A medida que la vida se alarga y el calendario insiste en seguir cambiando, uno desarrolla cierta habilidad para detectar la contradicción entre lo que muchos predican y lo que practican. Llamemos ‘ideología’ al cóctel de creencias políticas, religiosas, culturales y filosóficas… en otras palabras, a esa ensalada mental que cada quien adereza como puede.
Una de las ideas más desconcertantes es la de la eternidad. El infinito temporal sigue siendo un lío que la mente humana no logra digerir. ¿Qué había antes del Big Bang y que habrá después? Los astrofísicos lo explican con un lenguaje tan enrevesado como el de los teólogos, solo que cambian ‘transubstanciación’ por ‘materia oscura’. Pero algo sí tenemos claro: nuestros átomos seguirán rodando por ahí, y nuestros genes seguirán fabricando parientes, a menos que algún desquiciado Putinesco decida activar la fisión y nos convierta en energía.
El caso es que no deberíamos necesitar amenazas ni recompensas eternas para comportarnos como seres decentes aquí y ahora. No tendría que prometérsenos un penthouse celestial para ser éticos, respetuosos, trabajadores y pacíficos. Sin embargo, tanta insistencia en la vida eterna produce un curioso efecto: parece que algunos reservan su mejor comportamiento para el más allá, y dejan el más acá lleno de hipocresías, abusos y pecados ‘perdonables’.
La fórmula es simple: en la tierra hago mis diabluras… y en el cielo me dan upgrade automático porque “Dios es amor”. El problema es que esa obsesión por la recompensa futura termina vaciando de sentido la vida presente. Se bautiza un bebé: “su vida valdrá cuando llegue al cielo”. Se despide a un muerto: “su existencia tiene sentido ahora que empezó la eternidad”. Y entre ambas ceremonias, ¿qué?
Ojalá en el año nuevo consideremos una idea mas simple: asumir que el sentido está en el aquí y en el ahora, en lo que hacemos cada día, en la felicidad de ayudar y en la gratitud recibida. Que la “vida eterna” es, en realidad, la memoria afectuosa que dejamos en quienes nos sobreviven.
Del mismo modo, no deberíamos asustar a nadie con tiquetes al infierno para disuadirlo de destruir vidas por codicia o poder. Basta observar la miserable existencia de quienes creen que la violencia y el crimen son atajos hacia la gloria: su castigo comienza mucho antes de llegar a las llamas.