trump tomó la decisión, la que muchos aplazaron. No fue un gesto de consenso ni de diplomacia gradual, sino un acto político que asumió el costo de llamar las cosas por su nombre y romper con la inercia internacional. Mientras buena parte de la comunidad global optaba por administrar la dictadura venezolano con ambigüedades y cálculos tácticos, esa decisión introdujo una definición clara del problema; se trataba de una ruptura profunda del orden democrático y una crisis humanitaria prolongada. Su impacto fue controversial, pero evidenció que la inacción también es una forma de decisión y que postergar indefinidamente el dilema de la soberanía termina favoreciendo al poder que se pretende contener.
Para Charles de Gaulle, la soberanía era condición previa de la democracia. Durante la Segunda Guerra Mundial y la posguerra aceptó el apoyo decisivo de los aliados, pero se negó a que ese respaldo se tradujera en tutela política o estratégica. Su convicción era clara: la reconstrucción de un Estado solo es legítima si está guiada por decisiones propias. De allí su énfasis en instituciones sólidas, autonomía estratégica y capacidad de decisión, incluso en escenarios de extrema dependencia externa.
Comparar ese pensamiento con la praxis política de María Corina Machado obliga a pensar la soberanía más allá de las consignas. En ambos casos, el desafío es cómo una sociedad afirma su autodeterminación cuando las estructuras tradicionales de poder colapsan.
Ese dilema reaparece hoy en Venezuela. El respaldo internacional ha sido clave para visibilizar la causa democrática y presionar al régimen, pero la experiencia histórica demuestra que ninguna transición es sostenible si se percibe como impuesta desde fuera. El riesgo no es el apoyo externo, sino que este sustituya la conducción nacional por acuerdos ajenos a la voluntad popular.
Una transición genuina exige que el acompañamiento internacional sea respaldo y no tutela. La legitimidad democrática, la reconstrucción del Estado y la reconciliación social dependerán de que la soberanía popular oriente las decisiones institucionales, económicas y sociales. Ese es el legado vigente de De Gaulle: la soberanía no se delega, se ejerce.
Para concluir, una reflexión final; en el Valle del Cauca, que hoy acoge a más de 200 mil migrantes venezolanos —el 65,5 % en Cali—, empresarios han abierto sus puertas con empleo y oportunidades. Su compromiso demuestra que el desarrollo también se construye con humanidad y responsabilidad social. Ojalá este espíritu de integración sea el camino para que Venezuela, como lo fue otrora, vuelva a ser un socio estratégico y comercial, fortaleciendo una relación histórica que benefició a ambos pueblos.
*director ejecutivo del Comité Intergremial y Empresarial del Valle.