Cumplido un mes del terremoto que sacudió el suroccidente del país, las cifras permiten dimensionar la magnitud de la tragedia: 331 personas fallecieron, 4500 resultaron heridas y 111 continúan desaparecidas. Pero el balance debe ir más allá de los números. Porque los damnificados necesitan soluciones reales, permanentes y asequibles: soluciones que trasciendan las excusas a las que nos tienen acostumbrados ciertos mandatarios locales y departamentales.
Eso exige repasar historias para asimilar mejor lo sucedido.
Y quiero detenerme en tres mujeres. Tres vivencias distintas que representan, a mi parecer, tres formas de enfrentar una tragedia: sobrevivir, responder y solidarizarse.
La primera es Ana María Saavedra, la joven caleña que milagrosamente sobrevivió al colapso del edificio donde vivía con sus padres y sus dos hermanas trillizas. Ella quedó entre los escombros, pero logró salir.
No es una historia sencilla de contar. Tampoco debería serlo. Porque cuando hablamos de terremotos, solemos recurrir a magnitudes, profundidad, réplicas, viviendas destruidas e infraestructura afectada. Pero detrás de cada indicador hay personas que perdieron seres queridos, patrimonio construido durante décadas e importantes proyectos de vida.
La segunda mujer es Nubia Carolina Córdoba, gobernadora del Chocó, departamento donde se situó el epicentro del sismo. A ella le correspondió otra tarea: responder y generar confianza al interior de su comunidad.
Más de 5200 viviendas fueron destruidas y otras 27.000 resultaron averiadas. También se reportaron daños en 365 instituciones educativas y 80 centros de salud. La propia gobernadora calcula que la reconstrucción puede costar, como mínimo, $4 billones y tomar al menos cuatro años.
Pero hay algo que dijo Córdoba que vale la pena destacar: “El Chocó no puede volver al 9 de agosto”. Y tiene razón. Porque reconstruir no puede significar volver al punto de partida. Mucho menos en un territorio que ya padecía déficit habitacional, precariedad educativa, problemas de infraestructura e innumerables necesidades básicas insatisfechas.
La tercera mujer es Shakira. Quien pocos días después del terremoto se trasladó a las zonas afectadas y decidió vincularse con la reconstrucción, especialmente en materia educativa. Su compromiso incluyó apoyo para levantar nuevos colegios y recuperar la infraestructura afectada.
No escribo esto para insinuar que la solidaridad privada pueda reemplazar al Estado. Las instituciones tienen obligaciones indelegables y, después de una tragedia de esta magnitud, deben traducir diagnósticos, anuncios y promesas en soluciones concretas. Pero también hay momentos en los que una sociedad demuestra de qué está hecha… acompañando al que más lo necesita.
Ana María representa a quienes tuvieron que encontrar fuerzas para seguir adelante después de perderlo casi todo. Nubia Carolina, a quienes asumieron la responsabilidad de responder desde lo público. Y Shakira, a quienes, pudiendo mirar para otro lado, decidieron no hacerlo.
Sobrevivir, responder y solidarizarse. Tres verbos, tres mujeres y una misma tragedia. Tal vez allí esté una de las principales lecciones que dejó el 10 de agosto: después de contar muertos, heridos y viviendas afectadas, comienza la tarea más difícil: acompañar a quienes quedaron, reconstruir lo perdido y lograr que las ayudas prometidas se conviertan, finalmente, en hechos.